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El
nuevo consenso Argentino
Señor presidente:
agradezco al señor convencional Auyero, mi antiguo y querido amigo, que
me permita él use de la palabra. Es un hecho grato para mí: con él transité
épocas muy significativas de la vida política Argentina y con él estamos
debatiendo la nueva Constitución de los argentinos. Lo que ocurre es que
no quiero dejar pasar por alto algunas expresiones que no se ajustan,
creo yo, de una manera educada a la vida política que he vivido. Soy un
veterano de la política Argentina, pero no por eso dejo de tener sueños
de juventud. Creo que el sueño, la utopía, esas convicciones que siempre
nos llevan a tratar de superar la frontera de lo posible, son la condición
básica del político. Si no estuviéramos acá convencidos de que tenemos
capacidad para transformar la sociedad, sería mejor que nunca hubiésemos
abrazado esta vocación que al decir de algún Papa... (aplausos) es, después
de la vocación religiosa, la más noble de todas. Yo sé que esto lo comparten
muchos de quienes se sientan a nuestra derecha y a nuestra izquierda.
El justicialismo es tan amplio que también reconoce como hijos dilectos
a quienes temporalmente se han alejado de nuestras filas. (Aplausos.)
Los sueños juveniles forman parte de nuestras convicciones. El día que
nos amputemos, habremos dejado de ser lo que hemos querido siempre ser
y habremos perdido definitivamente la identidad que seguimos abrazando
desde hace cincuenta años. Señor presidente, el consenso no es una cuestión
aritmética. Me extraña que Carlos Auyero, un hombre de gran talerito,
un humanista por definición, nos diga que el consenso es una cuestión
reducible a porcentajes. El consenso es una forma de hacer política, es
un estilo, es una condición cualitativa de la política y no una condición
meramente cuantitativa. He vivido diferentes etapas de la vida política
nacional. Me ha tocado protagonizar ?como se dijo acá? el duro período
de los conflictos exacerbados. ¿Quién va a negar que los peronistas asumimos
el conflicto en toda su dimensión cuando nacimos a la vida política? Por
eso no puedo menos que recordar un episodio que hace a la historia reciente
y alumbra de alguna manera las deliberaciones de esta Convención. Fue
allá, en noviembre de 1972, cuando se comenzó a hablar de la entrevista
entre Balbín y Perón. Al enterarse de que Balbín quería ir a su casa de
Gaspar Campos a visitarlo, Perón se preguntó extrañado: "¿No será un error?
No puedo creer que Balbín se anime a visitarme". Y Balbín, recordando
después ese episodio de anticipada armonía política, dijo lo siguiente:
"Qué cosa curiosa. Fue como dejar atrás todo lo de ayer y empezar un camino
nuevo. Así que todo resultó fluido, fácil, cordial. Perón mencionaba como
un ejemplo el Acuerdo de San Nicolás, es decir una Constitución de unión
nacional. Entendía él que la Nación necesitaba una Constitución no conflictiva.
Las constituciones revolucionarias, conflictivas, son siempre gérmenes
revolucionarios en los pueblos; al año, a los dos años o a los diez años,
pero siempre sirven de pretexto para la revolución". Cito textualmente
al entonces líder radical.
El
ejemplo de Balbín
Cuando Balbín saltó el cerco de la casa de Perón, fue como si cayera
entre nosotros el Muro de Berlín de nuestras intransigencias más absurdas.
Supimos superar treinta años de confrontaciones y disputas, estériles
muchas de ellas, por las que se filtró la posibilidad de los golpes militares.
Si la madurez que ahora reflejamos en esta convención reformadora la hubiésemos
esgrimido a lo largo de toda la vida institucional de la República, no
hubiéramos sufrido las dictaduras, todavía tendríamos con vida a esos
treinta mil muchachos desaparecidos y nos hubiéramos ahorrado nuestras
cárceles, nuestras heridas, nuestros exilios y nuestras proscripciones.
Por eso el consenso no se mide ni se compra: es un estilo de política.
(Aplausos.) No se puede establecer en un frío porcentaje. El consenso
básico es lo que nos une a todos; a estas dieciocho manifestaciones de
la política Argentina aquí presentes. No excluyo a nadie del consenso.
Tarde o temprano, tendremos que abarcar inclusive a las más renuentes
y condenadas por su pasado, porque todas son expresiones válidas de la
política nacional. Lo único que acá no tiene consenso es el autoritarismo
y la dictadura. Fuera de esto, todos somos argentinos encolumnados en
un mismo propósito: transformar la realidad, avanzar hacia el progreso
humano y darnos una Constitución que refleje las grandes tendencias de
la humanidad del siglo XXI. Pero quiero retomar la trascendente oratoria
de Ricardo Balbín ante la tumba de Juan Domingo Perón: "No sería leal.
. . ?repito estos conceptos como si fueran míos? . . . si no dijese también
que vengo en nombre de nuestras viejas luchas, que por haber sido claras,
sinceras y evidentes, permitieron en estos tiempos la comprensión final".
Fíjense qué profundidad, qué sabiduría, brota de este líder radical. "Y
ahí nace una relación nueva, inesperada, pero para mí fundamental, que
nos hizo comprender, a él en su lucha... ?decía Balbín frente al féretro
de Perón? . . . y a nosotros en la nuestra, que a través del tiempo y
de las distancias andados se van conjugando los verbos de la comprensión
de los argentinos. El viejo adversario despide a un amigo. Y ahora, frente
a los compromisos que deben contraerse para el futuro le digo, señora
presidente de la República: los partidos políticos estarán a su lado en
nombre de su esposo muerto, para servir a la permanencia de las instituciones".
¡Cuánta verdad, cuánta grandeza! Señor presidente, es allí cuando nace
a la luz del día el consenso entre los argentinos y la reconciliación
entre las dos grandes fuerzas políticas. Tenemos nuestras identidades
a las que no vamos a renunciar: yo seguiré siendo peronista hasta que
se acaben los tiempos y espero que los radicales sigan siéndolo con la
consecuencia que su tradición enseña. (Aplausos.) Pero sepamos que de
nuestra confrontación recíproca se han alimentado los peores males que
vivió la república. Tengamos memoria de lo que esos líderes comenzaron
a forjar hace veinte años y que ahora se quiere desacreditar, bajo interesadas
menciones a la presunta naturaleza espuria de este acuerdo.
No
es un pacto entre autócratas
Durante estos días escuché con indignación reprimida de qué manera
aquel sueño de tener una Constitución capaz de albergar la matriz de las
transformaciones del futuro, se estaba convirtiendo para mí en una pesadilla.
De repente, fantasmas del pasado me empezaron a acosar a medida que desfilaban
los discursos. Camisas pardas, "noche de cuchillos largos". Nazismo y
fascismo. Horrores de las dictaduras. Autoritarismo y contubernio a espaldas
del pueblo. Todas estas expresiones del pasado, que creíamos haber superado
con dignidad y limpieza, se transformaron de pronto en una pesadilla para
quien les habla. Así, me vi sumergido en un mundo de imágenes que pensé
que habían desaparecido. Los fantasmas del ayer. ¿Acaso esta bancada a
la que pertenezco y este partido al que sirvo desde mi juventud iban a
confundirse nuevamente en antiguos rencores que los llevaron a transformarse
en instrumento de sofocación de la libertad de mis conciudadanos? ¿Habíamos
vuelto al tiempo ?cierto, señor presidente? en que no fuimos escrupulosos
en el respeto de las libertades ajenas porque nos conmovía la pasión de
la justicia, que otros no asumían? ¿Es posible que se dijera en este recinto
que de alguna manera nosotros estamos conspirando para sofocar la voluntad,
la decisión y la expresión de otras fuerzas que no nos son afines? Quiero
sacarme esa pesadilla de encima. Este pacto no es -como se intenta decir-
la obra de dos autócratas. Digámoslo claramente: éste no es el pacto de
Hitler y Stalin repartiéndose Polonia. Integramos dos fuerzas que nacieron
a la vida política de la Argentina, una hace más de cien años y la otra
hace cincuenta años. Juntas, sumamos casi toda la existencia histórica
de la Nación. Por eso podemos decir que hemos atravesado todas las vicisitudes
de la vida política de la república. Ustedes han sufrido persecuciones
y exilio; nosotros también. (Aplausos prolongados.) No estamos acá, señor
presidente, disfrutando de la benevolencia de los poderosos; no estamos
acá reunidos por bondad o por decisión de alguien que no sea de nuestra
propia gente. Menem y Alfonsin son los presidentes naturales de estas
dos grandes fuerzas históricas. No fueron ellos quienes sé impusieron
o atribuyeron esos cargos; les fueron conferidos luego de las elecciones
internas que se realizaron en nuestros partidos por la voluntad de nuestros
afiliados. Nuestros partidos son gobernados democráticamente: hay convenciones
nacionales y congresos nacionales. Estamos acá por la elección directa
que hicieron los afiliados de nuestras candidaturas a constituyentes,
y luego el pueblo argentino nos ungió en este cargo por medio de una elección
general. Lo nuestro no es una imposición autocrática. Inclusive el peronismo,
que no tenía mucha trayectoria ni mucha experiencia sobre la vida democrática
interna, cuando fundamos la renovación peronista. Lo sabe mi amigo el
"Chacho" Alvarez y muchos otros amigos que están del otro lado, transitoriamente
espero. (Risas y aplausos.) Tampoco nos resultan ajenos a nuestra sensibilidad
los viejos slogans nacionalistas. Sigan recitándolos algunos convencionales
aquí presentes, pero modernicen el lenguaje y olvídense de las aventuras
violentas. El peronismo no renunciará a sus raíces, pero nunca será partidario
de pintarse la cara, porque por algo fue primero a poner "las patas en
la fuente" de la Plaza de Mayo. (Aplausos.)
El
acuerdo, sustancia de la historia
Por eso, convencionales constituyentes, insisto en que estas dos
grandes fuerzas, que no excluyen a otras ?ya vendrá el tiempo para la
maduración, el diálogo y el consenso?, no pueden ser subalternizadas,
minimizadas y desacreditadas por expresiones que, francamente, me duelen
como argentino, pero más me duelen porque conozco la historia íntima del
proceso que estamos construyendo. Digo esto porque como presidente del
Partido Justicialista inicié los primeros contactos con el entonces presidente
de la República, Raúl Alfonsín, y presidente de la Unión Cívica Radical,
para establecer las bases de una reforma consensuada de la Constitución.
Este es un episodio conocido y hecho público a través de los medios de
comunicación. Allí hablamos de estas mismas cosas que ahora, seis años
después, estamos debatiendo en este recinto. El testamento político de
Perón y Balbín no había caído en saco roto. Hoy podemos ratificarlo. Les
digo fraternalmente que se equivocan quienes nos critican: no hemos hecho
ningún "trato pampa". El acuerdo es una parte sustancial de la historia
política de los argentinos. Y no hablo sólo de los pactos preexistentes
de la Constitución. No olvidemos que Juan Lavalle durmió en la tienda
de Juan Manuel de Rosas, a la que se presentó siendo su enemigo más feroz.
Aquella famosa conversación fue conocida como "el Pacto de la Siesta".
Y con él hubieran podido ahorrarle al país treinta años de luchas civiles.
Inclusive, Roque Sáenz Peña negoció con Hipólito Yrigoyen la sanción de
la ley de reforma electoral de 1912, que abrió las puertas de la República
a la hegemonía radical. Eso significó otro acuerdo que le dio al país
décadas de democracia. Ahora los argentinos estamos viviendo una nueva
etapa de nuestros acuerdos y de nuestros consensos. No la desacrediten,
señores convencionales. Esto forma parte de la esencia de la democracia.
Perón, el caudillo combativo y revolucionario que movilizó nuestro espíritu
juvenil hace cincuenta años, desde aquella soleada tarde del 17 de octubre
de 1945, nos enseñó el camino después de su historia de proscripciones
y sufrimientos. Como hombre y como político nos habló el lenguaje que
les acabo de transmitir. No arrojemos esta herencia por la borda. Por
eso, discúlpenme, señor presidente y señor convencional Auyero, por esta
larga interrupción, pero agrego lo siguiente: elevemos el nivel de nuestro
debate. La ciudadanía nos mira y no encuentra en nosotros todavía las
respuestas que espera. No se nos escapa que la clase política hoy está
de alguna manera cuestionada por muchos ciudadanos defraudados, con razón
o sin ella, pero sobre todo por quienes no creen en la democracia y asocian
nuestras conductas con actos equívocos y poco transparentes. (Aplausos.)
No les demos armas a nuestros enemigos. Ellos no están aquí, entre nosotros.
Ellos están afuera del recinto y del sistema democrático, esperando ver
cómo nos caemos a pedazos. (Aplausos.) Levantemos el espíritu de esta
Convención, señor presidente. Yo sé que es difícil hablar de ideas y valores.
Sé que en un tiempo que está cargado por el subjetivismo ético, por el
relativismo de los valores y por la cultura ligera, donde no hay valores
permanentes, donde parece que todo vale, es difícil sostener que somos
un grupo humano que todavía predica la existencia de valores, de creencias
y certidumbres. Pero sin ellos, esta Constitución no tendrá el significado
histórico que le queremos dar. (Aplausos prolongados. Varios señores convencionales
rodean y felicitan al orador.)
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