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Para
que el peronismo sea gobierno en el '89
I.
La política y la técnica. Lo universal y lo particular
No es ciertamente
una tarea de las más fáciles la del político que tiene que dirigirse a
una audiencia tan calificada como la que esta noche está aquí reunida.
Pero mi experiencia vital como político me dice que, como nos lo enseñó
Juan Perón, sin reunir una masa crítica de inteligencias dedicadas a profundizar
el conocimiento científico y tecnológico de la realidad, se hace hoy muy
difícil hacer política moderna. Esto no se puede hacer como una tarea
de aprendizaje en el gobierno. Algunos ejemplos de las consecuencias actuales
de "aprender en el gobierno" creo que son muy palpables para la sociedad
Argentina, como para que nosotros, con la responsabilidad histórica que
tenemos, repitamos estos errores no se aprende la función de gobernar
desde el gobierno. Se la comienza a aprender desde el llano, y en esta
esfera de acción en que ustedes se mueven, lo científico y lo tecnológico,
lo profesional y lo técnico, creo que hay dos extremos que deben ser rehuidos
si queremos ser útiles y eficaces en la tarea que la sociedad nos confía.
Están los científicos y técnicos "puros", que buscan la verdad absoluta
en su valor más universal, que descreen de las singularidades, que hasta
son capaces de olvidar que existe una historia, que existe una naturaleza
propia de los fenómenos que se adscribe en tiempo y lugar a una circunstancia
dada, y están los que en la búsqueda puramente accidental y coyuntural
de los fenómenos también descreen de la validez universal de ciertos supuestos.
Estos son los dos grandes extremos, las dos grandes contradicciones en
las que podemos incurrir nosotros los justicialistas cuando somos convocados
a esta tarea profesional no queremos una ciencia y una técnica asépticas,
desvinculadas de un proyecto político, de una determinada cosmovisión;
desvinculadas de ese saber filosófico que todo lo resume. Pero tampoco
queremos un cientificismo tecnológico y técnico que, su pretexto de auxiliar
instrumentalmente al político, también se evada de las leyes universales
que indudablemente existen aunque tengan su lógica de tiempo y de lugar.
Y porque entiendo que ustedes vienen a esta tarea poseídos de una visión
que va más allá de la especificidad de la tecnología que manejan, yo querría
indagar y reflexionar esta noche con ustedes, aunque sea de manera provisoria,
cuáles son las ideas-fuerza con las que el justicialismo va a convocar
a la ciudadanía de la República. Ideas-fuerza que han nacido de un proceso
de renovación del peronismo pero que conservan sus viejas tradiciones
y esencias históricas. La renovación es la nueva manera de ver lo antiguo.
Es el modo moderno de afirmar la tradición. Quien entienda que la renovación
es un peronismo nuevo y distinto se equivoca. Por eso su éxito, por eso
lo que ha construido, por eso todavía lo que tiene que construir. Y esas
ideas-fuerza son la adaptación, a la sociedad del siglo xx que termina,
de las viejas banderas del '45. Banderas que siguen siendo históricas
y permanentes. Y no simplemente nostalgias del pasado, sino banderas también
del futuro. Pero actualizadas, trasvasadas por un ineluctable proceso
histórico que obviamente ha cambiado los supuestos y ha cambiado las realidades.
Aunque no las raíces profundas de nuestro pensamiento político, filosófico
y doctrinario. Y para actualizar este pensamiento no hay que ir a buscar
fuera del peronismo, como se ha intentado, las fuentes de una formulación
doctrinaria y teórica del Movimiento. Hay que volver a Perón. Fíjense
qué herejía para los oídos de algunas convencionalidades políticas: hay
que volver a Perón, hay que releerlo a Perón. Hay que extraer de sus últimos
mensajes toda la raíz de un pensamiento que aun a quince años o poco menos
de su muerte sigue siendo un pensamiento que invita a la reflexión y nos
inspira para la acción.
ll.
Unidad nacional y pluralismo
Yo creo
que la primera idea-fuerza que el justicialismo tiene que reconstruir
en la sociedad Argentina es la de la unión nacional. Esto parece muy trillado.
¿Quién no habla de unidad nacional en el país? La hemos visto pregonar
desde el gobierno y a veces la oímos pregonar desde la oposición más recalcitrante.
La unión nacional como la concebimos nosotros, los justicialistas, no
es el amontonamiento confuso y heterogéneo de voluntades o de ideas o
proyectos dispersos. La unión nacional no significa, como en determinados
momentos de nuestra historia reciente, por ejemplo, querer constituir
un "tercer movimiento histórico". La unión nacional no es la captación
oportunista de sectores políticos o gremiales de otros partidos para intentar
demostrar un elenco más amplio en su expresividad representativa pero
totalmente vacío de contenido y de esqueleto orgánico como expresión de
idea y como expresión de proyecto. Para nosotros, la unión nacional es
lo que Perón denominó "democracia integrada": hay un mínimo de coincidencias
básicas que los argentinos tenemos que aceptar como inamovibles y sobre
las cuales ya no podemos seguir discutiendo un instante más, porque hemos
llegado a ellas después de largos desencuentros y de profundas frustraciones.
Y ese piso mínimo de coincidencias es lo que nos hace admitir la forma
republicana, democrática, el respeto de los derechos básicos establecidos
en la Constitución Nacional, el pluralismo político, la convivencia democrática,
la búsqueda de la paz social, el respeto por las opiniones ajenas. Todo
esto que parece simple de enunciar y que no podemos racionalmente rechazar
es lo que ha estado ausente en la vida política Argentina. Todavía estamos
padeciendo los efectos de un "canibalismo político", al que el presidente
Alfonsín se refería el lunes olvidándose de decir que ese canibalismo
político también tuvo y tiene en la UCR expresiones muy genuinas y feroces.
(Aplausos.) Canibalismo político: la oposición por la oposición misma.
Esto es lo que en la Argentina tiene que desaparecer como expresión de
la vida política en común. Sobre ese piso mínimo de coincidencias se edifica
luego una franja de consensos y de disensos. Esto hace a la democracia.
Ahí es el campo en donde debatimos ideas, en el que debatimos programas,
en el que afirmamos nuestros propios proyectos, en el que tenemos la obligación
de disentir o de asentir si es que esto realmente contempla los intereses
más amplios y generales de la República: es la franja del debate, es la
franja del eventual consenso o del eventual disenso.
III.
Nuestra irrenunciable identidad
Hay una tercera franja. Es la franja de nuestras respectivas
identidades, de aquello que nunca podemos transar, aquello que nunca podemos
negociar porque forma parte de nuestra identidad histórica, de nuestra
identidad cultural: forma parte de nuestra visión de los problemas de
la sociedad Argentina y del mundo. Es también nuestra respuesta a las
bases sociales y políticas a las cuales representamos. Esto también forma
parte de la unión nacional; esto es, la admisión de la diversidad de identidades
y la aceptación de que no es posible confundir éstas su pretexto de intentar
el hegemonismo político de la vida de la República. Esto se lo he dicho
al presidente Alfonsín delante de algunos compañeros que están acá, que
sostema que peronismo y radicalismo es más o menos la misma cosa. ¡Qué
va a ser! Somos distintos. (Aplausos.) Somos distintos. En buena hora,
en buena hora, porque estamos representando cosas distintas en el país.
Lo que tenemos que admitir es que no somos necesariamente irreconciliables
en todos los planteos y en todos los planos de la vida Argentina. Este
es el avance que tenemos que realizar, esto es lo que tiene que madurar
en la conciencia democrática del pueblo. Pero cuidado con creer que la
unidad nacional se construye con la fundación de "movimientos históricos"
donde figura como en el tango "Cambalache", la Biblia junto al calefón.
¿Qué tenemos los peronistas que ver con Roca y la oligarquía, qué tenemos
que ver nosotros con la tradición liberal del país?. . . (Aplausos.) Mucho
más fácil es que algunos hechos políticos que se están produciendo y otros
que se van a producir hagan que el radicalismo vire hacia su vertiente
liberal y de allí nazca un contexto o una continuidad histórica y política.
Esto es más posible, porque puede estar en la naturaleza del proceso inmediato
social y político de los argentinos. Si alguna vez estuvieron juntos,
¿por qué no van a poder juntarse de nuevo? En cambio nosotros tenemos
nuestra propia y precisa identidad a la que nunca hemos renunciado. La
masa peronista permaneció impertérrita y firme en su convicción y jamás
el peronismo como entidad trasvasó su propia identidad hacia ningún otro
partido político. Alguna vez fue tentado por la derecha; otra vez por
la izquierda; alguna vez fue tentado por "el partido militar", y otra
por los liberales, pero jamás se entregó. Esto es lo que hace grande y
profundo; histórico y a la vez futurible al peronismo, que ha podido resistir
a lo largo de 40 años todas las acechanzas de una vida política convulsa
como fue la vida Argentina. Si echamos un vistazo a otras fuerzas políticas
no podríamos decir lo mismo. El conservadorismo, el socialismo y el radicalismo
-para mencionar nuestros partidos históricos- han experimentado, cada
uno en diversos momentos, fuertes pérdidas, renuncias y vaciamientos de
identidad, los que a su vez los llevaron a fracturas, a la dispersión
y a la pérdida correlativa de poder político. La identidad actual del
peronismo puede deducirse de estos conceptos claves que emitiéramos en
nuestros documentos del 1° de diciembre de 1985, acerca del "espíritu
de la Renovación Peronista". Comenzó así a gestarse en el peronismo la
conciencia de la Renovación como capacidad para entender las nuevas demandas
del país. La ausencia de liderazgo ponía en marcha una etapa distinta
en su historia: la transición hacia formas organizativas a institucionales
nuevas. Esto constituía un tremendo desafío y una gran responsabilidad.
Por un lado evitar la disgregación del que fuera el más grande movimiento
de masas de América Latina, por otro, neutralizar las visiones deformadoras
que traicionan la naturaleza revolucionaria del peronismo.
IV.
Radicación. Renovación
Un recorrido que debía vincular con fidelidad, historia y
porvenir, una coyuntura donde el pasado y el futuro son parte de un mismo
compromiso con las aspiraciones populares. Este es el primer atributo
de la Renovación: ratificar la vocación por la construcción autónoma de
la Nación y generar en el marco de la democracia los cambios que la sociedad
en su conjunto continúa reclamando. Pensar que el peronismo pueda transitar
una etapa de integración a políticas antinacionales en lo económico y
antipopulares en lo social sin sufrir un colapso, es olvidarse o negar
su condición. Por eso, como renovadores, no convocamos solamente a participar
de la "revolución de las formas". No es sólo un estilo democrático el
que nos reconciliará con la mayoría perdida. El estilo democrático, la
transparencia en las decisiones y el protagonismo de los peronistas constituyen
mecanismos que deben sustentar y complementar nuestra vocación de cambio
para así afirmarnos como alternativa de poder creíble. El radicalismo
pretendió "universalizar" su mediocridad, hacernos apéndice minoritario
de su cultura política, un partido de tecnocracias políticas y económicas,
con aptitud electoral pero inofensivo a la hora de ejercer el poder. Precisamente
en este punto radica nuestra diferencia sustancial con el partido hoy
gobernante. Nuestra cultura política es distinta y nuestra visión de la
democracia, diferente. Nosotros no miramos al país desde su lugar aséptico
o descomprometfdo con los sectores sociales. Somos tributarios en primer
lugar de los sectores más desfavorecidos de la sociedad y, desde allí,
desde un sujeto complejo pero real, nos planteamos articular el movimiento
nacional. La sociedad no es una abstracción en la cual el marco democrático
disuelve intereses, creencias, pasiones y esperanzas. La democracia no
excluye el conflicto y la confrontación, y el camino continúa siendo concertar
con aquellos que se sienten convocados a refundar una política que nos
devuelva en plenitud el sentido de la justicia y la libertad. Trabajadores
sindicalizados, empresarios comprometidos con la producción, mujeres,
profesionales, intelectuales y jóvenes que no quieren que mueran sus sueños
de vivir en una sociedad mejor. Ellos deben recuperar el protagonismo
perdido. No somos peronistas vergonzantes que tenemos que dar cuenta crítica
de nuestra propia historia. Encarnamos un movimiento popular que, como
es común al destino de las fuerzas progresistas de Latinoamérica, recorrió
un camino difícil, sembrando grandes aciertos y cometiendo también errores.
Omitir nuestro pasado sería admitir la derrota del porvenir, consagrar
la fatalidad de un futuro vacío. Tan hipócrita es pretender jugar con
la amnesia colectiva como que los peronistas eludamos nuestros errores
pasados. La autocrítica es patrimonio de los movimientos transformadores,
pero debe incluir el saldo positivo de la propia experiencia, sin ceder
a las presiones de quienes no fueron precisamente los arcángeles o los
custodios de la voluntad popular. Renovarse no es renunciar a las esencias,
acceder a las falsas memorias o desnudar un estilo culposo de lo que fuimos
y lo que queremos ser. Aceptamos que las visiones sobre la década '45-'55
puedan ser distintas y estén todavía bifurcadas por dicotomías irreconciliables.
Pero ningún argentino bien intencionado puede desconocer que allí se fundaron
las bases de una Argentina moderna. La justicia, la participación, la
renovación productiva, la movilización social y la incorporación activa
de una clase obrera de signo nacional fueron atributos de una modernización
que nos permitió responder a los desafíos de la época. Hoy, después de
más de cuarenta años de luchas, no vamos a ser aplacadores de rebeldías,
vamos a abrir las ilusiones, recuperando el sentido trascendente de la
historia. No vamos a convalidar que se nos proponga la resignación como
razón última de la democracia. No apelamos sólo al interés del ciudadano
virtuoso, sino al reencuentro con un ideal colectivo, a la certeza de
que es posible avivar la pasión por un orden más justo. La Argentina no
puede reducirse a ser el escenario de una competencia tramposa entre réprobos
y elegidos. Vivimos el drama de una Nación inconclusa en un continente
irrealizado.
V.
Federalismo y Nación
Otra idea-fuerza
que está explícita en el mensaje peronista es la idea federal. Somos federales
a través de una simple tradición histórica: las bases sociales y políticas
que representamos son la expresión actual, en la segunda mitad del siglo
xx, de las bases que el siglo pasado lucharon a hicieron el federalismo
de la República. (Aplausos.) Nosotros nunca hemos negado nuestra herencia
federal. El que la ha negado es el radicalismo, cuya bandera es blanca
y roja (es blanca por Oribe y roja por Juan Manuel). Pero nuestra idea
no puede ser simple nostalgia histórica. No podemos reconstruir el federalismo
simplemente recordando los ponchos colorados de don Juan Manuel. Tenemos
que reconstruir el federalismo a partir de una nueva realidad: está probado
que el centralismo unitario ha resultado insuficiente a ineficaz para
manejar la República. Por eso venimos proponiendo un nuevo "Pacto Federal"
y hablamos de renovar las relaciones entre las provincias y la Nación;
y denunciamos el deterioro que la base federal de la Constitución ha sufrido
a lo largo del siglo. Y cómo la Nación ha ido concentrando paulatinamente
poderes no delegados por las provincias. Y como esto no es simplemente
una cuestión vinculada al orden constitucional, sino una cuestión de eficacia
gubernativa, nosotros creemos, como la buena doctrina lo enseña, que lo
que puede hacer una sociedad menor no lo debe hacer una sociedad mayor.
Porque ello no sólo aleja a la gente de la realidad cotidiana y de su
participación en la política sino que transfiere poder a concentraciones
burocráticas que se desvinculan cada vez más de la voluntad del pueblo.
El peronismo acometió dos grandes revoluciones en la Argentina. En cuanto
a la estructura de decisión, instaló en el poder a la clase trabajadora.
La rescató del anonimato, de su desengranamiento de la sociedad, de su
marginación política, social y económica, y la introdujo como factor de
poder. También realizó una revolución más silenciosa: la revolución femenina.
El peronismo puede atribuirse él haber transformado la pasividad política
de la mujer en un elemento dinámico de la sociedad. Que esto luego se
haya debilitado es otra cuestión. Podríamos debatir el porqué. Pero en
la génesis del peronismo a través de Eva Perón, se produce la inserción
en el poder de las mujeres. Y ahora nos toca otra tarea. Tenemos que insertar
en el poder las sociedades menores del Estado nacional. Llámense provincias
o municipios; llámense esa red de sociedades intermedias y de agrupaciones
y de vinculaciones sociales que algunos peyorativamente llaman "corporaciones",
pero que para nosotros son aquellas expresiones de la vida social que
hoy son muy difíciles de contener dentro del partido político. (Aplausos.)
Tenemos en esto una diferencia ideológica sustancial con los cultores
de la democracia liberal, acorde con la cual el centro de la vida social
y política es el ciudadano, el que vota, mientras que nosotros pensamos
que el centro de la sociedad tiene que ser el hombre, que es más que un
ciudadano. Porque el hombre, además de ser ciudadano, trabaja, tiene familia,
estudia, tiene su organización intermedia para defender sus derechos y
participa activamente de la vida de la comunidad y no siempre a través
del partido político. (Aplausos.) Si no queremos entender esta realidad,
entonces nos va a parecer que las "corporaciones" son lobos al acecho
que tratan de dominar a la sociedad, de las cuales hay que defenderse
a cualquier precio. En cambio, nosotros pensamos al revés: a nuestra suerte
de agrupaciones humanas hay que considerarlas y admitirlas dentro del
hecho social y político; armonizarlas, y eventualmente arbitrarlas, pero
no desconocerlas. Este desconocimiento que algunas visiones liberales
de la política tienen del hecho "fuerzas armadas", "sindical", "cultural",
"productivo", "empresario" como fuerzas dinámicas de la sociedad es lo
que trae esta suerte de desajuste en que puede moverse el país cuando
se pretende contener todo dentro del partido político. No del Movimiento.
Seguimos siendo movimientistas que hemos articulado un gran partido político
que resume, armoniza y arbitra esta suerte de variedad, de heterogeneidad
social que tenemos que admitir si queremos ser un partido que responda
a todas las exigencias que nos plantea la sociedad moderna. También somos
conscientes de los límites del federalismo. Somos un partido nacional
y no vamos a propiciar que su pretexto federal se intente balcanizar la
República; hay límites a custodiar; pero mientras tanto tenemos un vasto
terreno sobre el que avanzar para que se articule una nueva estructura
de relaciones entre el Estado nacional y los gobiernos provinciales.
VI.
Descentralización y organización de la sociedad
Dentro
de esta misma filosofía que significa compartir el poder con las sociedades
menores, hemos visualizado una función del municipio distinta a la que
ha venido desarrollándose en el país. Hablo de la experiencia de la provincia
de Buenos Aires. Nosotros que hemos oído recitar eso de que el municipio
es la célula básica de la democracia, que hemos oído hablar tanto de las
autonomías municipales, tenemos que aceptar que la forma de acercar la
gente a la política, la forma en que esta suerte de incredulidad pública
que se generó alrededor de la política y los políticos, un cierto escepticismo
que muchas veces es estimulado por el antisistema, necesita ser corregido
a través del llamado de las sociedades menores para que la gente participe
de la política. Sabemos que las autonomías no pueden funcionar sin recursos
económicos. ¿Qué clase de autonomía puede existir cuando el intendente
municipal tiene que mendigar al gobernador de la provincia los recursos
que necesita para mantener su intendencia? Ninguna. Nosotros en la provincia
de Buenos Aires hemos empezado a experimentar lo que hemos llamado la
"coparticipación impositiva inversa", en vez de que la provincia recaude
los impuestos y luego coparticipen a la provincia. ¿Qué significa esto,
qué hemos logrado con esto? Primero, desde el punto de vista político,
la idea de que la comuna va ganando una creciente autonomía financiera
y económica. Pero además del valor intrínseco de la autonomía está el
valor práctico: es mucho más difícil evadir los impuestos cuando el intendente
del lugar sabe bien qué es lo que tiene, y qué es lo que no tiene el vecino,
que un burócrata sentado en una silla de un escritorio de La Plata. A
veces los principios se vuelven ineficaces y las eficacias se vuelven
contra los principios. En este caso pienso que principio y eficacia juegan
al unísono. A veces, si ustedes me permiten una dosis de retórica, cuando
me dicen que esto significa que el Estado provincial está sacrificando
poder para que lo ganen los municipios, respondo: prefiero ciento veinticinco
municipios ricos y un Estado pobre, y no un Estado rico y ciento veinticinco
municipios pobres. Y esto entra en la gente, porque tiene esa virtualidad,
demostrar un nuevo perfil de las relaciones entre las sociedades menores
y las sociedades mayores. Esta idea de la descentralización burocrática
también comprende las empresas del Estado, las grandes reparticiones Públicas
que quisiéramos ver refederalizadas, tanto en materia de moneda y créditos
como en materia de ejercicio de servicios públicos terciarios. Pero nuestra
propuesta descentralizadora no se detiene simplemente en la recaudación
impositiva: también avanza en el campo de la salud, en el campo de la
educación, en el campo del empleo. Estamos ejecutando servicios municipales
en todas estas áreas, asesorados por un organismo provincial, pero permitiendo
que eras tareas nazcan a través del esfuerzo de los municipios. Entonces,
unión nacional, pacto federal, descentralización burocrática son los temas
de una nueva temática peronista, que es propia y forma parte de nuestras
raíces históricas, pero que atiende a reclamos modernos de la sociedad
en su conjunto.
VII.
Estatismo o privatismo. Una disyuntiva falsa
También
lo es nuestra visión sobre el problema de las empresas del Estado. Más
de una vez hemos dicho que el debate que está instalado en la sociedad
Argentina acerca de la privatización de las empresas del Estado, o el
debate entre privatistas y estatistas, es un debate ocioso. Y más que
ocioso es un debate que yo podría llamar anormal -si es la palabra anormal,
si es la palabra exacta- en la medida en que se hace sobre patrones de
funciones estatales o privadas que se dan en otras sociedades, sin la
rica tradición histórica de la República Argentina y sin tener en cuenta
el estado actual de la cuestión en nuestro medio social, político y económico.
Todos sabemos que hay una ola privatista en el mundo; que después de los
acontecimientos que podemos situar como inmediatamente posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, que dieron origen a una intervención mucho más
activa del Estado en la economía y que se tradujo no sólo en la inauguración
de nuevas políticas económicas y sociales sino en la apropiación y gestión
por parte del Estado de actividades que hasta entonces estaban en manos
privadas, han dado lugar, en las últimas décadas, a un suceso de signo
inverso. Pareciera ser -y esto sin distinción de regímenes políticos que
la idea de que la concentración excesiva de funciones en el Estado no
resulta ser la fórmula más eficiente para asegurar un funcionamiento adecuado
de las actividades que el Estado ha ido administrando a lo largo del tiempo.
Esto lo podemos apreciar tanto en las naciones de avanzado desarrollo
capitalista, como también en las naciones socialistas, donde, sin perjuicio
de mantenerse la propiedad tradicional en manos del Estado, se están adoptando
normas que tienden a exigir una mayor transparencia, una mayor eficacia,
una mayor participación de los entes asociados, a la gestión de empresas
públicas. Basta subrayar lo que significa la "perestroika" en la Unión
Soviética, lo que está sucediendo en algunas áreas de la economía china
como ejemplos, para referirme a lo que significan las economías colectivistas,
como tampoco puedo menos que rescatar los esfuerzos privatistas que se
están haciendo en muchas naciones europeas, algunas de signo socialdemócrata
(de signo socialista) y otras de signo conservador, como es el caso de
la Gran Bretaña. Pues bien, este debate, esta recomposición de las funciones
del Estado, ha llegado a nuestro país y se ha encarnado en una forma -a
mi juicio- inadecuada. Por un lado, quienes abogan indiscriminadamente
por la privatización de los servicios públicos, no tienen en cuenta el
carácter monopólico con que se prestan estos servicios. No tienen en cuenta
que nada ganaría la sociedad de sustituir un monopolio estatal por un
monopolio privado, mucho más cuando este monopolio privado a veces solamente
puede ser desempeñado por capitales de origen foráneo. Los que se aferran
al estatismo basados en una visión anacrónica de la sociedad, en una visión
inercial de los problemas, como si lo que en un momento dado estuvo justificado
lo estuviera para siempre, se aferran, también, a concepciones -a mi juicio-
inadecuadas. Concepciones que hablan de un estatismo vulgar, que sólo
atiende a la propiedad, pero no atiende a la gestión o a los resultados,
a la eficacia del servicio que se presta, ni a otros factores que hoy
para la sociedad son tan importantes como quien ostenta la verdadera propiedad
de estos bienes públicos.
VIII.
Participación y poder social
Frente
a este debate nosotros hemos instalado una nueva visión del problema.
Y no hemos dicho que entre el monopolio o la actividad privada alrededor
de un servicio público y su manejo por parte del Estado hay un ausente
-en términos de sujetos que es la propia sociedad. Tenemos por un lado
individuos con capital, que teóricamente estarían en condiciones de asumir
la propiedad anónima, la propiedad del Estado, propiedad que es de todos,
pero que tampoco es de nadie, donde se concentran a un mismo tiempo la
política, la ejecución de la política, la propiedad y el control en manos
de una sola autoridad, de un solo ente: el Estado. Y al decir Estado hablo
de una determinada burocracia. La sociedad, nosotros, nuestras entidades
sociales, llámense cooperativas, sindicatos de trabajadores o la condición
social que se logra por el hecho de ser usuario de servicios públicos,
y la propiedad empresa privada, que es otro ente, componen la sociedad.
¿No tenemos nada que decir... nada que opinar... ni nada que resolver
en esta materia, cuando somos, teóricamente, los dueños- Por eso la idea
de separar funciones que hoy están concentradas en un ente burocrático,
transferirlas a la sociedad, a lo que en nuestra doctrina justicialista
se llama la "comunidad organizada", significa repensar, desde una óptica
distinta, el problema, el debate entre propiedad privada y propiedad del
Estado. Y en consecuencia, tenemos que distinguir, en el servicio público,
varias funciones: la política del servicio público, la política del ramo.
Esta es una tarea indelegable del Estado. Tan importantes son los intereses
que se mueven alrededor de las prestaciones de servicios públicos que
lo hacen al Estado el único ente con capacidad de dictar la política.
Pero la propiedad del ente que realiza esa política no tiene por qué estar
en el Estado. Esa propiedad debe bajar a la comunidad. Es la comunidad
la que debe reemplazar la cara anónima del Estado por la visibilidad de
la cara de sus integrantes más relacionados con el tema en cuestión. Por
eso nuestra convocatoria a las cooperativas, al sindicato, a los trabajadores
de la empresa, aun a sus jubilados. Nuestra convocatoria, inclusive, a
los usuarios. O nuestra convocatoria a las entidades de bien público,
que forman la comunidad organizada, y que bien podrían ser propietarios
legítimos de este ente estatal. Si como dice nuestra doctrina la propiedad
tiene una función social yo me pregunto cómo se puede hacer valer la función
social si no se tiene bien en claro quiénes son los propietarios. Hay
función social cuando el propietario se conoce, y esto va a suceder así
en el momento en que el Estado deje de ser el propietario nominal de una
empresa o un bien para que ésta pase a ser patrimonio de la sociedad en
su conjunto. Son estos entes sociales, estos miembros de la comunidad
organizada los que tienen que desembarazarse del Estado. Nosotros pensamos
que el Estado tiene, en materia de servicios públicos, la tarea de fijar
las políticas y controlar el ejercicio de esas políticas y dejar que quienes
en mejores condiciones se encuentren desempeñen esa gestión. Aunque en
este caso la gestión no esté asociada al dominio del capital de la empresa.
¡He aquí una innovación! Generalmente se supone -aunque generalmente lo
desmiente la práctica que la gestión tiene que estar en quien es el propietario.
Este es el viejo esquema de la vieja empresa. Hoy en gran cantidad de
empresas la gestión está divorciada de la propiedad. Se buscan los "managers".
Se buscan administradores que profesionalizan la administración, porque
ésta es la forma de volver eficiente una determinada gestión. Desde el
Estado en nuestro esquema, socializamos el bien y en consecuencia la propiedad
se difunde en el conjunto de la sociedad. Tendremos, en lugar de una repartición
burocrática, una comunidad organizada compuesta por una serie de entidades
sociales, que reclamarán él use eficiente de ese bien que han comprado
o a quienes el Estado les ha facilitado su adquisición. Nos parece que
esta forma de combinar estos distintos elementos es una forma mucho más
eficaz que la actualmente existente. Nos parece que esta forma de combinar
estos elementos supone superar este dualismo, a nuestro juicio ocioso,
entre privatistas y estatistas. He aquí una nueva forma de propiedad,
una nueva forma de gestión, un nuevo enfoque de la política de servicios
públicos, que puede servir para que los argentinos podamos resolver, con
bien para todos, y con eficacia para el conjunto, un debate, una antinomia
que está planteada, a mi juicio, con características ajenas a nuestro
verdadero marco social y político.
IX.
Los nuevos contenidos de la justicia social
La justicia
social fue entendida en nuestro tiempo como una cuestión que hacía a la
mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora y a la mejora
de vida de los sectores marginados y carenciados de la sociedad. Sobre
esto obviamente tenemos nuestra posición clara y firme. Pero hay otros
aspectos de la justicia social que nosotros incorporamos a la temática
moderna. El_ problema de la mujer. El problema que existe hoy todavía
de la discriminación que existe contra la mujer. Este es un problema de
justicia social. Nosotros somos plenamente conscientes de que no hemos
alcanzado la igualdad jurídica, ni la igualdad política, ni la igualdad
en las condiciones de trabajo de la mujer con respecto al hombre y éste
es un caso de injusticia social. Es también caso de injusticia social
algo que no nos preocupó en nuestra época, porque había pleno empleo,
pero la existencia actual de grandes bolsones de desempleo, especialmente
en los sectores juveniles, de los que quieren incorporarse a la fuerza
de trabajo y no pueden. Es también un tema para la justicia social moderna.
De la misma manera hoy es justicia social el tema de los chicos de la
calle, la tercera edad, el sistema carcelario, la destrucción y contaminación
del medio ambiente, etc. En el campo de lo socioeconómico la idea-fuerza
del peronismo, pareciera reiterativo, es nuestra opción de la cultura
de la producción para sustituir la cultura de la especulación. Esto no
deberíamos ni siquiera exhibirlo como una idea-fuerza. Es inconcebible
que tengamos que decirles esto a los argentinos. Que mientras no alcancemos
a cambiar la psicología colectiva que ha generado toda una cultura especulativa
en la Argentina no hay posibilidades de crecimiento económico. Y que para
revertir este proceso tenemos que hacer transformaciones profundas en
el actual modelo de desarrollo de la economía nacional y tenemos que generar
un nuevo modelo de acumulación. Sin acumulación de capital no es posible
la inversión; sin inversión no hay crecimiento; sin crecimiento la distribución
se hace cada día más difícil. Este es el circuito perverso que tenemos
que romper. ¿Y cómo lo rompemos? Precisamente alentando la cultura de
la producción. Sobre esto basamos nuestra resistencia al actual modelo
de pago de la deuda externa. Yo no me opongo al pago de la deuda externa
porque me resulta grato afirmar que no les debemos pagar a los usureros
internacionales. Me opongo por razones prácticas; porque estamos ante
el obstáculo, la restricción más formidable que tiene el país para reimpulsar
su crecimiento. Si el país creciese y sus exportaciones también lo hiciesen
yo no tendría problemas, como buscar alguna transacción que nos permitiese
pagar, en condiciones razonables, la tremenda carga que hoy significa
la deuda externa. Lo que yo le digo al mundo acreedor es que en las actuales
condiciones no hay crecimiento, y si no hay crecimiento no podemos pagar.
Esta es la verdad, pragmáticamente desnudada. (Aplausos.) No hacemos de
esto una cuestión retórica.
X.
Derechos humanos y derechos sociales
Tenemos
otros campos donde hacer retórica, pero no precisamente éste. Estas ideas,
que forman y nutren nuestra aproximación al mundo actual, también tienen
ramificaciones en el campo social. En el campo social hay, como dije antes,
sectores a los cuales la justicia no les ha llegado. No hay justicia para
los chicos de la calle, no hay justicia para la tercera edad abandonada,
no hay justicia para la mujer golpeada, no hay justicia para sectores
marginales y carenciados de la sociedad, para los cuales ya no se trata
de una cuestión de más o menos salario: es una cuestión de más o menos
humanidad. Y éste es el otro factor básico que solamente nosotros, los
justicialistas, podemos traer como idea-fuerza a la sociedad Argentina:
el sentido humano de nuestra propuesta. Entendemos bien lo que venimos
diciendo desde l946: la nuestra es fundamentalmente una propuesta profundamente
humanista cristiana, entendiendo esto como la aceptación de los principios
filosóficos en que se nutre la interpretación del hombre por parte del
cristianismo, que hace del hombre el centro de la sociedad más allá del
Estado y más allá del capital que deshumaniza, porque es el capital que
esclaviza al hombre. Y cuando habla "el amor y la igualdad" vinculada
a ese "gran argentino" es porque revitaliza estos conceptos que hacen
a la esencia profundamente humana que nuestro Movimiento debe sostener
en cada momento. Por eso los derechos humanos. (Aplausos.) A pesar de
que los derechos humanos fueron incluidos en nuestra Constitución del
'49, pareció por un momento que aquí únicamente eran defensores de los
derechos humanos los correligionarios radicales. Y toda una suerte de
progresismo intelectual de izquierda. Sin embargo, si hay un sector de
la sociedad donde la falta de los derechos humanos más ha golpeado, donde
los derechos humanos no tienen simplemente una dimensión vinculada a lo
jurídico-político sino que también tienen una dimensión que atraviesa
lo social y lo económico, es el justicialismo. Si hay un sector que ha
sido la víctima más patética de la violación de los derechos humanos es
el sector que nosotros representamos. Pero aunque no fuese así, es decir,
aunque no fuese por este egoísmo, simplemente por este egoísmo, simplemente
por nuestro humanismo trascendental, nosotros queremos hacer de la política
de derechos humanos una política básica del programa que vamos a proponerle
al conjunto de la ciudadanía, y también lo vamos a hacer de la existencia
de un programa para luchar contra la pobreza crítica, contra el marginamiento
social, que no puede consistir únicamente en la dádiva permanente. Nosotros
creemos que a ese vasto sector de la sociedad que está carenciado y marginado,
y el cual se convierte siempre en la variable de ajuste de la economía,
no podemos librarlo a su suerte ni podemos atacarlo a través del asistencialismo
social. Alguien algún día me preguntó qué diferencia había entre el asistencialismo
social de las sociedades de beneficencia antes del peronismo o el que
se practica ahora y lo que hacía Evita con los humildes y con los pobres.
Es muy fácil, la diferencia. El asistencialismo social es una forma de
calmar las tensiones, de aplacar las rebeldías y de mejorar coyunturalmente
una situación dada. En cambio lo que Evita hacía era excitar las rebeldías,
dando de comer y dando de trabajar, y dando asistencia, porque cada bien
que proveía no era para que se consolara la rebeldía, porque ella hablaba
de eso en nombre de la justicia y no en nombre de la caridad. (Aplausos.)
XI.
Tiempo y organización para la revolución en paz
Este núcleo
de ideas que están imperfectamente desarrolladas esta noche pero que están
propuestas a ustedes para que las elaboren en el curso de estas deliberaciones,
debería ser la base de la futura propuesta del justicialismo para los
grandes temas del país. Creo que podemos sentirnos, después de todo, orgullosos.
Yo creo, hablando ya como político, que estos últimos años del justicialismo
permitieron que se cumplieran cuatro de los últimos mensajes que Juan
Domingo Perón nos dejó. Antes les dije que había que bucear en él para
encontrar en su modelo nacional estas ideas básicas que les he delineado.
Ahora les voy a hablar de preceptos de acción política. Perón dijo (le
escribió a Fidel Castro, ustedes recuerdan, ante la propuesta que le hacía
Fidel de encabezar la revolución latinoamericana) : "Hay dos formas de
hacer una revolución: con el tiempo o con la sangre. Yo he elegido el
tiempo". (Aplausos.) Esto habla de que los peronistas no podemos ser ansiosos,
no podemos prometer tiempos sino la direccionalidad de nuestra política,
las reformas trascendentales que necesita el país. Una segunda máxima
que Perón dejó fue aquello de que "mi único heredero es el pueblo". Esto
tiene una profunda connotación. Aquí por un momento pareció que los herederos
de Perón eran las pandillas armadas, las roscas, los autoelegidos, las
trenzas . . . Nosotros hemos sustituido todo eso por el pueblo. (Aplausos.)
Por el pueblo peronista. Una tercera indicación fue aquello de que "sólo
la organización vence al tiempo". Perón sabía que el tiempo todo lo devora,
que el tiempo todo lo corroe. Si no hubiéramos sido capaces de organizarnos,
también nos hubiera devorado el tiempo, y lo hubiera devorado al recuerdo
de Juan Perón. Pero nos dimos una organización, tenemos un partido elegido
de abajo hacia arriba, con sus cuadros, con sus dirigentes. Que no pretendan
ignorarlo, que no pretendan subestimarlo, porque cuando este partido se
pone de pie aplasta todo lo que tiene por delante. Que lo sepan los de
adentro y que lo sepan los de afuera. (Aplausos.) Tenemos una organización
para vencer al tiempo; cuidémosla, compañeros. Nos ha costado mucho lograrla,
pero la tenemos. No es una organización excluyente; hemos demostrado en
el gobierno de esta organización que ningún peronista está excluido de
participar en ella. Hemos respetado jerarquías y hemos respetado historias
y roles aun a costa de correr los riesgos propios de quienes somos a veces
demasiado amplios y generosos para interpretar la historia interna del
justicialismo. Y por último, Juan Domingo Perón dijo aquello de que "ha
llegado el momento de institucionalizar la lucha por la idea", que ya
no puede ser la violencia la que dirima los conflictos ni entre los peronistas,
ni entre los peronistas y los no peronistas. Y esto es lo que esta noche
yo me conmuevo en observar con la presencia multitudinaria de ustedes.
Ustedes, compañeros, están haciendo cierto aquello de que hay que institucionalizar
la lucha por la idea, a institucionalizar la lucha por la idea significa
el estudio profundo y certero, con criterio científico y tecnológico,
pero no desprovisto de una visión nacional y de una cosmovisión del mundo,
del hombre y de todas las relaciones que existen a su alrededor que sé
que ustedes aceptan como punto de partida de sus reflexiones. Yo les agradezco
muchísimo que me hayan dispensado este honor de hablarles y les reitero
mi deseo de gran éxito en las deliberaciones que van a continuar. Gracias
compañeras, gracias compañeros.
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