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El
rencor es una herida absurda I (Al almirante Rojas )
Cuando recibí la noticia
de la muerte del almirante Rojas, recordé, paradójicamente, a Jorge Luis
Borges. No por su conocida ironía sobre los peronistas, que "no somos
ni buenos ni malos, sólo incorregibles". Sino por aquello de que "morir
es una costumbre que suele tener la gente".
La idea de la muerte siempre trae consigo una actitud de ética cristiana
que lleva a relativizar las humanas pasiones de la existencia. Pero no
cambia a las personas. Sólo permite mirarlas de otra manera. Son la vida
y sus acciones las que las muestran.
El almirante Rojas era el último sobreviviente de una Argentina postrada
por las discordias interiores y las intransigencias más absurdas. Esa
Argentina es una fauna en extinción. Literalmente, el pensamiento político
del almirante Rojas ya era el pasado, aun antes de morir. El último testimonio
de una herida profunda y absurda en la sociedad Argentina, que de tanto
en tanto él solía remover con sus declaraciones hirientes hacia Perón
y el peronismo, a veces con indisimulada fruición.
Su muerte no me produjo dolor. Sólo pena: en algunos discursos fúnebres
y en las exequias aparecieron algunos fantasmas del pasado. No me dejé
entregar a ellos, aunque tenía para exhibir mis heridas. Que han cerrado
y que ya no sangran, que son propias pero también de todo el peronismo:
forman parte del patrimonio cultural de nuestro movimiento y de su rica
mitología de héroes y mártires.
Esa mañana de la noticia no pude evitar el recuerdo de los tiempos de
cárcel de la Revolución Libertadora. Me había condenado un delito que
era mi orgullo más preciado: el de ser peronista. Esos y los que siguieron
fueron los tiempos del decreto 4161, de la profanación del cadáver de
Evita, de los fusilamientos del 9 de junio de 1956, que se llevaron las
vidas del general Juan José Valle y de los coroneles Cogorno a Ibazeta,
junto a los de los civiles muertos en los basurales de José León Suárez
y en la comisaría de Lanús, símbolos máximos todos, ellos de la heroica
resistencia peronista.
Recordé muchas otras cosas. Los tiempos infaustos que vivieron mi esposa
Anita y mis hijos en las colas de la cárcel de Caseros. De las requisas
en las medias y los zapatos de Juan Pablo, y de que Mario Alejandro nació
estando su padre en los calabozos de la dictadura. Tuve a mano la tentación
de ceder a un sentimiento de revancha. Una torpe debilidad de la falible
condición humana.
Miré a mi familia a mi alrededor. Miré a la sociedad Argentina de hoy,
propensa mayoritariamente, a pesar de los avatares complejos de la política,
a sumar antes que a restar, a consensuar antes que a dividir. Cualquier
gesto innoble de revancha hubiera sido una pasión inútil. Un ejercicio
indigno, según los valores que han nutrido mi vida personal y mi carrera
política. No me equivoqué. A veces es mejor comprender que explicar. La
memoria tiene una función social. Es necesaria para la continuidad de
la cultura. Es un mecanismo que accionan las sociedades, tanto en los
momentos de continuidades como en los de fracturas. José Hernández nos
enseñó en Martín Fierro que "saber olvidar también es tener buena memoria".
El rencor no es buen consejero, impide la surgencia de la creatividad,
paraliza la razón, destruye la convivencia, detiene la política.
El almirante Rojas hizo de su antiperonismo visceral una razón para vivir.
Fue en ello tan pertinaz como coherente. Así se despidió de la vida. Confieso
que me hubiera gustado que siguiera el ejemplo de Juan Domingo Perón tras
18 años de exilio. El general volvió para reconciliar a los argentinos.
Fue su despedida y su mejor legado. En sus oídos se llevó a cambio "la
más maravillosa música" y el compromiso militante de sus continuadores
para hacer de su ideario y de su doctrina un campo fértil para nutrir
a la Nación Argentina de propuestas transformadoras. No volvió como "un
león herbívoro", metáfora a la que gustaba acudir con ciertos guiños picarescos:
era un gigantesco "animal político" en la más pura acepción aristotélica,
que nos entregaba entonces -y no lo sabíamos- los últimos alientos de
su formidable genio de estadista adelantado a su tiempo. Ricardo Balbín
y buena parte del radicalismo y la dirigencia política supieron entenderlo
y acompañarlo. Una sociedad no se construye sobre los odios. Se levanta
sobre las bases de un consenso que respeta las diferencias, las identidades
y los naturales desencuentros de la política.
Rojas no supo, no quiso o no pudo decodificar esta clave de aquella época,
aplicable de allí en más a cualquier circunstancia de nuestra azarosa
existencia como Nación: "Para un argentino, no hay nada mejor que otro
argentino".
Su pensamiento fue influyente en un sector de la sociedad argentina de
su tiempo. Lamentablemente, el almirante murió con sus odios intactos,
y había extendido ese sentimiento a una visión restrictiva y degradada
de la democracia. Después de 1955 fue el paradigma más notable de un revanchismo
depredador de la convivencia política.
El peronismo está vivo. Tiene atrás su historia y por delante todo el
futuro. El peronismo siempre está viniendo. No se irá nunca.
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