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La
música más maravillosa
Un día de hace más
de medio siglo, mientras los dos hacíamos militancia social en la parroquia
Corazón de María, en el barrio de Constitución, le dije: "Preparate Ana,
porque con vos voy a tener quince hijos". Era la segunda vez que salíamos
y desde allí seguimos juntos por la vida.
Empezamos con un error de cálculo: los hijos fueron diez, pero subsanamos
aquella cuenta exagerada con treinta nietos. Toda una vida con ella, muchas
vidas alrededor de ella. No lo digo ahora que no está. Se lo pude agradecer
a ella en la confesión serena de esos amores que sobreviven a la erosión
del tiempo y a la ingratitud del olvido: no habría podido haber mi carrera
política si Anita no hubiera estado a mi lado. En ella va también el reconocimiento
a otras mujeres de temple y coraje que han apuntalado desde el ejemplo
de una vida austera y callada, el sentido profundo de la familia y, con
ello, los progresos morales de nuestra sociedad.
Por eso el homenaje y reconocimiento que tanto el Concejo Deliberante
de La Plata, como la Comisión Permanente de Homenaje a Ana Goitía, y las
fuerzas vivas de la ciudad en donde ella recuperó la llamita de su vocación
social, no están limitados al orgullo de nuestra familia: les pertenecen
a todas las mujeres con vocación de servicio, preocupadas por los destinos
del prójimo y el mejor rumbo de la sociedad.
La escultura del artista Ricardo Dalla Lasta, que descubriremos el próximo
domingo en testimonio de su paso por la vida, está entonces destinada
a Anita y a todas las Anitas que han hecho posible, aun en tiempos impregnados
por un machismo que hoy huele a naftalina, que los hombres abrazáramos
la vocación pública y aceptáramos el desafío de la política, allá cuando
el siglo promediaba.
Los hombres de mi generación, politicos o no, sabemos que las manos de
una mujer -como las de la obra de Dalla Lasta, como las que en todo momento
supo darme Anita- siempre nos han llevado en medio de las tinieblas, desafiando
los miedos, y explorando, con intuición salvajemente reveladora, una realidad
que; eilas siempre han percibido mejor que nosotros.
Hoy que la memoria me trae permanentes ráfagas de toda una vida a su lado,
debo confesar que nunca le escuché una queja o un reproche. Siempre acompañó
desde atrás, con la modestia inteligente de los segundos planos, alejada
de las marquesinas fáciles y de las ostentaciones triviales. Pero todos
los Cafiero sabíamos que la teníamos por delante como escudo y bandera
de nuestros anhelos y de nuestras causas.
Me siguió adonde fuera, con una lealtad a prueba de los cataclismos de
la política y de los desarraigos cotidianos que los políticos imponemos
a quienes más amamos: al calabozo de las dictaduras, a las misiones en
el extranjero o a los despachos oficiales, con las comodidades y el confort
del poder al alcance de su mano, aunque ella prefería la espontaneidad
del trato con la gente, por sobre las formalidades del protocolo. No fue
nunca la señora del diputado, del gobernador, del embajador o del senador.
Fue más que eso y todo eso a la vez: Anita, simplemente Anita.
Y cuando llegamos a la ciudad de La Plata para cumplir con el mandato
popular, definitivamente me sorprendió. A su natural sensibilidad social
le sumó una energía creativa, un enorme potencial de trabajo que la hizo
recorrer toda la provincia detrás de quien lo necesitara, porque sabía
de memoria aquello de "donde hay una necesidad, hay un derecho". Eso fue
su vida: dar y darse a los demás y por los demás.
Con ella también aprendí para siempre que es muy difícil hacer política
si no se siente el respaldo tenaz, solidario y generoso de la mujer que
uno tiene a su lado y de la familia que uno ha fundado.
Si fuera cierto que no hacemos más que aprender y olvidar, si damos por
válido que es propio de nuestra falible condición humana perder constantemente
nuestro pasado y tener que luchar para recuperarlo, allí estarán siempre
las manos entrelazadas de la obra que descubriremos en recuerdo de Anita,
pero también para reivindicar, rendir homenaje, brindar testimonio y expresar
nuestro agradecimiento a las mujeres que en la jungla de la política son
capaces de brindar una mirada de amor y generoso sentimiento altruista.
Gracias a ellas se humaniza una actividad con frecuencia pisoteada por
los códigos duros y no siempre éticos del poder.
Que la evocación de nuestra Anita, y de todas las Anitas, sirva como modesta
contribución, casi como una convocatoria silenciosa para reinventar la
convivencia de los hombres 407 y mujeres de este tiempo, en la política
y fuera de ella. Que sirva, en definitiva, para un profundo cambio en
nuestros corazones.
Una vida entera ha pasado desde que le dije que se preparara para tener
quince hijos. Un año ha pasado desde aquella mañana de marzo, cuando el
verano se escapaba de Buenos Aires y ella se despedía serena de este mundo,
conmigo a su lado, tomados de la mano: mientras las manos de un hombre
y una mujer se entrelacen, siempre será posible reanudar la historia humana,
más allá de toda ausencia física.
Un silencio definitivo nos rodeaba. Ahí fue cuando descubrí el misterio
de la vida y comprendí todo en un instante y en una sola frase. "Tony
lo quiero", alcanzó a decirme con el último soplo de vida que le quedaba:
la música más maravillosa que haya escuchado jamás. (Publicado en el diario
Hoy, La Plata, 18 de marzo de 1995) #0066CC
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