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qué nos equivocamos
Cuarenta años de lucha,
entre legalidades y persecuciones, entre desilusiones y esperanzas, que
parecen esfumarse en los pliegues de la derrota del 30 de octubre, han
terminado por llevar al peronismo a un perceptible estado de agobio al
que no son inmunes los entes políticos. Es que mucho se ha dicho desde
entonces, y entre acusaciones y excusas se ha ensayado toda la gama de
la evasión para concluirse afirmando, sin mucha convicción ni análisis,
que fuimos vencidos por una máquina publicitaria, como si ésta no hubiera
existido, aún mayor, en 1946, 1962 ó 1973; que nuestra derrota fue un
accidente, producto de algunos errores y distracciones y que con el desgaste
del gobierno volveremos a ser la mayoría invencible de otras horas; o
que, después de todo, no hemos perdido porque hemos sacado el 40% de los
votos (sic) .
Todas estas evasiones, que rehúsan la sana autocrítica, que se refugian
en la explicación pueril y acomodaticia y que nos incapacitan para engendrar
una oposición basada en un proyecto alternativo al del oficialismo, son
otros tantos síntomas del agobio que nos invade. Mientras tanto, nuestros
principales adversarios en la desesperada carrera por apuntalar el inesperado
triunfo, diagnostican el fin de nuestro Movimiento, que hasta cinco minutos
antes se presentaba como una fuerza inexpugnable a imprescindible a la
salud de la hiación. Así ha quedado el país político, polarizado entre
un oficialismo legítimamente enfervorizado por su victoria -y tal vez
exageradamente confiado en sus fuerzasy una oposición infecunda. Y mientras
ellos se solazan en la retórica de la autoafirmación, nosotros no atinamos
a reencontrar aquella fértil identidad que fue la característica de nuestra
irrupción triunfal en la política argentina. Inmerecido Hoy la memoria
de cualquier peronista "histórico" se abruma por estas contradictorias
y confusas imágenes que hacen más dura y agraviante nuestra derrota no
es difícil comprendernos. Fuimos protagonistas de las más grandes transformaciones
que se hayan hecho en el país durante el siglo. Ensanchamos la base de
la participación democrática; fortalecimos las organizaciones sociales
intermedias; nos dimos un proyecto de liberación y justicia que fue modelo
para los pueblos emergentes, abriendo así los cauces institucionales para
la forja de una nueva Nación. Cuando le tocó el turno de la persecución,
el peronismo afrontó hasta el heroísmo todas las instancias que le plantearon
las dictaduras y los gobiernos ilegítimos mientras ofrendaba el tributo
de sus mejores dirigentes y militantes. Hasta hace pocos meses la lucha
por la restauración de la democracia fue casi patrimonio exclusivo del
peronismo y en especial de aquellos compañeros del Movimiento Obrero que
protagonizaron jornadas como la del 30 de marzo de 1982. Por todo ello
el peronismo no merecía la derrota.
Y si la tuvo fue porque algo muy grave sucedió entre nosotros; se tiró
por la borda el Movimiento y se lo reemplazó por la burocracia partidaria;
nos olvidamos del Frente con nuestros aliados históricos para buscar apoyos
electorales contra natura; cargos electivos de los más encumbrados se
adjudicaron con fraude y violencia; el triunfalismo infantil, el oportunismo
feroz, la declinación moral y la soberbia sectaria: he allí el sustituto
de aquello de que "primero" la Patria y el Movimiento. Yo mismo me reprocho
por no haber sido más exigente, cuando cedía al impulso de la "unidad"
teniendo la convicción de que estábamos equivocándonos. Porque la unidad
formal de nada sirve. Sirve aquella que nace de la lucha por una comunión
de ideas y que sé cimenta en la solidaridad.
Nadie es más ni menos peronista que otro. Pero es posible que en esta
pérdida de rumbo muchos de los compañeros con quienes hemos compartido
tantas horas de lucha hayan comenzado a expresar una imagen, un estilo
de peronismo que amenaza con diferenciarnos definitivamente. Porque es
imposible ser "liberador" para a f uera siendo autoritario para adentro;
habitar el escenario de la democracia -que supone pluralismo político
y negarlo a los propios compañeros; refugiarse en la gesticulación opositora
para ocultar el vacío de ideas.
Razones En esta etapa inédita del Movimiento, el proyecto que sé enarbole,
la conducta de los hombres y la transparencia de sus actos son más importantes
que el dominio formal de los aparatos. Porque, de no ser así, se subvertirían
los valores y acabaríamos -acaso estamos empezando a hacerlo- por subordinar
la institucionalización de la "lucha por la idea" a la riña menor por
los espacios.
¿Y qué deviene de esta riña? Sencillamente el abandono de todo aquello
que nos dio razón y sentido en la vida Argentina, sin siquiera perfilarnos
como la alternativa válida del poder, y lo que es peor, sin diferenciarnos
del conjunto de la política del país; en consecuencia, sin identidad.
Ahora mismo, frente a la trampa dialéctica a que empujan sectores del
radicalismo, se teme a un tercer movimiento histórico. Y este temor que
subyace en las actitudes de un sector de la dirigencia peronista es en
realidad impotencia para asumir el rumbo ideológico y expresarlo con genuina
convicción. El peronismo no será absorbido en otros movimientos en tanto
siga expresando un modo de pensar y sentir la Argentina que le es propio
a intransferible. No hay síntesis posible entre el peronismo y otras fuerzas
o corrientes políticas, aun las más respetables y cercanas.
El justicialismo no es una etapa en la marcha hacia el socialismo democrático
o marxista, ni nació para evitar el comunismo, ni puede confundirse con
el radicalismo. Pero sí es el eje natural del movimiento nacional, históricamente
gestado por Juan Perón, cuya convocatoria se extiende a aquellos argentinos
que sin participar específicamente de la actividad partidaria coinciden
en sus ideas-fuerza, en los valores asumidos y propuestos.
Y él nuestro es un proyecto específico y original -hasta donde pueden
serlo las creaciones históricas- que se define como una ideología nacional
de cambio antes que por una ética universal democrática nuestro mensaje
se dirige a la compleja dimensión del hombre -más a11á de su condición
de ciudadano-, no sólo acreedor de derechos y garantías jurídicas sino
también sujeto de necesidades básicas. Para los peronistas no es suficiente
recordar el Preámbulo de 1853 sino que también hay que decir la Constitución
de una "Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente
soberana" (1949) . El proyecto peronista es ambicioso: aspira a construir
en el curso del tiempo un Estado de Justicia que supere, aunque lo supone,
el Estado de Derecho. Porque el derecho puede legislar la injusticia.
Para el justicialismo la sociedad no es necesariamente conflictiva sino
posiblemente armónica. Descubrir y alentar tales armonías es parte de
la faena política, aunque estas concepciones se tachen de "corporativistas".
Para el peronismo el máximo valor de la convivencia organizada radica
en la justicia social, la que está lejos de plasmarse, solamente, mediante
el ordenamiento jurídico. Es, en cambio, una fuerza transformadora del
orden social que no alcanza su deseada dimensión hasta que no se traduce
en un estado de persuasión colectiva. El peronismo es en sí mismo un proyecto
de liberación nacional. Que no se agota en una cuestión ética, de honestidad
personal frente a los intereses transnacionales, sino que es una cuestión
vital que exige una genuina empresa de unión nacional y de planificación
concertada de un desarrollo autónomo a innovador.
Variantes
La traducción de estas
pocas ideas clave a la realidad actual es sencilla; hay que operar cambios
drásticos a imaginativos a una situación económica que no admite dilaciones,
antes que satisfacer ciertos perfeccionismos programáticos; hay que impulsar
decididamente los mecanismos de la concertación social y relegar intencionalidades
políticas; hay que sincerar al país respecto de su destino: debemos comenzar
a pensar en la reforma de la Constitución Nacional; la definición de una
sola política exterior y de un solo f rente ante la cuestión de la deuda
debe asumir mandato prioritario. Ya es demasiado el tiempo perdido. Y
en todos estos temas el peronismo puede hacer mucho para el país y para
sí mismo. Porque sería una forma de ejercitar la empresa de recuperar
su identidad perdida. Es cierto que a muchos les gana la duda de si existen
reservas para intentarla. Por mi parte aún confío en la grandeza de lo
que supimos ser, para recrear un peronismo actual, movilizador de ideas-fuerza
convocantes, firme en sus esencias y capaz de recomponer el Movimiento
Nacional. Si esto significa empezar de nuevo, habrá que hacerlo. Personalmente,
conservo aq"a fe de las Zimeras horas y atento estoy al surgimiento de
la nueva generación peronista. Si hay futuro, por ella pasa. Lo demás
será hacer camino, y el peronismo nos ha dejado a todos mucho por hacer.
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