|
Perón,
10 años después
He venido a asumir
hoy esta responsabilidad que a primera vista parece sencilla. Pero cuando
uno se introduce en el tema advierte las dificultades de poder sintetizar
todo lo que sugiere la vida de un hombre que con su presencia en el escenario
de la República Argentina no sólo conmovió a multitudes, no sólo promovió
los cambios más importantes que esta república ha tenido a lo largo de
este siglo; también de un hombre que reunió en sí condiciones que raramente
la naturaleza dispensa en una sola persona: caudillo popular, ideólogo
nacional, pensador profundo, transformador y revolucionario, humanista,
nacionalista, cristiano en su formación profunda, que avizoró no sólo
el tiempo histórico que le tocó vivir sino que también arrojó sobre el
futuro visiones proféticas. Tal vez me deba detener algunos minutos en
describir cómo era en su aspecto físico. Alto, erguido, tenía un porte
majestuoso y una personalidad centelleante, como dice uno de sus biógrafos.
Era un hombre que sobresalía con su sola presencia, cualquiera fuera el
auditorio en que se encontrara. Por allí dicen sus biógrafos: 1,80 metros
de estatura, sobresalía y tenía un cuerpo extremadamente atlético. Fue
un cultor ávido del deporte. Los conoció todos: el sky, el básquet, aun
el fútbol y el atletismo: solía competir con los ganadores de atletismo
en sus tempranas épocas de subteniente del Ejército Argentino. Boxeaba;
fue campeón de box del Ejército. En uno de esos entreveros se rompió el
metacarpo de la mano derecha. Todos percibíamos, cuando le dábamos la
mano, esa suerte de protuberancia que llevó hasta el final de sus días.
Pero este cuerpo sano y entero albergaba también un espíritu, ciertamente,
superior. Juan Perón era en su trato extremadamente amable y persuasivo.
Jamás en él había ejercicio de autoridad alguna. La imponía por su sola
presencia, pero él no se encargaba de remarcarla; se sabía seguro del
impacto que producía en sus ocasionales visitas o interlocutores. Juan
Perón era ciertamente formal en sus actitudes, pero tenía esa condición
tan extraña y singular del hombre que iba siempre a la realidad de las
cosas. No se detenía en las formalidades ni en las apariencias de las
situaciones o de los hombres. Tenía una poderosa intuición de lo real.
Juan Perón tenía (porque yo digo que la condición máxima de Perón era
su humanismo) una entrega ciertamente visible hacia los valores humanos.
También gustaba del humorismo. Recuerdo muchas veces que en situaciones
ciertamente complejas y delicadas en su acción de gobierno lo ponían ante
una situación que resolvía con alguna humorada.
Su formación intelectual ha sido largamente rastreada por sus biógrafos,
que no encuentran un origen en algún grupo de escritores, o de pensadores,
en el cual Perón hubiera podido fundar su pensamiento político a ideológico.
Porque tenía esta gran condición: era un gran lector, pero no repetía
lo que leía, lo asumía y lo traducía como propio, dándole así una gran
originalidad. El dice que su carácter se formó en la Patagonia: de niño,
ese viento tan inclemente y ese andar a caballo a los ocho, diez años,
con los peones (él dice: "Aprendí antes a andar a caballo que a caminar")
le fue formando un carácter ciertamente especial, duro pero al mismo tiempo
tremendamente sensible frente a la indigencia y a la necesidad humana.
Siempre recordaba sus diálogos con los peones y con los indios. Y es allí
donde tal vez comienza a afincarse en su espíritu esta pasión tremenda
que tuvo por los humildes de su patria. Ingresa al Ejército y allí sus
contemporáneos recuerdan a este capitán que unía estas características
absolutamente insólitas para la institución militar: era un profundo estudioso
de la historia militar, describía las campañas de la Primera Guerra Mundial,
conocía a fondo todas las campañas de los ejércitos argentinos, escribía
apuntes de historia militar, pero al mismo tiempo, en el cuartel, era
extremadamente solícito con las necesidades de sus soldados y se sentía
profundamente conmovido cuando apreciaba el estado físico de esos jóvenes
conscriptos que se incorporaban al Ejército. Muchos de ellos llegaban
en condiciones de miseria y de debilidad absolutamente incompatibles con
esa visión del país rico del que, en aquel entonces, muchos argentinos
se enorgullecían.
Y sobre este subsuelo psicológico, sobre esta formación, Perón comienza
seguramente a recibir el impacto de los hechos que conmovieron la primera
mitad de este siglo. Observador de la realidad propia y ajena, no le pasa
por alto el tremendo sacudimiento mundial que significó la revolución
bolchevique. Enviado a Europa por sus superiores para estudiar la Segunda
Guerra Mundial, recorre el continente que está en conflicto bélico y extrae
sus enseñanzas. ¿A quién leería Perón en ese tiempo? Seguramente, dicen
algunos biógrafos, ha leído a Maritain y a Mounier, dos pensadores franceses
que ya hablaban en la década del '30 de este fenómeno contemporáneo que
es la despersonalización de las masas, la insectificación del hombre ya
sea en los engranajes del capitalismo o ya sea en su contrapartida, la
del totalitarismo marxista. Perón está entreviendo una tercera vía, a
la que tendrían que ?tarde o temprano? encaminarse los pueblos, si querían
zafar de esta dialéctica bipolar que habría de desarrollarse después de
la guerra mundial. Perón seguramente leyó a los jóvenes nacionalistas
y a los jóvenes de ese agrupamiento radical que se llamó FORJA, que ya
predicaban en los años '30 la necesidad de un orden nuevo en la Argentina.
Perón, seguramente, y esto sí lo dice, se siente desmoralizado cuando
advierte la represión obrera del primer gobierno radical y el fracaso
de la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen. Intervino en la revolución
del 6 de setiembre de 1930, pero se alejó enseguida porque adivinó el
fracaso del autoritarismo militar y el inicio en la Argentina de lo que
se dio en llamar la "década infame". Perón comienza entonces a desarrollar
su pensamiento, el cual extraía de su formación militar primero y lo enriquecía,
después, hasta sus últimas consecuencias, con su intuición de lo popular.
Y es así que, formando su personalidad intelectual y política, comienza
desde la Secretaría de Trabajo la tarea revolucionaria que aún hoy, casi
cuarenta años después, no ha concluido en la Argentina.
Su figura es resistida en los medios obreros: "¿Quién es este coronel,
surgido de un golpe militar, acusado de nazi y de fascista, que habla
con tanta llaneza, que sabe llegar en forma tan directa y profunda al
corazón de los trabajadores argentinos? ¿Qué es lo que está expresando?"
Alguien le pregunta cuál sería la mejor ley que habría que dictar en materia
social. "Una ley que haga cumplir el 50 por ciento de las leyes que no
se aplican en el país", le dijo. Y dialoga con todos, y dice: "Venían
mil, los recibía y les hablaba; venían quinientos y les hablaba a quinientos;
venían cien y hablaba para cien; venían tres y también les hablaba a tres".
Perón pronunció 3.500 discursos en su carrera política. Y fue así llegando
y construyéndose la Argentina peronista. Ese lapso que va de 1945 a 1955,
deslumbrado él de su propia fuerza, porque hay hechos que algunos de sus
biógrafos quieren, en un afán ciertamente apologético, atribuir a Perón
lo que Perón nunca se atribuyó. El 17 de octubre no fue hecho por Perón,
ni tampoco fue hecho por Eva Perón. Perón dejó la simiente sembrada y
luego cosechó como en el mensaje bíblico. Pero no fue el conductor sino
que el propio pueblo asumió la conducción para hacer esa jornada del 17
de octubre, la jornada liminar de la revolución peronista. Y con este
subsuelo de creencias, de convicciones, de profunda intuición, Perón edifica,
en consecuencia, su revolución peronista. Para eso necesitó las dos cosas
que Cicerón reclamaba de todos los conductores: talento y fortuna. Talento
"para comprender lo que hay que distinguir", decía él, "distinguir lo
que hay que apreciar y apreciar lo que hay que resolver". Lógico y matemático
en sus decisiones. A pesar de ese enorme fervor y entusiasmo era un profundo
racionalista y era un profundo lógico. Todas sus construcciones son de
una lógica ciertamente orgánica a indestructible. El no improvisaba. Y
fortuna. No se puede llegar a las alturas y a las cumbres que alcanzó
Juan Domingo Perón sin esa dosis de fortuna. ¿Y cuál fue la fortuna de
Perón? Primero, haberse encontrado con Eva. Sin Evita, Perón no hubiera
sido el mismo Perón que hemos conocido. Evita le dio a Juan Domingo Perón
esa dosis de credibilidad profunda que su propia condición de coronel
del Ejército no alcanzaba todavía a crear en la intensidad con que se
creó en el seno y en el corazón del pueblo argentino. Evita fue capaz
de crear un vínculo de amor entre el conductor y su pueblo. Ya no era
simplemente el vínculo trazado por la autoridad, o trazado por el respeto.
Era el vínculo del amor, de la entrega total. Y la mediadora era Eva Perón.
Sin Eva Perón el destino trascendente de este hombre no hubiera sido,
ciertamente, el que todos hemos conocido.
La fortuna. Estuvo en manos de sus enemigos varias veces. En 1945 un grupo
de coroneles y capitanes lo esperaba para asesinarlo en la puerta 8 de
Campo de Mayo. Una circunstancia puramente casual ?él no sabía de ese
complot? le hizo desistir de esa visita, y así salvó su vida. El 17 de
octubre estuvo a merced de la cúpula máxima del Ejército. Lo envían a
Martín García; lo pudieron haber matado, como pedía la oligarquía en la
Plaza San Martín. En 1947 salva su vida, también durante un complot. Después
de setiembre de 1955, alojado prácticamente sin custodia en la cañonera
paraguaya que lo refugió, estuvo a punto de ser objeto de un ataque gorila.
Ya en el exilio, en 1957, y más tarde en 1973, pudo haber sucumbido ante
el odio de sus enemigos. Pero el signo providencial de los hombres está
en estas pruebas; y Perón las superó. Y también tuvo el éxito, la fortuna
de la torpeza de sus enemigos. El profundo conocedor de la historia, solía
decir que para ganar la batalla de Cannas no hacía falta solamente un
Aníbal sino un Florencio Varrón. Esto es, no solamente un general inteligente
a intrépido, sino también un contrincante pobre y pusilánime. Y tuvo a
su frente, en verdad, a pobres y pusilánimes.
Cuando Perón inicia su formación intelectual recuerda: "Yo he tenido en
mi vida tres grandes libros sobre los cuales eduqué mi carácter y formé
mi conciencia intelectual y política. Me los regaló mi padre a una edad
muy temprana". Uno era un libro del conde Chesterfield, Cartas a mi ahijado.
El padre se lo regaló diciéndole: "Para que aprendas a andar entre las
gentes". Otro era un libro del cual se valía a menudo: Las vidas paralelas,
de Plutarco. Y el otro era el Martín Fierro. Su padre le puso en el libro:
"Para que no lo olvides que sos un criollo". Hernandiano y clásico. He
aquí el origen de la formación que está en la base de sus construcciones
políticas, económicas y sociales. Cuando Perón asume el gobierno de la
república en 1946 todos creen que el país nadaba en la abundancia porque
tenía reservas en divisas. Todos dicen que a través de la manipulación
del aparato del Estado había logrado crear un ambiente favorable a su
candidatura presidencial. Y hay quienes se animaron a decir que en definitiva
Perón no fue más que el producto de una feliz combinación de estatismo
y de favores y regalos hechos a multitudes indigentes. Esta caricatura
de Perón y del peronismo de la primera época no resiste seguramente el
menor análisis. El país durante la Segunda Guerra Mundial no había importado
un solo clavo, una sola máquina, y si bien había reservas depositadas
en el Banco de Inglaterra (que estaban virtualmente confiscadas por los
ingleses y declaradas inconvertibles), era cierto que el país durante
cinco años había estado desprovisto de todo re-equipamiento industrial
y de cualquier otro carácter. No es verdad aquello de que Perón distribuyó
entre los trabajadores y entra los humildes lo que éstos no merecían.
Hay algo mucho más fundamental. La obra de Juan Domingo Perón fue ciertamente
el sentido de dignidad que insufló al trabajo y a los trabajadores, la
base sustancial y perdurable de su política y de su éxito personal. Perón
desafía en las jornadas del '45 y del '46 a todo lo que tenía algún sentido
de poder en la República Argentina. A todos los partidos políticos juntos,
desde el comunismo hasta la oligarquía. Desde Rodolfo Ghioldi hasta Antonio
Santamarina. Radicales y socialistas, demócratas progresistas, conservadores,
comunistas, todos los partidos políticos unidos en una sola candidatura
presidencial. La Rural y la Unión Industrial, las supuestas Confederaciones
Generales del Trabajo. Detrás de ellos la omnipotente voz del Departamento
de Estado y un embajador enviado precisamente a la Argentina para derrotar
a Juan Domingo Perón, Spruille Braden. Desafiaba Perón el orden mundial
nacido después de la victoria de los aliados. Aislado del resto del mundo.
La Argentina castigada por su supuesta tolerancia hacia las potencias
vencidas. Una industria crecida a lo largo de la guerra que no tenía posibilidades
de sustentarse cuando se reanudaran las corrientes normales del intercambio.
Ese desafío, compañeras y compañeros, digo que fue muy superior, mucho
más desigual que el que afronta hoy la Argentina. Y Perón y su pueblo
pudieron sortear estos fenomenales obstáculos y hacer una verdadera revolución.
Perón nos lega un proyecto que no se detiene en la Argentina sino que
apunta a los grandes temas de la humanidad contemporánea. Ese proyecto
tiene innumerables capítulos, pero yo voy a retomar y a describir tres
o cuatro de ellos porque pienso que en la comprensión de estos tres o
cuatro mensajes implícitos y explícitos del pensamiento moderno de Perón
está la clave del futuro argentino. Perón comienza hablando de la "revolución".
Este es un tema que nos interesa a todos. Los peronistas decimos que somos
un movimiento revolucionario. Y Evita dijo una vez: "El peronismo será
revolucionario o no será". Y hay muchos compañeros y compañeras que temen
a la palabra revolución, porque la palabra revolución es insinuadora de
violencia, es insinuación de desorden, ya que le damos a la palabra revolución
un sentido puramente convencional. Perón tiene otra concepción de lo que
es la revolución. Y si ustedes me prestan un poquito de atención, van
a apreciar en qué medida, superando las concepciones habituales y librescas,
con el concepto de revolución Perón ensaya una interpretación que tiene
una gran dosis de originalidad, y al mismo tiempo de verdad y certeza.
Treinta años más tarde Perón lo explicaría en estos términos: "Creo ?dice?
que hay un fatalismo histórico por el cual el mundo evoluciona hacia formas
de integración cada vez más complejas. El hombre viene sufriendo a lo
largo de la historia de la humanidad una creciente integración: del individuo
aislado pasa a la tribu, de la tribu al clan, del clan a la familia, de
la familia al Estado feudal, del Estado feudal al Estado nacional y estamos
en las vísperas de los agrupamientos continentales de lo cual después
surgirá el universalismo. Y ?dice Perón? esta evolución es indetenible.
Cada una de estas etapas crea su propio sistema social. El Estado de las
nacionalidades creó la democracia liberal capitalista y burguesa. El Estado
del avance del continentalismo y del universalismo lleva necesariamente
a formas sociales superiores. Y esta evolución es fatal, no se puede detener".
Y entonces se pregunta qué quedará de la libertad humana: "¿Acaso no creemos
en el poder de las ideas? ¿Acaso el hombre no es capaz de crear autónomamente
un espacio de libertad que detenga este proceso inexorable, este fatalismo
histórico?" Y Perón decía: "Sí, claro, el hombre time un margen de libertad
para aplicar, que no es para detener este proceso evolutivo sino para
libremente adaptarse a él". El hombre debe cabalgar sobre la evolución
creando lo que él llama "sistemas periféricos", que le permiten aceptar
esta evolución pero no entregarse a ella de una manera determinista y
mecánica sino con inteligencia, operando los cambios que son necesarios
para que esta evolución se traduzca en fórmulas armónicas y equilibradas.
¿Y qué pasa cuando los países y sus clases gobernantes cierran el paso
a la evolución? Ahí se produce una enorme tensión que crea la revolución.
El hecho revolucionario es el atraso en la evolución, porque ahí sobreviene
lo que él llama la "subitaneidad del tránsito". La revolución es la subitaneidad
del tránsito. Es el salto que una sociedad time que hacer porque se ha
desfasado, porque se ha negado, porque no ha sintonizado el proceso evolutivo.
Y, concluye Perón, lo dice Perón, lo decimos nosotros: esta forma de aproximación
al problema evolutivo de la humanidad no se explica por la concepción
hegeliana que, como nosotros sabemos, fue asumida por Carlos Marx, para
la cual se avanza a través de la tesis, la antítesis y la síntesis que
supone una contradicción permanente en la sociedad y la lucha, la polémica
que sería el motor de avance de lo social según el marxismo. Para Juan
Perón no es ésta la vía histórica por la cual los pueblos deben resolver
sus conflictos. Perón sostiene que la sociedad que navega y cabalga sobre
la evolución es posiblemente armónica. Perón no se detiene tampoco en
el Estado de derecho. Para Perón el Estado de derecho puede codificar
la injusticia. El derecho puede ser también la expresión de intereses
dominantes. El Estado de derecho, para Perón, time que estar superado
por el Estado de justicia. ¿Y qué es el Estado de justicia? El Estado
de justicia es precisamente ese sistema periférico que cabalga sobre la
evolución porque la justicia no es un simple expediente para distribuir
mejor o peor los ingresos sino que es una cuestión de vivencia personal.
Para el Estado de derecho la ley es tetra inerte y fría. Para el Estado
de justicia es un estado de ánimo, es una persuasión general, es una convicción
y una vivencia propia que los individuos asumen basados en el sentido
igualitario, solidario y humanamente digno con que los hombres son asumidos
por la doctrina justicialista. Nada en consecuencia tiene que ver nuestra
justicia social con aquella que se enarbola en algunas tribunas que, como
un eco, quieren recoger la sustancia del peronismo y están recogiendo
solamente la forma. Perón habla de la libertad. Ese ogro totalitario,
mostrado como un ser sanguinario que había aplastado las libertades, dice:
"La libertad, pero qué libertad, señores, no la libertad abstracta del
liberalismo ni la libertad sofocada del materialismo y del totalitarismo.
Para nosotros no puede haber otra libertad que no esté basada en la responsabilidad
social, en el compromiso con la patria". Y agrega Perón: "En la convicción
de la suprema dignidad del hombre". No hay libertad sin dignidad. Si el
hombre no percibe que es una criatura respetada en sus derechos, hecha
a la medida de Dios, y por lo tanto como una vertical disparada hacia
la eternidad, y no siente conciencia de esta dignidad propia que eleva
su propia naturaleza, no existe libertad, no puede existir libertad.
Nosotros no hacemos de la liberación nacional una cuestión de ética de
los funcionarios. El peronismo es un proyecto en sí mismo liberador, no
nos importa el tiempo. Ya lo dijo Perón, que su revolución no sólo era
organizada sino que era con tiempo. Y hacía esta correlación: "A más tiempo,
menos sangre; a más sangre, menos tiempo; yo he preferido el tiempo".
Sarcástico, humorista, desconcertaba hasta a sus más supuestos conocedores
con salidas propias de su genio y de su humor. En Perón hay un hombre
sencillamente humilde que no tiene apetencias ni de riqueza ni de honores.
Esta es la verdad. Muere humildemente. Ustedes son testigos de la muerte
de Perón. Se muere, se va. No pide un monumento a su memoria, ni quiere
que lo entierren en algún lugar especial ni se prepara a morir como un
grande. Se va. Y se va como no se fue ningún otro argentino grande. Esto
prueba que ha sido un elegido de la providencia. Porque San Martín murió
en el exilio. Juan Manuel de Rosas murió en el exilio. En cambio Perón
se fue acompañado no sólo del cariño de su pueblo sino también del homenaje
de sus viejos rivales y enemigos.
|