|
Un
proyecto y una voluntad para transformar a la Argentina.
1984-1987
1. El peronismo nació
a la vida política y social con la misión de construir una Nueva Argentina,
moderna a industrial. Una democracia plena de Justicia Social y una sociedad
solidaria apta para facilitar la realización integral del hombre argentino.
2. Estos objetivos implicaron autonomía conceptual frente a las ideologías
dominantes en el mundo, ruptura con el pasado inmediato, autodeterminación
en las decisiones trascendentes, protagonismo popular, participación orgánica
de los sectores sociales y presencia activa y eficaz del Estado.
3. Aunque original en su propuesta, el peronismo se reconoció siempre
a sí mismo como la expresión contemporánea del movimiento nacional popular,
social y federal que arranca desde el inicio de nuestra historia y que
se nutrió con la suerte, a veces triunfante, a veces trágica, de los héroes
de la Independencia, los caudillos federales, los líderes del voto popular
y los defensores históricos de la causa nacional.
4. Más allá de las distintas lecturas, nadie puede negar que el peronismo
inauguró en el país una nueva época. La historia de los argentinos empieza
a transitar otros caminos a partir de 1945. El genio de Perón y el verbo
de Evita venían ahora a escribir su página tal vez más gloriosa. Desde
el movimiento nacional, encarnado por el peronismo, se plantea y se inicia
una transformación sustancial en la organización y relación entre el Estado
y la sociedad, en las relaciones sociales (capital-trabajo) y en la economía
sustentada ahora en profundas reformas estructurales. Frente a la democracia
restringida y fraudulenta impuesta por el régimen liberal?oligárquico
se eligió una democracia económica y social, basada en un criterio de
justicia. Frente a la economía primaria y periférica se edificó una estructura
industrial con una gran capacidad de crecimiento económico y equidad distributiva.
Frente a la secular dependencia financiera externa se generó un proceso
interno de acumulación nacional que hizo posible el desarrollo autónomo.
5. Por todo esto no somos un país sin historia, poseedor de una crónica
confusa que enfrentó a democráticos y autoritarios (éste es apenas el
esquema de aquellos que se demuestran incapaces de explicar y resolver
los conflictos centrales de la Nación). La rica experiencia de las luchas
populares y nacionales no puede ser reducida a la historia de la lucha
de las mentalidades. Para los peronistas todavía continúan irresueltos
aspectos centrales de nuestra identidad: la construcción de la Nación
y su autonomía, el drama de la injusticia y la necesidad de refundar una
personalidad que permita reconocernos como latinoamericanos y pisar con
firmeza los umbrales del nuevo milenio. Por eso recusamos la ingenuidad
histórica del discurso actual del alfosinismo que, asesorado por arrepentidos
científicos sociales, pretende disolver y borrar con un simplismo sospechoso
la larga lucha del pueblo por su emancipación.
6. Después del '55 el nostálgico regreso a la Argentina preindustrial
se sumó a la violencia y la arbitrariedad. La oligarquía fomentó años
de intolerancia, desencuentros, proscripciones, y humilló consecuentemente
el espíritu nacional y popular. Aun los partidos con base popular trataron
de vivir de los retazos del poder que cedió el privilegio para terminar
para siempre con el peronismo. La respuesta violenta se fue generando
entre los argentinos, en un mundo convulsionado que parecía anunciar conmociones
revolucionarias de magnitud desconocida.
7. El regreso de Perón al país se produjo en un clima tumultuoso y una
época signada por desencuentros, que el General intentó clausurar convocando
a la pacificación, a la reconstrucción y la edificación de un sistema
democrático estable y participativo. Para ello, fue el primero en desmontar
antiguos odios, no exigió miradas vengativas, no reclamó revancha. Convocó
a construir una nueva cultura política. Su muerte no sólo cerró un capítulo
de la historia del peronismo; también significó el fin de una época. No
porque los problemas del país se hubiesen resuelto, sino porque desaparecía
la figura sobre la cual se exacerbaron a favor o en contra las pasiones
políticas de los argentinos. Los peronistas no pudimos desde el gobierno
institucionalizar su legado, y esa deficiencia, acrecentada por el acoso
de los enemigos de adentro y de afuera, conformó el prólogo del horror
vivido durante los años de la dictadura.
8. Durante el proceso fuimos los más castigados y también los que protagonizamos
los hechos que conmovieron el dispositivo dictatorial. Sin embargo, a
la hora de la decisión en las urnas, la mayoría del pueblo no nos eligió.
Es cierto que no habíamos sido capaces de hacernos cargo de los errores
cometidos, ni de asumir los cambios operados en la sociedad, pero fue
la "solución final" decretada para la sociedad industrial generada por
el peronismo (y dificultosamente sostenida a lo largo de casi tres décadas),
el marco estructural que signó nuestra derrota electoral.
El
espíritu de la Renovación Peronista
1. Comenzó
así a gestarse en el peronismo la conciencia de la Renovación como capacidad
para entender las nuevas demandas del país. La ausencia de liderazgo ponía
en marcha una etapa distinta en su historia: la transición hacia formas
organizativas e institucionales nuevas. Esto constituía un tremendo desafío
y una gran responsabilidad. Por un lado, evitar la disgregación del que
fuera el más grande movimiento de masas de América Latina; por otro, neutralizar
las visiones deformadoras que traicionan la naturaleza revolucionaria
del peronismo. En síntesis, un recorrido que debe vincular con fidelidad
histórica y porvenir, una coyuntura donde el pasado y el futuro son parte
de un mismo compromiso con las aspiraciones populares. Este es el primer
atributo de la Renovación: ratificar la vocación por la construcción autónoma
de la Nación y generar en el marco de la democracia los cambios que la
sociedad en su conjunto continúa reclamando. Pensar que el peronismo pueda
transitar una etapa de integración a políticas antinacionales en lo económico
y antipopulares en lo social, sin sufrir un colapso, es olvidarse o negar
su condición.
2. Por eso, como renovadores no convocamos solamente a participar de la
"revolución de las formas". No es sólo un estilo democrático el que nos
reconciliará con la mayoría perdida. El estilo democrático, la transparencia
en las decisiones y el protagonismo de los peronistas constituyen mecanismos
que deben sustentar y complementar nuestra vocación de cambio para así
convertirnos en alternativa de poder creíble. El radicalismo pretende
"universalizar" su mediocridad, hacernos apéndice minoritario de su cultura
política, un partido de tecnocracias políticas y económicas, con aptitud
electoral pero inofensivo a la hora de ejercer el poder. Precisamente,
en este punto radica nuestra diferencia sustancial con el partido hoy
gobernante. Nuestra cultura política es distinta, y nuestra visión de
la democracia, diferente. 3. Nosotros no miramos al país desde un lugar
aséptico o descomprometido con los sectores sociales. Somos tributarios
en primer lugar de los sectores más desfavorecidos de la sociedad y, desde
allí, desde un sujeto complejo pero real, nos planteamos articular el
movimiento nacional. La sociedad no es una abstracción en la cual el marco
democrático disuelve intereses, creencias, pasiones y esperanzas. La democracia
no excluye conflicto y confrontación, y el camino continúa siendo concertar
con aquellos que se sienten convocados a refundar una política que nos
devuelva en plenitud el sentido de la justicia y la libertad. Trabajadores
sindicalizados y no sindicalizados, empresarios comprometidos con la producción,
mujeres, profesionales, intelectuales y jóvenes que no quieren que mueran
sus sueños de vivir en una sociedad mejor, deben recuperar el protagonismo
perdido.
4. No somos peronistas vergonzantes que tenemos que dar cuenta crítica
de nuestra propia historia. Encarnamos un movimiento popular que, como
es común al destino de las fuerzas progresistas de Latinoamérica, recorrió
un camino difícil, sembrando grandes aciertos y cometiendo, también, graves
errores. Omitir nuestro pasado sería admitir la derrota del porvenir;
consagrar la fatalidad de un futuro vacío. Tan hipócrita es pretender
jugar con la amnesia colectiva como que los peronistas eludamos nuestros
errores pasados. La autocrítica es patrimonio de los movimientos transformadores,
pero debe incluir el saldo positivo de la propia experiencia, sin ceder
a las presiones de quienes no fueron precisamente los arcángeles o los
custodios de la voluntad popular.
5. Renovarse no es renunciar a las esencias, acceder a las falsas memorias
o desnudar un estilo culposo de lo que fuimos y lo que queremos ser. Aceptamos
que las visiones sobre la década '45?'55 puedan ser distintas y estén
todavía bifurcadas por dicotomías irreconciliables. Pero ningún argentino
bien intencionado puede desconocer que allí se fundaron las bases de una
Argentina moderna. La justicia, la participación, la revolución productiva,
la movilización social y la incorporación activa de una clase obrera de
signo nacional fueron atributos de una modernización que nos permitieron
responder a los desafíos de la época.
6. No somos aplacadores de rebeldías, no vamos a clausurar las ilusiones,
no podemos ignorar el sentido trascendente de la historia. Tampoco vamos
a convalidar que se nos proponga la resignación como razón última de la
democracia. No apelamos al interés del ciudadano virtuoso sino al reencuentro
con un ideal colectivo, a la certeza de que es posible avivar la pasión
por un orden más justo. La Argentina no puede reducirse a ser el escenario
de una competencia tramposa entre réprobos y elegidos. Vivimos el drama
de una Nación inconclusa en un continente irrealizado.
La Renovación, la
democracia y la modernidad
1. ¿Por qué seguir rindiendo examen de democracia frente a quienes, en
una actitud sectaria y contradictoria con el pluralismo, siguen pensándose
como los dueños del sistema reconquistado en octubre del '83? Tenemos
otra visión de la democracia. No queremos ser creíbles a costa de imitar
servilmente a los sistemas hegemónicos de Occidente. No aceptamos disolvernos
como Nación en el nuevo universalismo de la modernidad. La modernidad,
por el contrario, nos exige reconocernos en nuestra identidad, conmovernos
como parte de un continente que quiere construir su propia historia y
no comprarla hecha.
2. La democracia Argentina debe ser el marco para el desarrollo de nuestra
singularidad, el perfil de un país que no se diluya en los planos que
trazan los poderes internacionales. Somos, aunque cueste reconocerlo,
parte de los pueblos que todavía pugnan por ser escuchados. Integramos
una geografía subalterna que no quiere ser condenada a configurar eternamente
los arrabales de una nueva civilización.
3. El sustento de la democracia debe ser la Unidad Nacional, no como forma
de negar el pluralismo, sino como aptitud de sabernos transitando fines
compartidos. Unidad de los sectores nacionales y populares, de las fuerzas
sociales, de las organizaciones intermedias que puedan concertar un proyecto,
que respetando la diversidad de tendencias y orientaciones coinciden en
un objetivo común.
4. Por eso es necesario pensar la democracia desde una perspectiva distinta
de la tradicional. Enraizar su problemática en la dimensión histórica
nacional y latinoamericana, "nacionalizar" los términos de su discusión
y desarrollo, fortaleciendo los vínculos con las aspiraciones de los sectores
populares. Consideramos inseparables los problemas de la democracia, la
justicia, el crecimiento y la autonomía. Y hoy observamos que estas múltiples
implicaciones están presentes en el discurso y en las intenciones pero
que siempre se relegan a la hora de las realizaciones. Sin esos contenidos,
la democracia corre riesgo de ser una flor exótica y breve, una atmósfera
artificial, en la cual las cúpulas regulan sus conflictos y sucesivas
apropiaciones de los bienes sociales. La democracia no es solamente un
sistema de reglas, medios y condiciones que regulan la intervención de
los distintos protagonistas en el proceso de toma de decisiones. En esta
definición, en la cual coinciden los teóricos del "alfonsinismo", puede
revelarse el intento de establecer una analogía entre el funcionamiento
de la democracia y el del mercado, tan grata a la ideología liberal.
5. El ejercicio de las libertades tiene su correlato en la disposición
y en la distribución del poder, de manera que si tal distribución no existe,
o existe en medida limitada, la libertad real es una ficción o su magnitud
es muy reducida. Una democracia administradora de la injusticia a indiferente
a los reclamos populares también lesiona el tema de las garantías y la
libertad. El crecimiento y la justicia no corresponden a otro plano del
sistema sino que son parte de una única a inescindible dimensión democrática.
La realidad no puede ser parcelada, ni los tiempos pueden recortar y dividir
los momentos políticos de los económicos y sociales. (De lo que se trata
es de la disposición del poder y los sentidos del proyecto que se ponen
a prueba en el comienzo del camino.) El gobierno ya ha desnudado sus insuficiencias,
su visión unidimensional, su práctica neutralista y arbitral; en definitiva,
su incapacidad para reconstruir una Argentina con trabajo, justicia y
bienestar.
El desafío de la Renovación
Peronista
1. Frente a esta opción, sólo el peronismo puede diseñar una política
nacional, popular, democrática y transformadora. Nuestra tradición concertadora
y frentista, el reconocimiento al protagonismo social, la vocación productiva,
la convicción distribucionista y el compromiso de independencia que siempre
hemos asumido, conforman las notas de un proyecto alternativo, creíble
y viable. 53
2. La Renovación es un momento de nuestro desarrollo movimientista, un
tiempo de cambios, de rupturas, de fidelidades creativas y de heterodoxias
audaces. Renovar al peronismo es también reencauzarlo en su senda, recuperar
su insolencia, no claudicar frente a los poderosos, volver a sensibilizarnos
en el amor a los humildes. No auspiciamos la alegría deportiva de ganarle
al adversario radical. Alimentamos forjar una nueva mística del cambio
trascendiendo el realismo esquemático y el posibilismo alfonsinista. Esto
requiere abandonar sectarismos, abrirnos a las nuevas expectativas, ganar
voluntades para continuar la tarea de la liberación.
3. No convalidamos tirar al trasto de los objetos en desuso palabras a
imágenes caras a nuestra tradición. Resignifiquemos las palabras, actualicemos
sus contenidos, seamos programáticos, pero creamos, sigamos creyendo que
es posible reencontrarnos con la esperanza perdida. Una cosa es pensar
que hay palabras y consignas desvalorizadas que no operan como señales
convocantes y otra es sentir que hemos llegado al fin de una vocación.
Que todo fue un mal entendido, como nos quieren hacer creer los que se
sienten fundadores de un paraíso de mediocridad. En esta interpretación
dejamos de "ser", mutilan nuestra militancia, aniquilan los últimos vestigios
de un sueño. No seamos los hijos bobos de la pedagogía radical, buenos
lectores de textos ajenos, discípulos conformistas de la política como
arte de comité.
4. El pueblo peronista ya se expidió. Quiere un Movimiento y un Partido
renovado y fuerte. Para ello, nos comprometemos a no iniciar una lucha
despiadada por los espacios de poder. Los hombres y las candidaturas deben
ser la coronación de un proyecto, una voluntad y una conducta. Un estilo
diferente en la construcción de las representatividades y en la toma de
decisiones. Ser esclavos de la voluntad popular, no torciendo en componendas
oscuras lo que los compañeros expresan a la hora de la decisión.
5. La Renovación Peronista debe ser transparencia en los procedimientos,
propuesta explícita y consensual, terminando con la política de las trastiendas
y demostrando la capacidad para instalar la política allí donde el pueblo
pueda enriquecerla con su participación y creatividad. Hemos combatido
las prácticas autoritarias, las visiones deformantes y a los dirigentes
mediocres. Ahora es el momento de terminar con la confusión ideológico?programática,
discutiendo de cara al país y con el pueblo las propuestas que nos permitirán
volver al poder.
6. No intentamos luchar contra el aparato "conservador" para oponerle
el aparatismo renovador. Volver al poder requiere volver al pueblo. Un
Partido que sea fiel intérprete de sus aspiraciones y necesidades. Una
nueva práctica de la humildad que sea la antesala de un nuevo humanismo,
sustento de una sociedad que contenga nuestros anhelos de vida.
7. La Renovación Peronista debe ser proyecto transformador, métodos incuestionables
y hombres que encarnen con credibilidad y decisión las nuevas tareas del
movimiento popular. Levantemos frente a la ideología de la resignación
y el posibilismo, la ideología de la autonomía estratégica de la Nación,
una voluntad de cambio y un compromiso con la justicia social. Este es
el desafío y no lo defraudaremos. Buenos Aires, 21 de diciembre de 1985
(Documento fundacional de la Renovación Peronista)
|