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La
recuperación de la política
Ya está oscureciendo
en Santa Fe y va terminando una semana que comenzó con un signo trágico,
como el brutal atentado a la AMIA, que nos conmovió a todos y en la cual
hemos podido, a pesar de la consternación generalizada, cumplir con algunas
de las aspiraciones que traíamos al inaugurar esta Convención Constituyente.
Se van instalando nuevos derechos en la Constitución y se van definiendo
nuevas perspectivas. Hoy hemos agotado este largo debate sobre la cláusula
a la que se han referido con tanta propiedad y erudición los distinguidos
colegas que me han precedido en el use de la palabra. Hablar del partido
político, como en el tema que nos ocupa, sin hablar del político es una
tarea imposible. Ambos conceptos los hemos visto desfilar en este recinto
en la tarde de hoy. Alguna vez he dicho, repitiendo las palabras de Juan
Pablo II -el Papa de la Iglesia Católica-, que nuestra vocación por la
política es, después de la vocación religiosa, la más eminente y noble
en el ser humano. Esta vocación es una pasión del alma. Es esa sensación
que de repente y sin elaboración previa se suscita en un hombre o en una
mujer por única vez y para toda la vida. A partir de allí, su felicidad
ya no se reduce a la satisfacción de sus propios intereses. Ahora hay
una parte de su felicidad que está comprometida con el común, con aquello
que no le pertenece en propiedad personal pero en lo cual se siente parte
irrescindible, porque percibe que su destino no es individual sino social,
no es contingente sino trascendente. Los griegos llamaban idiotas a aquellos
que solamente pensaban en su bien personal y no se ocupaban de la polis,
de la cosa pública. En ese interés por lo colectivo, en esa vocación por
lo comunitario, nació la figura del político que hoy -hay que admitirlo
si queremos ser sinceros- ha caído en un cono de sombras y de descrédito.
Ya no se habla del político como se solía hablar tiempo atrás, como del
hombre que trataba de interpretar en la vida pública las aspiraciones
y las necesidades de la gente. Hoy estamos en la mira de muchos que no
creen ni en la política ni en los políticos.
Despreciados
por los delincuentes
Voy a sintetizar en una anécdota personal esta suerte de
rechazo que merecemos. En ese sentido, aprovecho esta especie de coloquio
intimista que en cierta manera va a matizar toda la enjundia con que se
ha analizado la cuestión, para recordar la siguiente anécdota. Para quienes
no lo saben, en el Palacio de Tribunales, en las calles Lavalle y Talcahuano,
en el subsuelo funciona la Alcaidía de los Tribunales. Este es un lugar
que tiene una parte con celdas individuales muy pequeñas y otra común,
que es un patio o recinto que tendrá unos cincuenta metros de largo por
cuarenta y ocho de ancho. En ambos extremos hay dos retretes sin puertas
ni ventanas, donde hacen sus necesidades los más urgidos. Es el lugar
donde confluyen a declarar ante los jueces todos los presos: estafadores,
homicidas, violadores, ladrones; por así decirlo, todas las categorías
delictivas que contempla el Código Penal. Un día de la Revolución Libertadora,
un amigo mío y quien les habla fuimos llamados por un juez y traídos como
delincuentes comunes después de haber sido llevados en esos magníficos
medios de transporte de las dictaduras que para los políticos son los
camiones celulares. Cómodos, limpios, aireados, como pide la Constitución,
y nos sentamos en uno de los tantos bancos de cemento que existen en este
edificio, que se comenzó a llenar de hedor, de parloteo, con expresiones
injuriosas, con insultos cruzados entre presos. Porque los presos tienen
una cultura propia, se insultan entre ellos, firman tratos subrepticios,
fundan códigos de lealtades mafiosas y forman sus lógicas de comportamiento.
Estábamos sentados con este amigo y de repente se desprende de un grupo
un hombre gordo que a vozarrón nos pregunta: -¿Ustedes qué hacen acá?
¿Somos políticos?¿Políticos? -se preguntó con sorna. Y nos escupió.
Repitió:- ¡Son políticos! Nos merecimos el repudio generalizado de los
ladrones, de los asaltantes, de todos los que estaban en el mundo de la
delincuencia. Les repito y me repito: "¿políticos?", y nos escupieron.
Después averiguamos que quien nos había increpado tenía tres procesos
por homicidio a mano armada y otros tantos por tentativa de robo. Esto
me quedó en la memoria porque este submundo del hampa, descripto con esta
suerte de licencia que me he tomado, es de alguna manera aquel con que
pretenden asociarnos muchos de quienes no tendrían -seguramente- el suficiente
coraje para presentarse ante un tribunal, ni público ni privado. (Aplausos.)
Hora
de autocríticas
De nuestros políticos, ¿quién no ha comparecido ante tribunales
de las dictaduras o ante los jueces de la antipolítica? Y bien; ante esta
circunstancia, y este descrédito, no debemos caer en la ligereza de atribuirlos
exclusivamente a la antidemocracia o a la antipolítica de la que hablo.
Tal vez sea hora de preguntarnos qué culpa tenemos nosotros los políticos.
De ello quiero hablar brevemente. ¿Los políticos tenemos sabido o sabemos
a esta altura de nuestro desarrollo procesar los cambios tan profundos
que se están dando en la sociedad moderna? Cuando el poder se derivaba
de la posesión de la tierra, era fácil hacer política. Había un sentido
unidireccional del poder, la posesión de la tierra, la lucha por la tierra
o el monopolio de la tierra. Era la época de los feudos del poder: los
partidos agraristas. Era la época en que la tierra definía a la política
y el status en la sociedad. Cuando ésta evoluciona, el poder se traslada
de la tierra a las chimeneas y surge la sociedad industrial. También ahí
se comienza a dirimir el poder, pero de otro modo. Este nace de las chimeneas.
Entonces la política tenía una inserción más clara, diría yo, más directa,
en cuanto a la corporación económica, que hoy nos mira desde una presunta
superioridad. Un concepto vuelve entonces a renacer con gran fuerza: según
el mismo, nuestras ideas transformadoras de la realidad, que son la base
sobre la que se encuentra la acción política, no son sino una suerte de
constructivismo social que hace que aquellos que queremos encontrar "el
cielo en la tierra" lo que estamos haciendo es "generar el infierno".
Es decir, que es mejor dejar que las fuerzas espontáneas del mercado sean
las que regulen en definitiva la transformación social y que cualquier
intento de dominar estas fuerzas objetivas y supuestamente automáticas,
significa retrasar el proceso de la humanidad. Nosotros creemos que esta
presunción es equivocada. Pero aceptémoslo: de alguna manera va ganando
camino en la sociedad moderna. Por eso se nos mira como si fuésemos aquellos
malignos que estamos solamente interesados en modificar un orden natural,
que tiene un sello hasta cuasi divino, cuasi religioso, cuasi dogmático.
Ha
llegado el momento
Y si somos progresistas, transformadores y presentamos la
lucha por las ideas como la gran fuerza que puede dominar los f actores
negativos de la sociedad, se nos mira con desconfianza. Este es un desafío
que los políticos todavía no hemos asimilado ni superado del todo. Es
hora de hacerlo. Por otra parte, miremos la vida interna de nuestros partidos.
Si ellos no ejemplifican su docencia, si no se vuelven transmisores de
ideas, de conceptos y de verdades, aunque sean relativas, y en esto menciono
a Juan Pablo II, porque de todas las citas es la que más me conforma:
"Si la política o la democracia no está guiada por una verdad última que
ilumina los senderos del hombre, se vuelve un instrumento de los totalitarios.
Democracia sin valores no es democracia". Por eso, señor presidente, debemos
recuperar la tarea del político; dar transparencia a nuestras actitudes
no sólo públicas sino privadas; elegir a la ética como el comportamiento
natural de nuestra vida ciudadana y abrazar la causa militante, que muchas
veces en nombre de la praxis y de los intereses más mediatos y concretos
de nuestra vida política dejamos de lado.
La
pasión militante
Sólo los políticos de raza -como se nos llama ahora- nos
asumimos además como militantes. ¿Y qué es un militante? Militante es
el que milita, el que forma parte de un ejército civil, armado de ideas
y de valores, de sueños y utopías; es ese ser obstinado que a veces vemos
nosotros entre nuestros compañeros y correligionarios, que no declina
ante el escepticismo o el desánimo y que siempre encuentra algún motivo
para seguir luchando. Se trata de ese hombre o de esa mujer -a veces joven
y a veces no tan joven- que cuando alguno le pide que se rinda, contesta
que no y que está preparado para gritar sus verdades eternamente. Que,
como recuerda Max Weber, está siempre dispuesto a decir "a pesar de todo"
y a empezar de nuevo. Este concepto militante de la política está presente
en esta Convención Constituyente entre quienes la integramos: es el concepto
que da sal a la vida política; es lo que enciende el "óleo sagrado de
Samuel"; es lo que a veces recibe el hombre o la mujer y -reitero- lo
torna un ser inconformista. Lo torna un rebelde que sabe que hay una verdad
y una realidad superior a la cual debe llegar, y para eso tiene que empezar
a vencerse a sí mismo. Si no renovamos la política con estas ideas y con
estos sentimientos que son propios del accionar político; si no somos
capaces de acabar con la lucha de los aparatos, el internismo llevado
hasta las últimas consecuencias, la exclusión y la corrupción -que también
se mete en las arterias de la política-, nuestros enemigos y nuestros
adversarios algún día llegarán a tener razón y nos volverán a escupir
la cara. Me resisto a eso, porque sé de la nobleza que inspira el accionar
de un político, sé que un político no abraza una causa ni un partido por
interés o por deseos de riqueza o de poder -tal vez con el tiempo algo
de eso ocurra, porque está en la condición humana, lo admito-, pero conozco
cuál es el impulso que guía la actitud de un político.
Recuerdos
del 17
Finalmente, sería hipócrita si dijera que me interesan todos
los partidos políticos por igual. Además, he oído un brillante alegato
de alguien que debe querer tanto al radicalismo como nosotros queremos
al justicialismo, señor presidente. Entonces, déjeme decir dos palabras
de nuestro partido. Hace cincuenta años lo vimos nacer. Yo lo vi nacer;
junto con algunos de los que están aquí sentados, firmamos el acta de
nacimiento. Fue el 17 de octubre de 1945. La gente venía de todas partes;
cruzaba el río, sin camisas algunos, con la camisa raída otros, algunos
con el uniforme de trabajo; era la primera vez que salían a la calle a
manifestar; venían las chicas y los chicos de los barrios, los muchachos
de las fábricas; no sabían de qué se trataba. Simplemente se habían dado
cuenta de que un sentimiento colectivo los convocaba. Por primera vez
se sentían protagonistas de algo importante. "Era el subsuelo sublevado
de la patria", como después dijo Scalabrini Ortiz. Esa gente fundó un
partido en una sola tarde. En ese momento, es cierto, no tuvimos con nosotros
las mejores inteligencias de la República. Ni siquiera tuvimos el origen
radical. El frontón de Florida estuvo alumbrado por hombres de la capacidad
de Alem y de la vocación organizada de Hipólito Yrigoyen. Tuvieron oradores
de fuste; nosotros nada de eso. Era el pueblo raso, era ese subsuelo que
por primera vez veía la luz; fue una implosión de abajo hacia arriba que
amaneció de una vez y para siempre: reman de todos lados, hombres y mujeres
de todas las edades. Metían "las patas en la fuente" y el corazón en la
historia. Ese partido, cincuenta años después, está presente en este recinto,
con sus ancestros y sus herederos. Qué orgullo, señor presidente. (Aplausos.)
Que nadie vaya a creer que los peronistas que aquí estamos venimos a vanagloriarnos
de todas y cada una de las jornadas que han caracterizado nuestra vida
política. Al igual que Ortega y Gasset, cuando hablaba de la idea de Nación,
debo decir que nuestro partido tiene "glorias y remordimientos comunes".
Disensos y discrepancias. Vida y futuro. Pero hoy, todos juntos, venimos
a construir como en los buenos tiempos "la felicidad del pueblo y la grandeza
de la Nación". Por eso nosotros somos políticos, y además -permítame expresarlo
esta Honorable Convención- también somos peronistas. (Aplausos sostenidos.)
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