Estasmos ante la oportunidad de comprobar nuestra madurez.
No hay riesgo de un recambio traumático

Los argentinos queremos, y yo así lo imagino, una transición moderada y sensata de un gobierno a otro después de las elecciones presidenciales de octubre próximo. Tendremos entonces la oportunidad de comprobar el crecimiento de nuestra madurez política durante estos últimos quince años.
Los marcos dentro de los cuales se llevara adelante la continuidad institucional, luego de diez años de estabilidad política y económica, son absolutamente nuevos en nuestra historia contemporánea. Mejores, sin duda, de los que diez años atrás afrontó Carlos Menem al inaugurar su Presidencia. En consecuencia, como resultado de la acción del gobierno justicialista, la representación colectiva, el modo en que la mayoría de los argentinos pensamos y deseamos la transición, no se abren posibilidades objetivas de saltos rupturistas, traumáticos o que nos retrotraigan a la inestabilidad.
Esto, naturalmente, no significa que no sean necesarios cambios que apunten a la instalación de ciertos equilibrios sociales, sobre todo en la acción urgente contra el desempleo. Pero estos cambios podrán ser encarados eficazmente entre otras razones por las transformaciones económicas que llevó a cabo nuestro gobierno, con apoyo palmario de las mayorías durante todos estos años.
Esta es justamente la ventaja que nos diferencia de nuestros adversarios y que podemos ofrecer a los argentinos: clara visión de lo que hay que hacer y eficacia en la acción de gobernar. Un valor que será evaluado por la sociedad en octubre próximo y que consagrará la continuidad del peronismo para la etapa que viene. El justicialismo configuró nuevas pautas de gobernabilidad y la oposición debe asumir un actitud leal para hacer posible una transición tranquila.
Obviamente que la campaña electoral llevará al incremento de los decibeles y de la pirotecnia discursiva. Es un signo de vitalidad. Pero los argentinos hemos adquirido cierta sabiduría sobre lo que puede o no hacerse, y podemos exigir un comportamiento más racional de todos los actores políticos.
Tenemos un país perfectamente adaptado a los grandes cambios y tendencias mundiales que signaron este fin de siglo. Se ha aceptado el valor social que entraña la estabilidad monetaria, el equilibrio de las cuentas publicas, y la apertura económica, en especial, hacia los bloques regionales que integramos. El desafío que se abre ahora es edificar sobre estos cimientos una mayor calidad institucional, y renovar criterios que apunten a la solidaridad social y a la vigencia irrestricta de patrones de ética publica y privada. En suma, hacer posible la sociedad buena.