Un pedazo de Troilo, allá en Palermo

Hace pocos meses, como si se tratara de una operación más del mercado inmobiliario, se puso en venta la casa de la calle Soler 3280 de esta Capital. Su moradora, María Cristina Troilo, sobrina del recordado Aníbal Troilo, no cuenta con los recursos para la mantención del inmueble, por lo que "con dolor", según relatara, decidió desprenderse del mismo.
En esa casa del barrio de Palermo, "Pichuco" dio los primeros pasos de su romance con el bandoneón. Una placa en la fachada da testimonio de ello: "Aquí vivió junto a su madre, doña Felisa, el Bandoneón Mayor de Buenos Aires". En la ciudad de los años '20, mientras el país adquiría sus contornos definitivos, quien sería luego uno de los númenes mayores de la leyenda tanguera, jugaba al fútbol con sus amigos de la cuadra y recibía las primeras lecciones de bandoneón de su maestro Juan Amendolero.
El pibe Aníbal Troilo vivía en esa casa hoy en venta cuando, con apenas 10 años, se presentó en un cine de barrio, como para corroborar aquello que luego narraría en cada reportaje: "Yo creo que empecé a hacer música cuando nací . . . " Casi una verdad absoluta: tenía apenas 16 años cuando compuso "Medianoche", con letra de otro creador de Buenos Aires, don Héctor Gagliardi, el poeta de las pinceladas porteñas y de los sentires comunes.
A los 23 años, Troilo fundó una orquesta que no sólo iba a convertirse en institución fundamental del arte musical porteño, sino que también impulsaría al tango a cumbres de popularidad en las que se mantuvo por varias décadas. El tango, esa genial creación del alma popular rioplatense, le debe a "Pichuco" y a la impronta de su bandoneón, el rumbo de la innovación y la audacia transgresora que antes no habían conseguido transferirle ni los violines, ni el piano, ni la guitarra. El "Gordo Pichuco", con su bandoneón y su inspiración en el pentagrama, escribió uno de los mejores capítulos de la música popular de Buenos Aires, junto a poetas que también forman parte insustituible de nuestra cultura popular, como Homero Manzi y Cátulo Castillo, entre los más notables. De la mágica conjunción entre ellos nacieron "Sur", "Barrio de tango", "A Discepolín", "Che bandoneón", "María", "La última curda", "A Homero" y piezas instrumentales notables como "Responso", "La trampera" y "Milonguero triste", entre otras.
Ya transformado en ese famoso y mítico personaje de Buenos Aires, Troilo contó alguna vez que escuchaba con frecuencia la voz de un chico, el de la carbonería de la esquina de su casa de pibe, que le reclamaba la fidelidad al origen, susurrándole por los pasillos fantasmales de la memoria: "Gordo, quedate aquí". Esa evocación era una metáfora perfecta, una demanda urgente para que el creador no desertara del círculo mágico del barrio, del patio natal, del cantero donde había echado su primera raíz y desde donde se adentraría con los años y la magia de su fueye en el campo de los amores fértiles que ocupan los genuinos ídolos nacionales.
Quienes todavía rendimos tributo al barrio como cuna y a la infancia como patria primera del hombre, nos permitimos cada tanto ese viaje mágico a las calles pioneras de nuestra vida, donde reviven las travesuras del pasado y la pelota de trapo todavía corcovea despareja en la canchita de los recuerdos. Sabemos junto a Lord Acton que la nostalgia es el más noble de todos los dolores humanos.
Algunos porteños sensibles de la zona de Palermo todavía son capaces de evocar aquellos lejanos días en los cuales el Gordo Troilo se sentaba en ese patio a tocar el bandoneón con la puerta abierta, ofreciendo melodías a la gente y amistad al barrio, mientras los vecinos se asomaban para verlo, como quien mira algún personaje de esos alcanzados por el óleo sagrado de los artistas trascendentes.
Troilo murió el 18 de mayo de 1975. Fui uno más en la multitud de consternados porteños que le rindió el homenaje impostergable del último adiós: ese día los cafés de la legendaria Corrientes se quedaron sin sus duendes, el tango se sintió herido y el bandoneón huérfano de toda ternura, solo y mudo, sin la mueca inconfundible de su talento creador. Es seguro que alguna lágrima furtiva habrá escapado de las paredes de la calle Soler. Unas horas antes, en su última actuación en el Teatro Odeón, se había despedido como si supiera que se iba para siempre, al agradecer la ovación del público: "Gracias, Buenos Aires... Aguantáme un cacho más".
Los argentinos a veces desoímos la emoción reivindicativa del sentimiento. Nos empecinamos en dar vueltas con indiferencia, como quien contempla horas ajenas, las páginas del libro de nuestra propia vida. Deberíamos ser más tenaces con nuestros amores y aguantar "un cacho más", como lo pedía el propio Troilo, la erosión del olvido: no ceder ante la frívola irresponsabilidad de quienes deploran la riqueza simple de las más fieles pasiones populares.
No sólo la casa de "Pichuco" está en venta. Asumamos que en esto también se nos va buena parte de nuestra identidad y de nuestras raíces, a menudo sometidas a las exigencias del cosmopolitismo, con frecuencia dominadas por el pragmatismo de los "precios" y alejadas de la verdad fundante de los "valores": esas paredes de la casa del barrio de Palermo tienen mucho de nosotros mismos, de nuestras biografías personales y de nuestra historia colectiva.
No se nos escapa que la memoria de los pueblos es indispensable para la continuidad de la cultura. De allí que un músico y creador de las nuevas generaciones, como Fito Páez, en el fondo un heredero del talento del "Gordo Troilo", haya sido uno de los primeros en movilizarse y llamar a una solidaria organización para promover la conservación del solar donde creciera "Pichuco".
La casa de la calle Soler es, por todo eso, mucho más que una unidad para el mercado inmobiliario. Es un territorio de nuestras mejores pertenencias: un corazón que bombea la sangre de la memoria porteña. Como si hubiera sabido lo que a la vuelta de los años ocurriría con ese pedazo de su infancia, el querido "Pichuco" le puso música a una poesía de Cátulo Castillo que hoy es nuestro mejor fundamento para la inquietud que nos anima: "Patio mío / donde mamá me cebaba / y el tango manso trenzaba / cada noche un desafío / Patio mío / de la ropita colgada / de la barra que silbaba / y el sabalaje bravío / Patio mío / borracho de caña fuerte / yo sé que un día lo irás / Pero venciendo a la suerte / lo iré a buscar a la muerte / para no dejarte más... Malevo, que en la esquina malherido / desangra entre ladrillos un malvón / para salvarte, patio, del olvido / lo reza su responso un bandoneón."