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Un
malón de alegrías nuevas
Boca es mucho más
que esta alegría once años demorada, que un lugar los domingos en el palco
de la venerable Bombonera, que una gambeta del Diego "de ahora" o un nostálgico
recuerdo del Diego "de antes", que en verdad para nosotros sigue siendo
"el de siempre".
Boca es la vida misma: los aromas de la infancia, aquella fragancia de
barrio, el primer amor que no se olvida, las broncas de un gol sobre la
hora, las primeras rebeldías a los mandatos paternos.
Porque mi viejo, un inmigrante italiano, dueño de un mercadito que no
le alcanzó para "fare l'América", pero que en cambio fue pródigo y generoso
modelo para nutrirnos del sentido fraterno y solidario de la familia,
era hincha de River, que por entonces estaba también allá, en la geografía
despareja del Riachuelo.
Boca fue para mí la primera elección importante en la vida. Después vendrían
el amor, la militancia universitaria, la familia y mi vocación política,
además de un lugarcito para Gardel. Y eso soy ahora: boquense, peronista,
gardeliano y familiero de raza, con diez hijos y veintiséis nietos. Créanme:
no es poca cosa.
De pibe, mamá, que era profesora de violín, era mi protectora, la mimosa,
la que me cuidaba. Cuando alguna gripe o alguna eruptiva de la infancia
me llevaban a la cama, ella me acercaba el mejor de los remedios: la promesa
de que "si me curaba pronto" vendrían a visitarme "Pancho" Varallo o "Cabecita
de Oro" Roberto Cherro, dos ídolos del Boca de entonces.
Este título de hoy me representa eso, ráfagas de mi propia historia, ese
misterioso vínculo entre el fútbol y la vida que generaciones enteras
de argentinos cultivamos con una pasión cultural que nos identifica y
nos hace ser lo que somos.
La primera vez que fui a la cancha fue en 1935. Un verdadero partidazo:
Boca 4, San Lorenzo 3. Hasta los 35 minutos del segundo tiempo perdíamos
2-3. Llegó el empate de Varallo y mi viejo, en una actitud que entonces
era común para evitar las aglomeraciones de la salida ya que iba mucha
gente a los estadios, me agarró del brazo y nos fuimos caminando. Entonces
escuché la ovación y grité con todas mis fuerzas: no lo había visto, pero
sabía que era de Boca. Fue del Nene Lazzatti.
Era -soy- tan fanático, que nunca me gustó escuchar el partido por la
radio: es un sufrimiento que la estirpe del hincha se me ocurre que no
merece. Y eso me viene de pibe. Los nervios me impedían escuchar las transmisiones
de entonces. Pero como vivíamos en San Telmo, a 15 ó 20 cuadras de la
cancha, el rumor del viento me traía el mensaje de los goles de Boca.
Estaban allí, flotando en el aire, y entonces sí prendía la radio para
que el ". . . ooooooolllll de Bocaaa" del relator me lo confirmara.
De mi viejo hincha de River me quedó el carnet de socio vitalicio del
club, que todavía guardo por el recuerdo familiar y quizás también como
cábala para exorcizar "al enemigo futbolero". Pero la vida, que siempre
paga, me devolvió la pelota. De pibe lo llevaba a mi hijo Juan Pablo,
hoy diputado nacional, a los palcos de la Bombonera. Era diciembre de
1965, Boca y River jugaban un partido que definía el campeonato. De un
lado tenía a don Alberto J. Armando y del otro a Juampi. En eso, Artime
metió un gol de esos imposibles, con taquito y todo. Perdíamos el título.
Se hizo un silencio denso, pero al lado mío mi hijo se desabrochó la camisa
y empezó a gritar desaforadamente el gol de River, mientras mostraba la
banda roja que había ocultado cuidadosamente de su padre fana de Boca.
Armando miraba estupefacto.
Cuántas cosas que tienen que ver con mi historia -y con la del país- se
combinan en la alegría de hoy. Aquí no hay "gris de ausencia" ni "cruel
malón de penas viejas" que describe aquel tango de "La Boca, callejón,
Vuelta de Rocha". Aquí hay "un malón de alegrías nuevas", asociadas a
la infancia de uno y a la historia del país. Como para no festejarlo.
¡Vamos Boca, todavía!
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