La casa del General

En cumplimiento de un mandato que me impuse en mi visita anterior a esta ciudad, hoy inauguramos el Museo y Biblioteca Teniente General Juan Domingo Perón.
Lo hacemos en la ciudad natal de este ilustre bonaerense que, transitando por otros caminos de la patria, llegó a ser tres veces presidente de los argentinos elegido por el voto popular. Pero tal vez ésta no es la característica principal de este personaje histórico que hoy recordamos, ya que él incorporó a la vida Argentina un valor que hoy tiene la aceptación casi universal, pero que en aquellas épocas fue objeto de ardorosos debates y fuertes confrontaciones: la justicia social.
Pero además Perón fue el artífice de este valor enorme que es la unión nacional, que él trajo como idea fundamental para este tiempo argentino, y que aún la tenemos que madurar, construir, y llevar a la categoría de valor indiscutido.
Quiero agradecer en primer lugar a la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires y a la Dirección de Museos por la diligente tarea que han cumplido, y sobre todo al subsecretario de Cultura por la eficaz labor que ha desarrollado para que hoy podamos reabrir este museo. Quiero agradecer al señor intendente de Lobos su cooperación absoluta y cabal, para que este objetivo fuera cumplido en tiempo y forma, y a la comunidad de Lobos el apoyo prestado a esta iniciativa.
Le quiero pedir a esta distinguidísima amiga y ex presidenta María Estela Martínez de Perón, que sé que guarda en su propiedad numerosos objetos y bienes que fueron del General, que le dé alguna ayudita al museo, para que pueda ser un templo donde aprendamos a conocer la vida de este gran líder de los argentinos.
Yo por mi parte estoy dispuesto a hacer mi contribución, aunque por ahora no la voy a concretar, porque entre los objetos más preciados que tengo de mi vida política se encuentra la bandera de guerra que cubrió el féretro del general Perón durante su velatorio. Voy a seguir siendo un poco egoísta porque la tendré entre mis pertenencias más deseadas, pero cuando llegue el momento también haré use de esta reliquia histórica en beneficio de este Museo de Lobos.
La señora hija del doctor Ricardo Balbín sí ha hecho una contribución al museo, al entregarnos la copia fotográfica de una carta que el general Perón le envió al doctor Balbín en setiembre de 1973.
Hoy es -como digo- un día de evocación y nostalgia, pero Perón no es un museo; al museo van las reliquias históricas, y Perón vive, tan vivo como cuando transitaba los caminos de la patria.
Porque vive a través de su doctrina, a través de ese recuerdo y ese agradecimiento que los argentinos, por lo menos la gran mayoría, tiene de su figura histórica.
Vive en el cariño de su pueblo, y sustancialmente vive porque todavía tenemos que seguir luchando, para que el camino que él abrió en la Argentina llegue a su conclusión final.
Perón nos dejó en nuestras manos el testamento de su revolución, de su proyecto histórico y no vamos a renunciar a él; obcecadamente, tozudamente, vamos a seguirlo con las banderas que él nos dejó y no porque con esto busquemos encender los ánimos de la discordia o los sectarismos partidarios, sino porque sabemos que detrás de esas banderas se cobija el único destino que podemos recorrer los argentinos, que es el camino de la unión nacional.
El luchó por tres cosas: luchó por la dignidad humana, por la independencia y la soberanía de su patria y para que se respete la voluntad política de su pueblo. Mientras estas cosas no tengan definitiva consagración en la vida actual y futura de los argentinos, habrá campo de lucha para todos aquellos que, sin ser peronistas, entiendan la esencia de nuestro mensaje.
Perón nació aquí, y de aquí fue a la Patagonia; de la Patagonia a Buenos Aires, y de Buenos Aires surgió al conocimiento público, a la lucha. Jefe de mil batallas ganadas, no lo arredró el exilio, el destierro, el odio de sus enemigos, la lejanía de la patria, ni nada de aquello que a veces hace ablandar el corazón, el espíritu y el temple de los hombres.
Fue un luchador con toda la significación del término, pero no de esos que aparecen en un momento dado y luego son conducidos por circunstancias que ellos no alcanzan a gobernar. La gran singularidad de Perón es que al mismo tiempo fue un caudillo y un pensador, un político realista y un creador visionario.
Reunía dentro de sí aspectos muy difíciles de conjugar singularmente en una persona determinada. Eso explica el porqué del amor, el cariño y el recuerdo que la multitud de los argentinos le sigue ofreciendo.
Tal vez la gran mayoría de los que están acá no lo conocieron, no tuvieron el privilegio que tuve en una edad muy temprana de mi vida: el privilegio que tuvo la compañera Isabel en los momentos más difíciles, cuando había quedado solo e inerme ante sus enemigos. Pero yo quiero contarles quién era Perón.
Quiero decirles que era portador de un físico realmente privilegiado, vigoroso, apuesto, pulcro, encantador, que tenía siempre un aire cordial y amistoso en sus expresiones, que era en alguna medida formal y cortés en demasía y sabía atraer instintivamente a su interlocutor. Todos conocemos la historia de aquellos que llegaban llenos de duras inquinas y rencores a verlo y salían convencidos con la palabra, con el gesto y la humanidad de este hombre que sabía captar y atraer de una manera inigualada no sólo a los que lo seguíamos, sino a aquellos que desconfiaban o lo combatían.
Cuando le preguntábamos alguna vez a Perón cuál era su verdadera vocación, decía: "La mía, la del maestro". Tenía una vocación por enseñar, por divulgar, por hacer conocer; tan es así que en la Escuela Militar fue uno de los más distinguidos profesores de historia militar y luego fue en su condición política no simplemente un orador de barricada, sino un maestro. El decía: "La política es persuadir y no mandar, y para persuadir se necesita enseñar".
Y éste era el hombre, el Juan Perón que todos conocimos, el que nunca defraudó a su pueblo, el que nunca entregó el tesoro de su doctrina. El sabía distinguir lo táctico y lo estratégico, lo accidental de lo permanente, lo coyuntural de lo estructural, pero no extraviaba el rumbo final. El sabía donde ir a veces tomaba un atajo, desconcertaba a sus adversarios, pero la estrella que lo guiaba era siempre una: la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, y de eso no se bajó nunca.
Hoy recordamos al General. Venimos a su casa natal a decirle: General, aquí estamos sus hombres y mujeres, sus chicos y también sus viejos; los que le conocimos, los que estuvimos en la Plaza de Mayo el 17 de octubre del '45, los que junto a usted sufrimos las persecuciones, los exilios y las cárceles. No están, lamentablemente, los que dieron su vida por esta causa.
Pero yo sé que usted se puede sentir satisfecho, General. Hay una leyenda que dice que los hombres que son extremadamente amados por su pueblo nunca mueren, y que hay momentos en que ellos se comunican con su pueblo. Yo sé que usted hoy podrá decir, cuando nos ve acá reunidos, detrás de sus banderas, cuando ve a estos chicos que nos acompañan y cuando sabe que todos juntos hemos llevado por cuarta vez un presidente peronista a la Casa de Gobierno, que todavía lleva en sus oídos esa música maravillosa que es la palabra del pueblo argentino.