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¡Luz,
cámara, acción!
No quiero dejar pasar
esta oportunidad, seguramente rara en los anales de nuestras sesiones,
de estar rodeado por este hoy afectuoso público (Risas. Aplausos en las
galerías.) que nos halaga con su presencia y nos motiva a agregar algo
más a todo lo bueno que se ha dicho en homenaje a esta ley que, reconozcámoslo,
no sólo se ha iniciado en la Cámara de Diputados, sino que ha tenido como
inspiradora a una distinguida y querida amiga y compañera, a quien no
puedo menos que mencionar, que es la diputada nacional Irma Roy, aquí
presente. (Aplausos en las bancas y en las galerías.)
Esta legislación podrá leerse en sus aspectos dispositivos, técnicos,
financieros, organizativos y burocráticos. Pero yo creo que estamos legislando
sobre algo más importante que eso. Y así espero que se entienda ante este
calificado auditorio. Estamos legislando sobre una de las actividades
de mayor fuerza comunicacional del mundo moderno. Estamos legislando sobre
el arte masivo del siglo xx. Y digo esto porque el teatro y la novela
fueron, en definitiva, instrumentos de élites, instrumentos reducidos
a ámbitos sumamente exclusivos.
La irrupción del cine en la vida de los pueblos ha significado la democratización
de la cultura y la masividad del espectáculo, y ha significado algunas
otras cosas más que es bueno tener en cuenta cuando legislamos sobre esta
materia.
El cine, o el cinematógrafo, tiene su origen semántico en dos expresiones
griegas: "grafía", que quiere decir lectura, y "trinesis", que quiere
decir movimiento. No hay otro arte que tenga esta capacidad de leer el
movimiento, de interpretar el movimiento. Y esa es por así decirlo la
característica singular del cine. De este cine que también recupera el
teatro clásico popular.
La
herencia de lo popular
Recién
yo dije que el teatro es una expresión minoritaria, por la cantidad de
gente que acude a las salas de teatro y se informa de lo que se da en
los mismos, pero el teatro fue eminentemente popular en la Grecia antigua,
y lo fue en el tiempo de Shakespeare, durante las obras de los isabelinos,
siglos después. Más aún, nuestro sainete criollo era una expresión del
teatro de cultura masiva. El cine, de alguna manera, recoge estos antecedentes
para ampliarlos y retransmitirlos al conjunto de la sociedad. Por eso
la responsabilidad de una industria o, más que una industria, de un arte,
que no sólo forja sino que instrumenta a través de imágenes la cultura
nacional.
Los hombres, las sociedades, siempre han buscado reconocerse a sí mismos
a través de la creación artística, desde que pintaban en las cavernas
obras pictóricas hasta ahora, en cualquier película moderna que tenga
alguna sustancia realmente artística. El cine es todo esto: es imagen,
es cultura, es historia, pero sobre todo es la transmisión de esa cultura
en forma masiva, amplificada a límites inconcebibles para los antiguos
en esta época de la sociedad planetaria del siglo XX. Arte a industria
Por eso se dijo aquí, y lo reitero, que esta actividad no puede quedar
librada a la espontaneidad del mercado. Estamos legislando sobre industria
y arte, que hablan de valores; el mercado habla de precios. Querer confundir
estas dos esferas de la actividad humana es incurrir en un grave error
conceptual y en peores conclusiones prácticas y legales. En el país se
discute la necesidad de que existan políticas industriales activas. Yo
digo que si hay un ejemplo de una industria que reclama una política industrial
activa, ésa es precisamente la industria cinematográfica, por todos estos
valores que ella tiene en sí misma incorporados y que ciertamente son
patrimonio también de otras actividades muy nobles, muy necesarias, muy
eficaces, muy económicas y productivas, pero que no tienen la trascendencia
en cuanto a sus valores que posee la industria cinematográfica. Por ello
insisto en la necesidad de la existencia de una política activa estatal.
Un
poco de historia
Esto no
es nuevo. Lo que estamos legislando ahora es la continuación de nuestra
tradición de llevar adelante una política industrial activa en el arte,
que viene de nuestros primeros gobiernos. En tal sentido, recuerdo que
fueron un decreto de 1944 y después dos leyes, una de 1947, la 12.999,
que fue la primera ley de f omento del cine, y otra de 1950, los que generaron
desde el punto de vista de la industria una mayor demanda, una demanda
diría casi exponencial de películas argentinas, al disponer que las salas
de primera línea debían por lo menos exhibir una película nacional cada
dos meses. Luego esta obligatoriedad, si se puede llamar así, fue aumentada
a más películas y a más salas, a fin de incrementar esta demanda que,
obviamente, de no producirse estos actos de intervención se hubiera dirigido
casi con exclusividad al mercado internacional o a la importación de películas.
Pero no sólo desde el punto de vista de la demanda se impulsó la industria
cinematográfica, sino también desde la oferta. Es decir, ¿qué hizo el
Estado? ¿Qué comenzó a hacer para generar una industria cinematográfica
eficiente y al mismo tiempo propia? Comenzó a dar créditos, algo inédito
en la vida artística y hasta industrial de la República.
Por un decreto del Poder Ejecutivo de 1948, el Banco Industrial de la
República Argentina financiaba hasta el 60 por ciento del costo de las
películas. Si se trataba de películas de divulgación nacional, el respectivo
decreto extendía el financiamiento al 70 por ciento.
Estas disposiciones se mantuvieron durante toda una época que concluye
en 1955. Entonces, el Estado produce una retracción del fenómeno industrial
cinematográfico, se olvida de estas sabias prescripciones y comienzan
estos ciclos recurrentes de prosperidad y también de profunda depresión
que han azotado y asolado nuestra industria en los últimos años. A punto
tal, como ya se ha dicho, que del récord de cincuenta y seis películas
realizadas en 1950, cuando la población era la mitad de la actual, hemos
llegado a estas cuatro películas del año en curso. Probablemente habríamos
llegado a ninguna si esta crisis terminal hubiera seguido despeñándose
por los caminos que venía transitando.
Transmisor
de la cultura nacional
No quiero
insistir en las características de la ley. La conocen todos los legisladores
y lo sabe el público asistente. Solamente quiero decir que la historia
de nuestro cine no se mide únicamente por el número de películas o de
trabajadores de la industria cinematográfica ocupados. También está esa
densidad cualitativa que ha hecho del cine no sólo una industria eficiente
en muchas de sus etapas sino también un poderoso transmisor de la cultura
nacional.
A riesgo de ser reiterativo, digo que el testimonialismo en el cine comienza
allá por los años '50, cuando las películas no sólo son aquellas en las
que aparecían teléfonos blancos, lujosas escalinatas y escenas frívolas.
También en ese momento comienza a tratarse la temática social.
Seguramente éste es un día muy glorioso para los cineastas. También para
los hinchas del cine. Pero no puedo menos que recordar algunas cosas que
nuestra generación tiene registradas. Acá se han vertido algunos conceptos
y yo quiero referirme a lo mío. Río puedo olvidarme de que Lucas Demare
filmó "Su mejor alumno", con Enrique Muiño y Angel Magaña, en 1944, la
que recibió el primer subsidio a la industria cinematográfica creado por
el decreto que mencionara hace instantes.
Tampoco puedo dejar de referirme a "Pampa bárbara", hecha por Lucas Demare
en 1945, ni dejar de mencionar a Hugo del Carril, en "Un guapo del 900",
"Surcos de sangre" y esa famosa película que lo inscribió entre los grandes
directores: "Las aguas bajan turbias". Veo que hay quienes asienten; supongo
que son hombres y mujeres de mi generación, porque tal vez los más jóvenes
no recuerden todo esto. O no recuerden a Homero Manzi en "El último payador",
o a Mario Soffici haciendo "Prisioneros de la tierra", o a Armando Bo
haciendo "Pelota de trapo". Ni a Leopoldo Torre Nilsson, que comienza
su portentosa carrera cinematográfica en 1954 haciendo "Días de odio".
Alpargatas,
libros y cine
Aquellos
eran tiempos de intensa vida cultural. Muchas veces se nos ha dicho que
habíamos despreciado la cultura: aquel eslogan "Alpargatas sí, libros
no" había calado profundamente en muchos ambientes del desencuentro argentino
de aquel entonces. Pero en aquellos días Leopoldo Marechal era secretario
de Cultura. Discépolo fue el autor de una película antológica, "El hincha",
obra costumbrista que narra tal vez en forma insuperable las desventuras
de un hincha de fútbol. "Que vendamos todo menos la camiseta", decía Discepolín.
(Risas)
Cómo no voy a recordar todo esto. Pido disculpas si omito algún nombre.
Se han dicho algunos y quiero decir otros: Fany Navarro, Tita Merello,
Luis Sandrini, Niní Marshall, Mirtha y Silvia Legrand, Enrique Serrano,
Francisco Alvarez, Enrique Muiño, Pepe Arias, Mecha Ortiz, Angel Magaña,
Libertad Lamarque, Paulina Singerman, Luisa Vehil, Juan Carlos Thorry,
Pepita Serrador, Francisco Petrone, Delia Garcés o Alberto Closas, recientemente
fallecido. Alguien me podrá decir, con los ojos de aquel entonces, que
unir todos estos nombres en una sola cita tal vez signifique una suerte
de distorsión histórica porque hubo pasiones y grandes desencuentros entre
los hombres del arte v fundamentalmente el arte cinematográfico. En efecto,
así como la familia Argentina estaba dividida, lo mismo ocurría con los
artistas; así como había desencuentros entre las familias, también existían
en la familia artística. No me quiero hacer eco de esos hechos ni comenzar
un capítulo de reproches y referencias a una época que afortunadamente
hemos superado entre todos los argentinos.
De ahora en más me gustaría que esas disidencias y desencuentros den lugar
a un poderoso sentimiento de unión, no de uniformidad, el que debe tener
lugar no a partir de una acción estatal que cuide hasta los mínimos detalles
lo que produce la industria y que, su pretexto de defender la cultura
nacional, incursione en la libertad y la creación artísticas, sin la cual
no hay cultura, señoras y señores.
Por estas razones, en los minutos finales de mi exposición, antes de que
votemos por unanimidad el proyecto de ley en consideración, quiero decir
que así como ese pasado tiene que quedar definitivamente enterrado en
la memoria de los argentinos, dado que el Estado ha cumplido con la industria,
con sus hombres y con sus mujeres, con sus artistas, directores, utileros
y todos aquellos que integran la gran familia artística cinematográfica,
ahora la responsabilidad sale de estas bancas y pasa hacia quienes ocupan
las galerías.
Instrumento
para la cultura
(Dirigiéndose
a las galerías.) Señoras y señores que nos escuchan esta tarde en el Senado:
sepan que de ahora en más tienen un instrumento para laborar la cultura
de los argentinos en libertad y que está en ustedes la tarea de crear
una industria eficiente, productiva, competitiva y de alta calidad artística,
que rompa las fronteras, invada el mundo hispánico y vuelva a colocarnos
en el lugar de donde tal vez nunca tuvimos que haber salido, es decir,
a la vanguardia del arte latino a hispanoamericano. Les dejo esta tarea
a todos ustedes. Y como suelen decir, por lo menos según lo que nos muestran
en las películas, ahora "luz, cámara y acción" para ustedes. (Aplausos
en las bancas. Aplausos prolongados y manifestaciones en las galerías)
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