Estamos en deuda con Gardel

Algunas crónicas aún no refutadas aseguran que el 24 de junio de 1935 murió Carlos Gardel. El sábado se van a cumplir sesenta años desde que en Medellín aquel avión del destino le pidió pista a la leyenda. Es cierto que los argentinos no necesitamos rescatar a Gardel del olvido, pero estamos obligados, en cambio, a darle una prueba más de nuestros amores, un testimonio de la tenacidad de nuestros afectos: le debemos y nos debemos un monumento a su memoria.
En otras ciudades del mundo él luce en bustos y esculturas en plena calle, como un "dios criollo", una suerte de mítico héroe universal, con su sonrisa congelada para todos los tiempos. Está en Toulouse, en Medellín, en Caracas, en San José de Costa Rica, en Lima, en San Juan de Puerto Rico, en México D.F., en San Pablo, en Montevideo, en Santo Domingo y en Santiago de Chile, por ejemplo.
Pero en Buenos Aires, su tierra querida, la reina del Plata, sólo le hemos permitido a su estatua refugio en el cementerio de la Chacarita, como si sólo le reserváramos el escenario de la muerte trágica. Ya es hora de decirle que necesitamos honrarlo en la vida de todos los días.
Resulta curiosa esta omisión Argentina. El es más leal que nosotros: nos sigue a todas partes. Nos sonríe desde los filetes de los camiones, desde los tableros de los taxis, desde los espejitos de los colectiveros apurados. Es como si cada uno de nosotros le rindiera una especie de tributo individual, un reconocimiento íntimo, un código hermético del que no participa nadie más que él y cada uno de nosotros. Somos cómplices con él: apenas un sentimiento furtivo, una forma de amor egoísta.
Nos refugiamos en su nobleza, porque sabemos que, cada vez que la pena se nos mete en el alma, cada vez que el corazón flaquea en el oficio de vivir, cada vez que lo necesitamos, él siempre está, sin pedirnos nada a cambio, para hacernos más llevaderos nuestros días. Y para renovarnos ese mandato cultural de fuerza imperativa que nos lleva a la búsqueda de la felicidad nueva o de los sueños perdidos, detrás de esa metáfora cotidiana que, de alguna manera, a todos nos convoca: "ser Gardel"
Y él, con lealtad a prueba de equívocos y de conductas sinuosas, nos acompaña sin condiciones: nos sigue cantando con una fidelidad que nos conmueve, tanto desde los discos de pasta de los coleccionistas de la nostalgia, como desde la moderna tecnología del compact. Bendito sea el láser. Nos permitió confirmar en el crepúsculo del siglo que la profecía de la picaresca porteña era, por fin, definitivamente cierta: "cada día canta mejor".

Leyes olvidadas
Ya otras veces hemos intentado reconocerlo en un monumento, pero ni siquiera fuimos capaces de cumplir con las leyes que lo ordenaban. Ahora el Senado ha hecho propia la propuesta de la Comisión Pro Monumento a Carlos Gardel -integrada por un grupo de notables y estudiosos y por instituciones dedicadas a la difusión del tango-, para ubicar ese monumento en avenida del Libertador y Tagle, allí donde estaba el histórico "Armenonville", el cabaret en el que Gardel hizo su debut como cantor junto a José Razzano, el 1° de enero de 1914.
Esa propuesta, que tuve el honor de impulsar junto a los senadores porteños Eduardo Vaca y Fernando de la Rúa, tiene ya media sanción y pronto Diputados la transformará en ley. También desde el Senado queremos apoyar la iniciativa de la Comisión Pro Monumento para llevar a cabo una gran suscripción popular de fondos que financien la obra. A la memoria de Gardel no debemos subsidiarla con dineros públicos, sino con el corazón y el alma de cada uno de nosotros. Aquellos que estén en condiciones de aportar, pueden hacerlo aunque sólo sea con un simbólico peso.
Es cierto que hay un Gardel a la medida de cada argentino. El criollito con vestimenta de gaucho, el porteño de funyi y pañuelo al cuello, pero también el del frac pituco que sedujo a las luces de Broadway y puso a Europa a sus pies: morocho y argentino, rey de París. Con el monumento en las calles de Buenos Aires tal vez nos aproximemos al Gardel de todos y de cada uno, ese que llevamos a cuestas, lo sepamos o no. El Gardel de porteños y provincianos, el de rockeros y tangueros, el de hombres y mujeres, esas deliciosas criaturas perfumadas, criollitas de su pueblo, pebetas de su barrio.
Los legisladores haremos la ley. Pero entre todos los argentinos deberemos hacerle por fin el monumento. Se lo debemos, porque es una deuda con nosotros mismos. Todos somos un poco Gardel, desde que con el poeta Humberto Constantini aprendimos aquello de que "a Gardel lo inventamos en una tarde de domingo con mate, con recuerdos, con tristeza, con bailables bajitos, en la radio, después del partido. Y nos salió morocho, glorioso, engominado, eterno como un dios o como un disco; se entreabrieron los cielos de costado y su voz nos cantaba: Mi Buenos Aires querido..."