Epopeya Peronista

Hoy estamos de fiesta, hoy sentimos cómo reverdece nuestra esperanza, se ratifica nuestra fe, se conquista nuestra vocación militante cuando damos, y nos damos, este ejemplo -como se ha dicho aquí- de disciplina y de fe democrática, este ejemplo de unidad. Acá está el país peronista, acá está algo que nuestros -enemigos siempre anhelaron quebrar: el sentido trascendente de nuestra unidad. El presidente de la República puede temer la libanización -del país y decirlo, pero que sepa que mientras el peronismo esté unido, habrá Argentina. Mientras el peronismo sepa comunicar esa textura de afectos y de lealtades que caracterizó toda su vida, no habrá peligro, argentinos. Tendremos crisis y problemas, pero la unidad de la Nación será preservada. ¡Ay de la Argentina el día en que quebremos esta unidad sustancial entre el pueblo y el peronismo! Hemos deliberado, y yo sé que si Juan Perón pudiera observarnos estaría orgulloso de su Movimiento. Porque hemos sido capaces -sin estridencias, sin soberbias, sin cálculos- de llevar a la realidad sus últimos mandatos, los que nos dejó antes de irse para siempre. Nosotros hemos institucionalizado la lucha por la idea; hemos suprimido la violencia, el patoterismo y el matonismo como fuente para el ejercicio del poder. Ahora peleamos por las ideas: bienvenida la confrontación. Dentro de esta gran unidad que componemos, también somos y demostramos ser capaces de respetar el pluralismo interno, que necesariamente se da en una conformación masiva, como la que caracteriza la existencia del peronismo. Perón decía: sólo la organización vence al tiempo. Acá estamos, organizados en un Partido. Un Partido que no pierde su -concepción movimientista. Un Partido que mira la realidad social y política a través de un prisma singular, que es el prisma del trabajo. Pero es un Partido que por su naturaleza movimientista no sé sectariza ni sé sectoriza, sino que llama a través de este eje convocante -que es su concepción nacional, popular y humana- a todos los sectores y fracciones de la sociedad para integrarlos en un mismo proceso de desarrollo y de liberación nacional. Y por último, nosotros hemos hecho verdad aquello de que "mi único heredero es el pueblo", porque han sido los compañeros que están acá sentados, que están participando en su carácter de congresales nacionales, elegidos directamente por el voto de las bases, quienes están ejercitando la soberanía del afiliado peronista. Se acabaron las composiciones cupulares, las intermediaciones onerosas. Aquí manda el pueblo peronista por sus legítimos representantes, los que eligieron ustedes, compañeros, con su voto directo. La última vez que estuvimos en este Parque, vinimos a hacer la crítica interna de nuestro Partido. Todavía no habíamos emergido de la derrota política del '83. Vinimos a deliberar, a recrear el peronismo de la victoria, a encontrar la manera de recuperar la mayoría perdida. Hoy venimos a decirnos unos a otros, en el abrazo fraternal, cómo hicimos para triunfar. Pero también venimos a decirnos que hay una crisis nacional que todavía no está superada, que se agrava cada día, y entonces les pido que asumamos este compromiso. Dentro de muy poco tiempo, tal vez un año o dos, vendremos a decirnos cómo superamos la crisis nacional y cómo hemos puesto en marcha la reconstrucción de la Argentina que todos soñamos. Quiero hacer un poco de historia del proceso que hemos vivido entre todos, y tengo que remontarme tal vez a épocas un poco lejanas. En el curso de este siglo, hubo en la Argentina dos elecciones que podemos llamar bisagras, elecciones que cambiaron el curso de la historia. Una fue en 1916, cuando Hipólito Yrigoyen derrotó a la coalición conservadora de su tiempo e inauguró el ciclo del radicalismo. La coalición conservadora no se recuperó nunca de la derrota de 1916. Han pasado más de setenta años y todavía sigue siendo un mosaico disperso de voluntades individuales, sin capacidad de unión y sin capacidad de influir los destinos del país, a pesar de que pueden jactarse de que durante más de cincuenta años impusieron su ley y su credo al conjunto de la sociedad Argentina. Treinta años más tarde, en 1946, se da otra elección histórica. Juan Domingo Perón derrota a la coalición conservadora radical -la Unión Democrática- a instala un nuevo proceso político en la República. El radicalismo nunca pudo recomponerse de esa derrota. Recién cuarenta años después, en 1983, por un cúmulo de circunstancias muy afortunadas para ellos, el radicalismo logra hacerse de la mayoría electoral del país. El peronismo sufre su primera derrota en las urnas y las interpretaciones comienzan a surgir del propio seno del partido triunfante. Es la traspolación automática de lo que sucedió después del '16 y de lo que sucedió después del '46 y se lo traslada al '83. Se dice: "cien años de democracia radical"; se dice: "muerte y dispersión del peronismo"; se dice: "formación del tercer movimiento histórico"; se dice: "segunda república"; se dice: "reforma de la Constitución"; y se dice, por último: "hay tres nuevas banderas para ofrecerles a los argentinos: olvídense de la soberanía, de la independencia y de la justicia". Ahora es la hora de la "ética de la solidaridad", la "modernidad", la "democracia participativa". Todo esto, como si alguien nos pudiera dar lecciones de democracia participativa, de ética, de la solidaridad y de la justicia social. Pero nosotros apostamos a una interpretación diferente. Podría decir, como el poeta, "a nosotros no nos ha vencido nadie, y si nos hubiesen derrotado esto sólo serviría para hacernos cada día más duros, más intransigentes, más creyentes en las verdades que nosotros trajimos a la vida política Argentina". "Trabajo tendrá el enemigo para desalojarnos del campo de batalla, porque podemos combatir sin comer, sin beber, la vida entera... Y podemos fatigar, desconcertar y aniquilar al enemigo. Y cuando se acabe el territorio somos capaces de montar sobre corceles alados y andar por los aires si nos quieren desafiar en el campo de la imaginación y del ensueño. Finalmente el enemigo se detiene. Nuestra fuerza es inconmensurable, es invisible porque es la fuerza del pueblo, y tendrá que pasarse a nosotros con sus bagajes y sus armas". Y esto que parecía sólo un momento retórico, esto que parecía una utopía con la que veníamos a calmar tal vez nuestra propia impotencia, fue generando esta actitud renovadora que, desde la ceniza de la derrota, el peronismo comenzó a forjar. Para demostrarse a sí mismo y a los demás que el 30 de octubre no había perdido el proyecto de Juan Perón, sino una metodología equivocada y hombres errados. Este es el significado profundo del 6 de setiembre. Es la renovación de un mandato que recibe el peronismo de las mayorías populares de la Argentina. Esto nos obliga a actualizar nuestra doctrina. En definitiva, eso que llamamos Renovación no es nada más que la actualización de una tradición. Nosotros no somos renovadores porque creemos que hemos inventado un peronismo nuevo. El nuestro es el peronismo de siempre: el de Perón y Evita. El de Rucci, el de los fusilados, el Perón de los muertos, es el Perón de los mutilados, es el Perón de las cárceles, el Perón de los desaparecidos. Nosotros no desnudamos memorias culposas, nosotros asumimos el justicialismo tal como ha sido, como es y como debe ser. No somos quiénes para decir quiénes son los réprobos y quiénes los elegidos; sólo el pueblo lo puede definir. Pero tenemos que hacer ese esfuerzo de "aggiornamiento" -como hubiera dicho el General- porque en el Movimiento es posible caracterizar a aquellos compañeros que son presa de una suerte de inmovilismo intelectual. Los que quieren trasladar mecánicamente propuestas y realizaciones de hace cuarenta años a la realidad de hoy sin advertir los cambios, sin asumir las transformaciones que el mundo ha producido en su desarrollo. El peronismo tiene que estar preparado para responder a estos. desafíos nuevos que se van renovando en el tiempo. Pero cuidado: hay peligro de que el peronismo, por querer "modernizarse", pueda comenzar a tratar de traficar algunas de sus esencias más profundas. Hubo un momento en la historia de nuestro. Movimiento en el que el trasvasamiento ideológico sacudió algunos de sus estamentos, y lo pagamos muy caro, compañeras y compañeros. Por eso éste es un momento en que el peronismo tiene que volver a lo mejor de su tradición, pero también tiene que asimilar, con inteligencia y con profundidad, los cambios con que aceleradamente el mundo moderno se viene organizando. Si nos aferráramos simplemente a la historia, incurriríamos en el anacronismo de querer aplicar a la sociedad de hoy los mecanismos mentales de hace cuarenta años. Tendríamos, tal vez, una suerte de alegría nostálgica, pero no estaríamos satisfaciendo las apetencias populares. No le estaríamos dando a la Argentina la respuesta para este momento histórico. El radicalismo tuvo otro desviacionismo, porque creyó que podía fundar una nueva etapa de la vida argentina sin historia. Se olvidó de su origen. El radicalismo -históricamente hablando- sucede en la memoria popular al federalismo de Juan Manuel de Rosas, pero su afán modernista, la idea de aparecer diferente, lo hace bucear en un modernismo que no hace a la esencia de su tradición política. Por eso se descoloca, por eso no acierta, por eso pierde identidad. En cambio, los peronistas queremos actualizar la comprensión de nuestra identidad nacional, queremos asumir los cambios desde nuestra propia identidad. No queremos trasvasarnos ideológicamente porque, además, no hay modelos en el mundo capaces de contener la complejidad y la singularidad del caso. argentino. Si hacemos hoy una recorrida por el mundo de las ideas, nos vamos a encontrar con que hay -fuera de toda duda- una ofensiva neoliberal en el mundo, y que el neoliberalismo plantea a las sociedades modernas propuestas que pueden, de alguna manera, impactar a las clases dirigentes. Nosotros tenemos que saber claramente que estas propuestas se engendran en los grandes centros de poder económico y financiero mundial. Si son aptas, lo son para los países que se acomodan a esa suerte de orden económico, internacional y financiero que en definitiva es gobernado desde los imperios. O desde el imperio, para ser más precisos. El marxismo revolucionario también ha perdido prédica. La utopía marxista tampoco hoy es una propuesta válida, ni siquiera para los sectores juveniles. En Europa, los socialistas herederos del marxismo practican el socialismo rosa. Han enterrado los sueños y las utopías de los viejos luchadores socialistas y marchan con la cabeza gacha a bautizarse en el imperio. La indagación que los peronistas tenemos que hacer frente a los desafíos que tenemos por delante, debe permitirnos dar una respuesta madura y viable para la circunstancia argentina del tiempo actual. A mi juicio, tiene que responder a algunos grandes temas de su tiempo. Primero, tiene que decidir qué visión del hombre forma parte de su propuesta ideológica. Esto me lo enseñó Perón. El solía decir que no hay propuesta política válida ni propuesta ideológica que en el fondo no contenga, como elemento informador, una determinada concepción del hombre. Si creemos que el hombre es un objeto, un engranaje más en la rueda de la producción, hemos insectificado -decía Perón la condición humana. La hemos desprovisto del hálito de libertad y dignidad que es característica de nuestra visión del hombre. De ahí puede nacer cualquier tipo de totalitarismo. Si concebimos al hombre a la manera de los liberales, como un egoísta perfecto que sólo sabe perseguir su interés individual y que no tiene o rechaza todo concepto de solidaridad, todo concepto de protagonización colectiva, de afirmarse no sólo como persona individual sino como sujeto colectivo, estamos entonces en el reino del individualismo. Pero si, como nos enseña nuestra doctrina, creemos que el hombre es un ser trascendente estaremos diciendo, como decía Perón en su discurso de 1949 en Mendoza, que el hombre "es una vertical disparada a la eternidad, es un sujeto de derechos y necesidades espirituales, materiales, políticas y sociales, y su inmanencia es eterna y su dignidad divina". Por eso nos declaramos humanistas, porque el centro de la construcción peronista es el hombre, no el Estado; no es tampoco el capital. Es el hombre. Esa es una de las primeras deducciones de nuestra construcción. Otro punto sobre el que los peronistas tenemos que insistir en este debate que se ha producido, y que se lanza todos los días por los medios de comunicación, entre estatistas y privatistas es que para nosotros éste es un dilema falso. Nosotros no creemos que el dilema argentino sea entre los que están a favor del Estado y los que están a favor de la privatización o de la desestatización. Porque entre el hombre, como ser privado, y el Estado existe la sociedad. La sociedad somos todos nosotros, la sociedad son las asociaciones que nosotros formamos alrededor de nuestra vida cotidiana: el sindicato, la asociación mutual, la cooperativa, la sociedad de fomento, hasta el club del barrio, el partido político, la municipalidad, las asociaciones profesionales. Son todos estos entes intermedios, los que Perón jerarquizó en su concepción de la comunidad organizada, donde para nosotros se deposita el dinamismo de una sociedad de progreso. No somos estatistas en el sentido vulgar del término. Cuando nosotros nacionalizamos los servicios públicos durante el primer gobierno de Perón, lo hicimos porque eran de propiedad extranjera, pero no porque eran privados. Nosotros a este dilema entre propiedad estatal y propiedad privada le oponemos también esta bisagra de la propiedad social. Creemos que en toda economía mixta hay tres áreas que deben coexistir armónicamente: el área privada donde el empresario actúa detrás del lucro, pero afrontando la innovación y el riesgo. Esto de que tengamos un capitalismo de lucro sin riesgo es la negación de las leyes que deben gobernar el área privada de una economía. Que los capitalistas sean todos contratistas del Estado o vivan al compás de tremendos privilegios, no constituye el tipo de sociedad ni el tipo de economía privada que el justicialismo admite dentro de su concepción social y económica. Tiene que haber también un área estatal. Nosotros no caemos en estas simplificaciones absurdas que identifican ineficacia con propiedad estatal. ¡Cómo no van a ser ineficaces algunas empresas del Estado, si son administradas por quienes quieren probar su ineficacia! Cómo podemos creer en la ineficacia -por definición- de la empresa estatal si desde todas las columnas y desde el propio gobierno se dice que "hay que privatizarlas porque se constituyen en un cáncer que nos está enfermando a todos los argentinos". Desde los japoneses hasta los alemanes, pasando por los italianos o los españoles, todos ellos tienen empresas del Estado; y funcionan bien. ¿Por qué? No por un criterio estatista, sino porque hay cierto tipo de actividades que inevitablemente tienen que ser monopolizadas; y nosotros, entre el monopolio privado y el monopolio público, siempre vamos a elegir el monopolio público. Entonces insisto: entre un ámbito de empresa privada -lo más grande que se pueda, pero siempre gobernada por leyes donde no exista el lucro simplemente a través de una buena conexión con el Estado, sino como producto de una acción de riesgo y una actividad pública que tiene que ser defendida como un elemento eficiente de la economía, se instala esa propiedad social, que son las empresas manejadas por sus trabajadores, o que son propiedad de asociaciones voluntarias de todo tipo. Estas tienen la ventaja de que difunden la propiedad actuando como sociedades que tienen que buscar su autofinanciamiento y su eficiencia pero que no son propiedad de particulares, sino de grupos o entidades intermedias. He aquí una solución, he aquí una respuesta a este dilema, entre privatismo y estatismo, a mi juicio falso, en una economía naturalmente mixta como es la Argentina. Los argentinos de nuestro tiempo, ¿cómo podemos encarar un proceso de transformación en el país? Porque nosotros los peronistas sostenemos que la democracia sin transformación social y sin progreso económico es una democracia imperfecta, es una democracia renga. No es que querramos ligar los valores de la democracia al economicismo; pero el tema de nuestro tiempo, el desafío que tenemos como argentinos, como justicialistas, es cómo hacer que la democracia sea paralela a la transformación social y al crecimiento económico. Y para ello debemos advertir la existencia de un factor limitador, un cuello de botella, un factor exógeno que limita profundamente, de una manera decisiva, este objetivo nacional de reiniciar la senda del crecimiento económico. Objetivo que se torna mucho más imperioso si advertimos que en 1989, cuando el actual presidente de la República entregue su banda a otro presidente, que seguro será peronista, los argentinos vamos a estar produciendo 20 por ciento menos por habitante que lo que producíamos quince años atrás, en 1974. Midan ustedes en profundidad el deterioro de la situación económica argentina, por este debilitamiento, más que estancamiento, por este vertiginoso retroceso que ha experimentado nuestra economía. Y para salir, tenemos que romper uno de los factores de estrangulamiento más graves que ha soportado históricamente el país. Quienes hemos sido educados en la conciencia de la liberación nacional recordamos cómo allá, en los años '40, nos rebelábamos contra el imperialismo británico que, adueñado de los resortes principales de los servicios públicos y de otras actividades de la economía, nos sujetaba a una suerte de dependencia comercial y tecnológica que ahogaba las posibilidades del desarrollo nacional autónomo. Tuvo que ser el peronismo con su política de recuperación de las palancas del progreso económico y social, de nacionalización financiera a través del Banco Central, de conducción del comercio exterior a través del IAPI, de compra y adquisición de servicios públicos de propiedad extranjera: teléfonos, ferrocarriles, gas, puertos, seguros, reaseguros, flota mercante, el que recuperara la capacidad autónoma de desarrollo del país frente a una dependencia comercial y tecnológica que, sin embargo, tenía una ventaja: dejaba en el país infraestructura. Por lo menos teníamos ferrocarriles, gas y teléfonos, llevaban buena parte de nuestras rentas, pero la infraestructura económica quedaba en el país. Pero la dependencia en la que hemos caído los argentinos de este tiempo y también todo el mundo en desarrollo, la dependencia financiera hacia la deuda externa es mucho más insoportable, porque es una dependencia meramente de papeles. Es la contrapartida de una deuda que no se contrajo en beneficio de los argentinos; es el producto de una actitud irresponsable de gobiernos y de banqueros extranjeros. Y cuando oímos al propio presidente de la República decir que América Latina en estos cinco últimos años ha girado al exterior dos planes Marshall en favor de los países centrales, nosotros decimos hasta cuándo se puede seguir sosteniendo esta situación. Porque se ha generado un mecanismo succionador de la riqueza argentina que ni la construcción imperial más sofisticada pudo haber concebido. Nuestra actual dependencia financiera es peor, mucho peor, que nuestra antigua dependencia comercial, que nuestra antigua dependencia tecnológica o industrial. Por eso es bueno que los peronistas sigamos repitiendo que si no encontramos la forma de generar un modelo autónomo para el pago de nuestros intereses de la deuda externa, la Argentina no tendrá capacidad de crecimiento de su economía, ni capacidad de crecimiento de sus exportaciones, y quedarán cerradas en sus propias fuentes las posibilidades de instaurar el ciclo de crecimiento económico y transformación social como el que venimos reclamando. Pero también quiero alertar que es necesario pero no suficiente corregir este aspecto de por sí fundamental y decisivo para nuestro desarrollo. Debemos tomar, al mismo tiempo, todo un conjunto de medidas para alentar la inversión, para mejorar la calidad de lo que se invierte, para reestructurar por mecanismos idóneos la lucha contra la inflación, para organizar de una manera mucho más racional las actuales estructuras económicas del país; si no, tampoco habríamos encontrado una solución a nuestros problemas económicos. Nuestra sociedad necesita una profunda transformación en sus relaciones económicas y en sus relaciones sociales. Relaciones económicas que, muchas de ellas, están signadas por privilegios y prebendas, por la continuación inercial de procesos que tuvieron su justificación en algún momento de nuestra historia económica y hoy la han perdido. Cambios en sus relaciones sociales, porque toda la política de ajuste con que el país ha venido superando las contingencias de su retroceso económico histórico, ha recaído sobre los sectores menos protegidos de la sociedad. Tiene razón el compañero Ubaldini, tiene razón la CGT, cuando elevan al nivel de protesta pública lo que todos sabemos que es una verdad. El plan adoptado por este gobierno tiene la misma significación socioeconómica que los que adoptaron históricamente los gobiernos militares. Cuando se eleva el tipo de cambio baja el salario real. Y el tipo de cambio hay que elevarlo para producir superávit comercial, y este superávit hay que producirlo para pagar la deuda externa. Este es el ciclo vicioso en que se desenvuelve la economía nacional. Y esto tiene una sola forma de corregirse, por lo menos para nosotros, los justicialistas: hace falta el esfuerzo concertado, hace falta el esfuerzo asociado en un programa nacional que convoque no sólo a las fuerzas del trabajo, sino también a las fuerzas de la producción. No es posible romper este círculo vicioso de pobreza, estancamiento, dependencia sin el esfuerzo concertado y mancomunado de todos los actores sociales. Y tampoco será posible si nosotros no admitimos que dentro de este esfuerzo toda política, toda acción que estimule el use eficaz de los recursos nacionales, tiene que ser aceptada y bienvenida por cualquier gobierno que quiera romper este círculo vicioso. En esto no puede haber fórmulas absolutas. Yo recuerdo una vez que, hablando de la Revolución, Perón me decía que en el mundo se han dado históricamente dos tipos de revoluciones; una, la que escribían los filósofos y los teóricos, y se refería especialmente a los enciclopedistas franceses y a Marx, que en largas y no por cierto equivocadas articulaciones habían imaginado los procesos revolucionarios de los siglos xviii y xix. Y decía Perón que los hombres políticos hacían esa Revolución pero generalmente esa Revolución era totalmente distinta de la que habían imaginado los filósofos. Entonces después recurrían a mil y un arbitrios para tratar de convencer de que lo que estaban haciendo era de conformidad con lo que los filósofos habían enseñado. Yo -me decía el General- voy a hacer una Revolución todos los días, buscando el atajo más simple que me lleve a un gran objetivo que tengo allá a la distancia. Yo voy a llegar caminando. Después vendrán los filósofos y dirán cómo lo hice, vendrán a escribir la Revolución Justicialista. Mientras tanto, yo la voy haciendo. Creo que ésta es una gran enseñanza para los peronistas de este tiempo. Pero que nadie dude hacia dónde queremos ir, porque los peronistas sabemos cuáles son las cosas que queremos: la justicia social como virtud informante de todo el orden político-institucional de la República; y la liberación nacional, porque no puede haber justicia en una Patria encadenada. Esto hace a la lógica de nuestro pensar. Que no me pidan los compañeros, como a veces sucede, que hagamos un programa analítico: no hay tal programa analítico. Hay una ambición común, hay una decisión común, la de "hacer camino al andar", como decía el poeta. Esto es lo que nosotros tenemos que aprender de la enseñanza peronista. Perón nunca dijo articuladamente cómo se proponía alcanzar la justicia social, pero la logró. No pronosticó cómo iba a ser la independencia económica, pero la hizo. No se planteó en un tratado de derecho institucional y constitucional la soberanía política, pero el pueblo la tuvo. Esto no es un sentido pasatista o indefinido de hacer política, sino que responde a una profunda convicción. Somos lo que somos, hicimos lo que hicimos y haremos lo que tenemos que hacer. Porque tenemos algo sin lo cual no se puede construir nada; aun en las mejores tecnocracias. Para nosotros la política no es un problema de ingeniería: ni siquiera es un problema de expertos. Ya hemos visto cómo les fue a los ingenieros y a los expertos; y a los que decían que podían con nosotros, porque tenían la mejor técnica electoral, porque hacían encuestas, porque se creían superiores. Nosotros tenemos otro patrimonio para hacer política y es nuestra comunicación con la gente. Tenemos otra cultura política, que es interpretar lo que la gente quiere y en el momento en que la gente lo pide. Por eso estamos seguros de nuestro porvenir y de nuestra victoria. Estamos seguros de que esta confianza, este mandato que nos ha dado el pueblo el 6 de setiembre está en buenas manos. Nosotros no vamos a defraudar a los argentinos. Hemos asumido este compromiso histórico que significa proponerle al país democracia con transformación social y crecimiento económico. Tal vez es una forma de decir, cuarenta años después, justicia social, independencia económica y soberanía política. Y decimos que en estas tensiones en que el mundo moderno se mueve, donde algunos abogan por la igualdad y otros por la justicia, nosotros sabemos qué es lo que vamos a preferir en cada caso. De este mismo escenario, se les ha ofrecido a los argentinos visiones de la justicia que no se corresponden con la nuestra. Porque justicia no puede significar aplacar las rebeldías con cajitas de alimentos. Lo hemos dicho muchas veces: se confunden los valores cuando se cree que la justicia es aplacadora de rebeldías. Es a través de la justicia que nosotros excitamos la rebeldía, excitamos la transformación. ¿Qué hacía Evita? ¿Es que acaso Evita, cuando les hablaba de justicia a los humildes, les pedía que por favor esperaran, que ya iba a llegar el reino de los cielos para ellos? No. Ella conducía las modificaciones, excitaba las rebeldías, abominaba del orden social injusto y reprendía a las clases oligarcas por su hipocresía y su egoísmo. Esto es el peronismo, compañeros y compañeras, esto es lo que nosotros recibimos como un mandato de la historia, al que le queremos dar transparencia, continuidad y actualidad en este tiempo que nos toca vivir. No tenemos miedo a las críticas; pero tampoco tenemos miedo a mirarnos a nosotros mismos. Cuando nosotros echamos esta ojeada al mundo -que yo les pido a ustedes que, como dirigentes del partido, acostumbren a hacerlo con constancia- vemos cómo hoy la autocrítica penetra hasta en los sistemas más cerrados del totalitarismo; hasta en la URSS se están planteando a sí mismos si la que han construido es " la mejor de las sociedades posibles". Ellos hablan hoy de dos palabras que tienen el sentido de transparencia, renovación, transformación. Cuando Gorbachov habla de la "perestroika" o del "glasnost", les dice a los soviéticos que tienen que mirarse hacia adentro y encontrarse los defectos después de sesenta años de gobierno comunista, que no pueden seguir sesgando las aspiraciones de participación del pueblo soviético, que tienen que dar transparencia a los mecanismos del poder. Que no crean algunos ingenuos que esto es democratizar el comunismo, pero sí que se van a hacer más humanos y populares. Y, probablemente, aprendan a interpretar los anhelos profundos de su pueblo. Y en esto nosotros, muy a la distancia -como que somos ajenos a toda visión totalitaria de la sociedad-, también tenemos que hacer esa indagación interna para no perder el sentido de comunicación y de participación que siempre nos tiene que unir a los grandes anhelos del pueblo; por eso, si el justicialismo algo tiene que proponerle a la sociedad Argentina es, además de excitar los deseos de justicia y las rebeldías, también la exaltación del sentido participacioncita del pueblo. La participación es una de las variables estratégicas para construir esa sociedad con crecimiento económico, con transformación social y con democracia. Pero no una participación con forma de clientelismo político. A mí me da risa cuando veo esos comités radicales, creando organizaciones de compras comunitarias, como si eso fuera participación. Hablamos de la participación en el poder, hablamos de la participación en la riqueza, hablamos de la participación en el ingreso, no de la participación en esos pequeños y periféricos modelos de compras comunitarias o de repartición del PAN o de cualquiera de los elementos con que se ha intentado enturbiar, a mi juicio, la mente de los argentinos. Este es otro de los grandes valores que el peronismo ha aportado a la vida Argentina, y sobre los cuales tenemos que pivotear nuestra propuesta de futuro. Y bien, compañeros, creemos que es necesario llevar a cabo este programa de transformación sobre un concepto liminar distinto: no es posible crecer mientras tengamos que afrontar los pagos de la deuda externa; es necesario un nuevo modelo de pago; es necesario generar formas articuladas de propiedad social eficiente que permitan desestatizaciones pero que no caigamos en la simpleza de creer que pueden ser reemplazadas así como así por el monopolio privado. Si creamos el sentido de la participación y de la concertación, si generamos todas estas motivaciones en el seno de la sociedad Argentina, entonces comenzaremos a emprender el camino del crecimiento y de la transformación social. Y en esto, política a institucionalmente hablando, necesitamos una reforma de la Constitución, la cual no puede solamente referirse a los aspectos organizativos del Estado, sino que también tiene que contemplar la modificación de la filosofía de la Constitución del '53. Nosotros queremos una nueva Constitución que introduzca el constitucionalismo social, como to han hecho las constituciones modernas, como to ha hecho España, como to han hecho Alemania, Italia, Venezuela, como to han hecho otros países de similar desarrollo al nuestro. Además, llos peronistas no nos desentendemos de la crisis nacional con una actitud egoísta, sino que advertimos que hay nubarrones severos y graves en el panorama argentino. La gravedad de la crisis es profunda y el gobierno radical, como decía Carlos Grosso, da la impresión de esos boxeadores que habiendo recibido una formidable paliza en medio del ring tratan de ver en qué cuerda se van a apoyar para esperar el próximo round. Los argentinos qu; tenemos conciencia de la crisis y de todo lo que esto involucra para el destino nacional, y los peronistas en particular, sabemos que si nosotros no somos capaces de encarar una alternativa válida a ere estado crítico no es imposible un colapso de las instituciones, no es imposible eso con lo que el presidente a veces amenaza que es la "libanización". Nosotros tenemos esta enorme responsabilidad de ordenar la trama de nuestras solidaridades políticas y sociales para ofrecerle al conjunto del pueblo una alternative válida y se la queremos ofrecer a todo el pueblo; no somos impermeables a las ofertas de compromiso y concertación, pero tampoco vamos a firmar ningún pacto de adhesión a una política que no hemos diseñado, y que no estamos dispuestos a continuar. Perón nos dejó el mensaje de la democracia integrada. Lean ustedes los capítulos de sus últimos mensajes y encontrarán allí el abecedario de una filosofía integracionista. Se trata de disolver las dicotomías políticas en homenaje a un proyecto de unión nacional. Pero Perón convocaba al proyecto desde su inicio, no pedía simplemente una adhesión; pedía un compromiso, y nosotros, si de esto se trata, que sepa el gobierno, que sepan leas f uerzas políticas, que sepan los actores sociales que el peronismo, f iel a esta tradición, está dispuesto al diálogo y a la concertación. Pero que no le vengan a traer papeles para firmar. Que vengan y abran el escenario en el cual mano a mano, identidad por identidad, proyecto por proyecto, visión por visión, anudemos todo aquello que nor puede hacer más fácil el tránsito de la crisis. No estamos empachados de apetencias electorales. Porque las elecciones están lejos, compañeros, pero la crisis está cerca y nosotros tenemos una concepción que va más allá de lo electoral. ¿Qué ganaríamos con recibir un país destrozado, desangrado, hambriento y desintegrado? Porque probablemente en 1989 lo vamos a recibir. IUuestra vocación argentina debe superar siempre el inmediatismo electoral. Porque no somos pequeños, no hemos nacido para esas cosas pequeñas. Aprendamos de la experiencia ajena: si este pacto que ahora se nos ofrece, este consenso que se nos ofrece, igual que el de La Moncloa, al que fueron a estudiar, lo hubiesen hecho el 10 de setiembre del '83, otro gallo estaría cantando en la República. Porque ésta es la verdad: los consensos hay que ofrecerlos cuando se llega, no cuando se está por irse. Porque si no parece que es nada más que el salvavidas que se pide angustiosamente para no perecer en el fondo del mar. Nosotros no queremos tirarle el salvavidas a nadie; queremos reiniciar el proceso nacional. Por eso les digo, compañeros y compañeras, que nadie se engañe con respecto a la naturaleza de lo que el peronismo está en condiciones de ofrecerle al país. Y en fin, compañeros, hay otro elemento que también les interesa a ustedes como representantes de las provincias que aquí están reunidas por voluntad de sus cuerpos constituyentes, como decía el Preámbulo de la Constitución. Hay otro gran tema moderno que nosotros hemos elevado también a la categoría de uno de los valores que los peronistas tenemos que asumir y defender y que está en plena consonancia con todo lo que les vengo sugiriendo en materia de participación y en materia de autonomía. Hoy se habla de pacto social, pero nosotros también queremos hablar de pacto federal. Queremos un proceso que tienda hacia la desestatización y descentralización de ciertas actividades que hoy se cumplen en algunas esferas del Estado nacional. Tenemos que darles poder a las provincias. Este centralismo portuario, cuyo ciclo acabó ya bien entrado el siglo, necesita ser cambiado. No en la forma y en la periferia con un traslado de la Capital Federal que no resuelve nada, sino que tiene que ser resuelto por un proceso de recuperación de la autonomía federal. Hoy hay una gran cantidad de actividades nacionales que deben ser devueltas a las provincias; esto va a significar una auténtica democratización de la vida argentina y va a significar también un genuino proceso de participación. Y desde las provincias este mismo proceso tendrá que hacerse en función de los municipios. Allí también hay que realizar un proceso de desconcentración y de democracia; de democracia de base que los peronistas debemos impulsar. Yo he anunciado que voy a poner en marcha, en la provincia de Buenos Aires, un proceso por el cual, en vez de ser la provincia la que recaude los impuestos y participe a los municipios, serán éstos los que recauden los impuestos y participen a la provincia. En realidad, esto no es simplemente una forma gratuita de sacrificar poder y riqueza del gobierno provincial. Prefiero tener 126 municipios ricos y no un Estado central pobre, menesteroso, y que disfruta nada más que de una prosperidad formal. Estas son las innovaciones con las que pretendemos articular una respuesta válida a la crisis Argentina. Sabemos que los tiempos son difíciles y cargados de responsabilidades, pero, como les decía yo al principio, somos herederos de una gran tradición política, somos herederos de una gran tradición social y queremos construir el futuro. El futuro está obviamente cargado de acechanzas, pero también es el futuro que nos compromete a todos. Compañeras y compañeros, esta reunión de hoy es la manifestación más sensible del grado de madurez con el que el peronismo viene asumiendo sus responsabilidades políticas. Hoy hemos estado acá compañeros de todas las provincias, hoy hemos debatido los temas de la cultura, del Estado, de la Constitución, de la defensa nacional; los temas que hacen a la transformación social, los temas que hacen a lo que tiene que ir, de alguna manera, dibujando el perfil del peronismo de los años '90. Pienso que cuando nos volvamos a reunir, ya sea en la sede de nuestro Congreso Nacional del 28 de noviembre, ya sea en la sede de todas las reuniones sectoriales que tenemos previstas para que el peronismo revitalice su comunicación, cuando nos volvamos a reunir, repito, yo querría que fuese con ese sentido que les decía al principio, y así como hoy podríamos contar -y en homenaje al tiempo no lo hago- cómo salimos de la crisis interna, cómo hemos recuperado el sentido de la historia del peronismo, también podamos contarnos cómo hemos salido de la crisis nacional y cómo hemos recuperado el sentido de la historia para todos los argentinos. Gracias, compañeros. Parque Norte, Buenos Aires, 13 de noviembre de 1987 (Plenario de la Renovación Justicialista)