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El orgullo de ser
peronista
Por Antonio Cafiero
Con la finalización de la década presidencial
de Carlos Menem, el justicialismo podrá sentirse satisfecho. Habrá sido
capaz do atravesar exitosamente uno de los periodos más, complicados de
este siglo, maravilloso y desconcertante a la vez.
No es una posición triunfalista: es el reconocimiento al talento de nuestro
movimiento cabe de dar respuestas rápidas a los cambios urgentes que sé
sucedieron vertiginosamente, y esa ha sido siempre una característica,
que nos distinguió de nuestros adversarios. Quisimos hacer, supimos pacer,
y pudimos hacer cada vez que el pueblo nos otorgó la responsabilidad de
conducir los destinos de la Nación.
Las
dos revoluciones
En la perspectiva de este medio siglo,
hemos Ilevado adelante dos procesos revolucionarios, aunque, también creo,
para completarlos, nos restaría el que deberíamos encarar en los primeros
años del milenio que sé inicia. Fue revolucionario aquel cambio de los
años `40 y `50, conducido por nuestro fundador, Juan Perón. Revolucionarias
fueron las importantes transformaciones de las estructuras institucionales,
política, sociales y económicas que bajo la conducción del presidente
Menem Ilevó adelante el justicialismo, también legitimadas por la mayoría
popular que nos acompañó durante estos diez anos.
Por lo acertado de la gestión justicialista hoy existe una generación
que vivió bajo la estabilidad política y económica. Sin levantamientos
militares, sin hiperinflaciones, con la plena vigencia de las instituciones.
En la Argentina existe una nueva impronta cultural que crea las condiciones
propias para satisfacer las asignaturas pendientes que nos deja este período
de diez años.
Por eso, si bien decíamos al principio que en le balance general podemos
sentirnos orgullosos de lo que hemos sido capaces de hacer, justo es reconocer
también todo lo que nos falta realizar. Porque este cambio implicó altos
costos sociaIes y exclusiones muy importantes urge restaurar, si es que
el justicialisimo no quiere dejar inconclusa su obra.
Como vengo diciendo hacer tiempo, estoy seguro de que si el peronismo
arriase sus banderas fundacionales y su Tercera posición histórica esa
que como gran novedad levantan algunos líderes de Europa, con el nombre
de "tercera vía", si se olvidara de luchar por la suerte social de los
menos favorecidos, - los "perdedores" como se dice ahora -, dejara de
ser la fuerza política predominante que ha sido durante esta segunda mitad
del siglo XX.
Los
cambios que faltan
Creo que en el futuro, los que más
se beneficiaron con los cambios deberían discernir que si grandes sectores
do la población convalidaron el esfuerzo, si esa aceptación fue decisiva
para que el proceso sé desenvolviese en un marco absolutamente democrático:
seria sabio y prudente reconocer la necesidad de otro ciclo.
Con otras urgencias y preocupaciones: la lucha contra el desempleo, los
bajos salarios, la seguridad, la salud, la insistencia en la educación
como la herramienta estratégica para la justicia social, la calidad institucional,
la erradicación de la corrupción, y el fortalecimiento de organizaciones
sociales y políticas intermedias que sirvan en la reconciliación de los
lazos sociales que se han quebrado.
Todo un programa que encaja perfectamente con esa vocación de poder que
el justicialismo presentó en dos oportunidades durante este siglo y que
conociéndolo desde su misino nacimiento, sé que tiene la masa critica
y la experiencia necesaria como para volver a ser el protagonista principal
de este nuevo ciclo que nos espera.
Para los tiempos que vienen el justicialismo debe revitalizar su alianza
social que, como cada vez que triunfamos electoralmente, supo trascender
las bases propias de sustentación incorporando sectores de intereses diversos
y hasta cierto punto contradictorios. En esta misma dirección hay que
reconstruir los sistemas de representación política y social.
Se percibe que la oposición tiene gran dificultad para proponer proyectos,
instalar temas, ampliar la base de su predicamento más allá de la critica.
Y es lógico por varias razones. En principio porque la Alianza que han
fraguado tiene una finalidad meramente electoral pero le falta el ethos
y el pathos para plantearse como una genuina alternativa de poder. Saben,
además, que todavía hay memoria del fracaso en el gobierno de un sector
importante que la integra. Sumándole a que la otra parte no tiene experiencia
de gestión ni liderazgos capaces de conducir estos procesos que todavía
no han disminuido su velocidad de cambio y que demanda respuestas rápidas
y no meramente "discursivas".
Para finalizar retomaría mi insistencia sobre la "lucha por la idea" para
los tiempos que vienen en los que una vez pasa da la elevada temperatura
electoral se deberá ingresar en el tiempo del gobierno responsable. En
ese marco es donde la lucha por la idea no es un planteo puramente intelectual.
Esto no solamente significara devolverle al peronismo el estilo inconfundible
de su mística política, sus utopías movilizadoras, el sentido fraterno
y misional de su predica social. Pero como lo he sostenido muchas veces,
mas allá de los que nos toca a nosotros como justicialistas, la lucha
por la idea será la contribución para exaltar la convergencia y el debate
inteligente y democrático del tiempo por venir que debería estar más signado
por las coaliciones que por las colisiones.
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