Boca no se cotiza en la Bolsa

A todos los hinchas de Boca nos duele que Dieguito Latorre medite su futuro en términos solamente económicos, pero su caso, sin la pretensión ni el derecho de constituirnos en jueces de su decisión, nos actualiza algunas preguntas pendientes. ¿Qué es lo que está pasando, que fuerzas ocultas acechan hasta la distorsión a las esencias lúdicas del fútbol, ese juego formidable que peló las rodillas de varias generaciones en los picados épicos de los barrios pobres? ¿Por qué cada vez más esa pasión que gobernó la infancia de millones de argentinos y es parte insustituible de la cultura popular, se va transformando en una cuestión de mercado, antes que de sentimientos, y de precios antes que de valores?
Sospechamos la respuesta: la organización profesional, el marketing deportivo y el gerenciamiento empresario de una actividad que moviliza millones de dólares, demandan una dosis de previsibilidad y racionalidad económicas.
Pero ocurre que, peligrosamente, estas variables están asfixiando a las antiguas nostalgias del fútbol mítico, que hoy por eso mismo parecen piezas de museo: los afectos a historias que da el sentido de pertenencia a un club; el valor simbólico de las camisetas y los amores que en ellas sobreviven, a pesar de que, en muchos casos, nuevos diseños y letreros de sponsors han transformado hasta sus formas originales. ¿Estas querencias son sólo antiguallas pertenecientes al basurero de la historia o son una huella necesaria de la memoria y una seña de identidad con las que se transita mejor la vida?
Algunas de estas preguntas le fueron formuladas en 1993, por escrito, al señor Julio Grondona, presidente de la AFA, por el bloque de senadores justicialistas en ocasión de votar el Congreso una redistribución de los fondos del PRODE, y de solicitarle estímulo económico a los clubes de barrio y una campaña de difusión de sus valores y filosofía. Todavía esperamos respuesta.

Un virus antisentimental
Una suerte de virus antisentimental, que descalifica los afectos, ternuras y pertenencias intransferibles de las personas, es la tónica de fin de siglo, en el fútbol y en la vida. El médico humanista Enrique Rojas, catedrático de psiquiatría en Madrid, ha definido al sujeto de la posmodernidad como un "hombre light": en él predominan el pensamiento débil, la memoria ligera, las convicciones sin firmeza, la asepsia en sus compromisos. Su ideología es el pragmatismo y su norma de conducta la vigencia social. Definitivamente, un hombre así no dejará huella.
Américo Tesorieri, una gloria de Boca y del fútbol argentino de las primeras décadas del siglo, terminó sus días en una modesta casa del barrio de Quinquela Martín, cerca de las sudestadas rebeldes y de la geografía de chapa de la ribera, escribiendo poesías. En una de ellas le imploraba a Dios recuperar "por unas horas la perdida juventud".. . ¡para atajar de nuevo en el arco de Boca!
Vista hoy, la anécdota sugiere debilidades de viejo y nostalgias inadmisibles para las decisiones prácticas que demanda el fútbol posmoderno. El escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti tiene una respuesta mejor: "Los sentimientos son incómodos; no caben en la computadora, no pagan impuestos, no convocan a multitudes y ya ni siquiera hacen goles".

"Los colores no se venden"
Medio siglo atrás, el juglar de los desencantos argentinos, Enrique Santos Discépolo, gritaba las verdades de su fanatismo sano, idealista y desinteresado, en la película "El hincha": "Los colores del Vitoria Fobal Clú no se venden", decía anticipándose a los tiempos de la ola mercantilista. Fue una postal reivindicatoria del corazón de los hinchas argentinos. Hoy, ellos siguen estando con su anónima presencia y sobreviven a las decisiones del mercado: muchos de ellos ("la mitad más uno", según slogan jamás refutado) son de Boca y se preguntan -nos preguntamos, aunque sabemos los motivos- por qué Latorre no vuelve al club.
Vivimos la era del avance y la intromisión de lo privado por sobre lo público; del retroceso de las utopías movilizadoras y de los grandes sueños colectivos. Entre otras, estas cuestiones explican, de alguna manera, la elección de Latorre. No fue él, sino las circunstancias, para decirlo en clave orteguiana, las que seguramente lo llevaron a quedarse en Tenerife alternando la primera y el banco, antes que venir a ofrecer su corazón al N° 12 en las tardes gloriosas de la Bombonera.
Ocurre que algunos jóvenes de hoy, y no nos referimos en particular a Latorre, han desertado de los imposibles y le escapan a las incertidumbres de los sueños por realizar. Pero no seamos injustos. No ha sido sólo por ellos: también ha sido por nosotros, los adultos, que no los hemos educado para el heroísmo cotidiano, sino para la aventura canibalesca del "sálvese quien pueda" o para el escepticismo pragmático del "a mí me conviene".
En su delicioso opúsculo La otra voz, poesía y fin de siglo, el mexicano Octavio Paz -sin tener ni siquiera idea de quien es Diego Latorre- escribió que "hoy las artes (agregado del autor de esta nota: el fútbol lo es) y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente, sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dirán que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama a la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores".
Se me ocurre un buen mensaje. Volvé Dieguito, lo estamos esperando: es así nomás, hay cosas que no tienen precio.