El rol del Estado en el pensamiento peronista

Para mí hoy es un día ciertamente promisorio y feliz porque puedo anunciarle al pueblo de la provincia de Buenos Aires que en cumplimiento de las promesas que formulamos durante nuestra campaña electoral y reiteradas en nuestro mensaje a la Legislatura bonaerense el 2 de mayo pasado, dejo inaugurado el Consejo para el Desarrollo y la Participación Provincial, el ámbito natural en el cual todas las fuerzas que protagonizan el quehacer social y económico de la provincia se dan cita para crear un ámbito de discusión, participación y ejecución para que el desarrollo de la provincia deje de ser una enunciación puramente formal atada a los resortes de la burocracia para transformarse en un elemento activo, vivo, participado por las fuerzas que en definitiva tienen la misión de cumplimentarlo y de llevarlo a cabo con su especial y característico dinamismo.
Las ideas centrales de este tipo de organización son cuatro. Nosotros creemos, como justicialistas, que la sociedad no es necesariamente conflictiva sino posiblemente armónica y que desentrañar esas armonías naturales que existen en la sociedad es la gran tarea del estadista. La idea de que la sociedad es irremediablemente conflictiva y que tanto la lucha de clases como la lucha despiadada en el mercado, son las leyes que la deben gobernar, pertenecen a dos concepciones ?a nuestro juicio? tan antagónicas como alejadas de nuestro principio de racionalidad social y, por qué no decirlo, de programación humana y social del desarrollo. Creemos por lo tanto en la necesaria armonía de los factores y no en su definitiva confrontación irracional.
La segunda idea?fuerza que liga a esta idea es la participación de las entidades y organizaciones del pueblo, lo que nosotros llamamos comunidades libres del pueblo, aquellas entidades que ustedes crean por su sola y simple voluntad sin estar obligados a ninguna coacción de tipo institucional ni político. Estas organizaciones libres del pueblo, esta participación popular, forman uno de los engranajes básicos de la democracia moderna.
La riqueza y la diversidad representativa de una sociedad no se agota en los partidos políticos por más que los partidos políticos son su instrumento fundamental, sino que también reconoce otros tipos de agrupamientos sociales y humanos, como el que ustedes realizan, que necesitan ser reconocidos en una estructura de poder representativo; por eso nosotros le damos a la participación popular un lugar importantísimo en nuestra visión de cómo debe realizarse una sociedad moderna.
La concertación es la tercera idea?fuerza que combinamos entonces con armonía y participación. Significa que la sociedad debe buscar a través del diálogo, del debate y finalmente la transacción, los caminos para su perfeccionamiento y su desarrollo integral. La participación y la concertación suponen en sí mismas la existencia de un modelo estatal, y esto quiero, por la importancia del tema, analizarlo más detenidamente. La concepción justicialista del Estado no es estatista como vulgarmente se ha dado en decir, sino que emana de la voluntad creadora de los estamentos de la sociedad y de los individuos en particular. Nuestro fundador, el general Perón, al analizar la teoría del Estado moderno ?de esto hace ya poco menos de cuarenta años, en el famoso Congreso de Filosofía de Mendoza sostuvo conceptos como éstos que me gusta repetir: "La senda hegeliana condujo á la concepción estatista, al desvarío de subordinar la individualidad a la organización estatal, por lo que automáticamente el concepto de humanidad quedaba reducido a una palabra vacía, la omnipotencia del Estado sobre una infinita suma de ceros". Según Perón, "los marxistas convirtieron al Estado en una pieza sin paisaje, ni techo celeste, de una comunidad tiranizada donde todo ha desaparecido bajo la mampostería. El individuo hegeliano no vive en estado de ilusión, pues sólo sirve a los fines del Estado; el individuo marxista es por necesidad una abdicación. Las luces socráticas y la esperanza evangélica se desvanecen ante el panorama del materialismo y del Estado".
He querido pasar lectura a estos criterios sobre lo que significa la concertación y el Estado para desmitificar esa idea de que en la concepción del justicialismo existe inmersa la idea de un Estado sobreprotector, omnipotente o que simplemente olvida y reniega de la posibilidad de despertar en los individuos o en las sociedades intermedias las armonías y los dinamismos que hacen crecer a la sociedad en su conjunto. Nosotros alguna vez hemos dicho que el Estado es tan grande como débil sea la sociedad; que si ésta se fortalece el Estado tiene que disminuirse, y viceversa. Por supuesto, no creemos en el Estado gendarme, prescindente, en el Estado mínimo, como se sugiere desde algunas voces ?desde un cierto neoliberalismo? que indudablemente plantean su temática ideológica también entre nosotros. Creemos en ese Estado promotor, celoso de sus facultades pero al mismo tiempo imbuido de su natural y su necesaria limitación frente al individuo y frente a la sociedad; esto forma parte de nuestros conceptos doctrinarios.
Desmitificar por lo tanto la acción del Estado dentro de los conceptos que mueven nuestras ideas de la sociedad, me parece oportuno cuando damos iniciación a una institución de este tipo.
La cuarta idea fundamental que está subyacente en esta creación es la idea de la planificación. Hay tres tipos de planificación: está la planificación compulsiva, el puño de hierro de las economías totalitarias donde la cuantificación de los objetivos económicos suprime cualquier otra decisión o idea de lo que debe ser el funcionamiento de una economía; inclusive de la economía socialista. Esta centralización, esta planificación compulsiva, hoy ?en el mundo moderno? comienza a ser revisada en los mismos centros del poder socialista mundial.
Frente a eso existe también lo que podemos llamar "la mano invisible", esa conducta un poco misteriosa de la cual resultaría que el mayor beneficio social queda desprendido de la acción espontánea de las empresas en el mercado libre.
Esta mano invisible creada en la imaginación de Adam Smith tampoco sirve, porque no resiste la prueba de la realidad ya que todo el mundo sabe que los países que dicen tener un mercado guiado por una mano invisible, muchos de ellos exigidos por el avance de la técnica moderna, imponen un concepto totalmente distinto a este individualismo al que se ha descripto en los libros de texto. ¿Alguien me podrá explicar a mí y a ustedes cómo es posible compatibilizar la "mano invisible" de Adam Smith con toda la serie de interferencias al libre funcionamiento de los mercados agrícolas como el que existe en la Comunidad Económica Europea? ¿Alguien podrá explicar en la economía norteamericana cómo compatibilizar la existencia de un mercado libre con la intervención del Estado en el área militar y tecnológica creando espacios más allá del mercado, necesidades que son prioritarias para la seguridad de ese país? Esto habla de que entre ambos extremos existe otra realidad. La medida en que se realiza o no esa realidad es lo que nosotros llamamos "la mano guiada", ni el puño compulsivo ni la mano invisible, sino la mano guiada por una planificación indicativa; una planificación que reduce la incertidumbre, que premia a quienes asignan mejor los recursos conforme a una determinada racionalidad que tampoco puede quedar simplemente asignada a las decisiones de la burocracia: que tiene que discutirse con los agentes de la producción y del trabajo. Ahí creo que está la síntesis más feliz de lo que puede ser la planificación más eficaz en la Argentina, una planificación concertada.
Uno de los factores de la economía más escasos es el capital; esto es una realidad. La utilización racional de capital debe ser una premisa hoy insustituible para cualquier acción de gobierno, y mucho más cuando esa acción de gobierno quiere hacerse de una manera clarificada, de una manera concertada. A veces la elevación de las tasas de interés la atribuimos a fenómenos especulativos, pero también la manifestación del aumento de estas tasas de alto interés en todos los mercados es producto de la escasez de capital. En consecuencia, esto exige a las economías en desarrollo, en donde la escasez es mucho mayor, una suerte de consenso alrededor de las formas de utilizar el capital escaso, y esa forma de lograrlo no es, insisto, una planificación compulsiva al estilo totalitario. No lo admiten ni la psicología ni las condiciones de la vida Argentina, ni tampoco la experiencia mundial. Pero tampoco puede quedar librada al capitalismo salvaje ni a una competencia desenfrenada que haga perder la acumulación de capital ya lograda y haga declinar la capacidad de inversión de la economía en su conjunto.
El Consejo que hoy creamos tiene experiencia en la Argentina; no lo hemos creado de la nada. Hay una larga trayectoria de intentos de crear consejos como el que hoy ponemos en funcionamiento. Sin ir más lejos, el Consejo Nacional de Posguerra presidido por el entonces coronel Juan Perón; el Consejo Económico?Social del año '47; la Comisión Nacional de Precios y Salarios del año '52; la Comisión Económica Consultiva del año '53; menciono esto porque ahí actuaba mi querido amigo y maestro doctor Gómez Morales, en la época en que teníamos la responsabilidad de conducir la economía del país. En la segunda etapa del gobierno justicialista creamos la Comisión de Precios, Ingresos y Nivel de Vida, en el año '74, y como ministro de Economía envié al Senado de la Nación un proyecto de creación del Instituto de la Remuneración, la Productividad y la Participación, que también fue un intento de allegar la participación a la productividad del trabajo y la remuneración laboral. Pero fuera de las experiencias justicialistas, citemos el Consejo Nacional de Desarrollo durante la presidencia de Frondizi, el Consejo Nacional del Salario Vital Mínimo y Móvil en el año '64 durante la presidencia de Illia, el Consejo Nacional Económico y Social del año '72. Durante el actual gobierno el presidente Alfonsín encaró la Mesa de la Concertación en el año '84 y luego la Conferencia Económica y Social en el año '85. Estaba nutrido de antecedentes para demostrar y demostrarles que no estamos improvisando. Estamos detrás de una línea de pensamiento perfectamente homogénea y aceptada por todas las grandes fuerzas políticas, económicas y sociales de la República. Entonces no nos olvidemos de que la planificación concertada, la concertación, la armonía de los intereses y la participación protagónica, las acciones de las entidades económicas y sociales no es privilegio de ningún partido político. Me siento honrado de tener a mi alrededor no sólo representaciones políticas de otras fuentes sino trabajadores y empresarios, que desde sus distintos ángulos han compartido estas ideas y se han sentado reiteradamente en busca de soluciones comunes. Desde la provincia de Buenos Aires iniciamos este mismo camino, pero con renovada esperanza y con profunda fe de que nos va a acompañar el éxito en esta misión que nos hemos trazado.
En el exterior hay dos Consejos que han merecido elogios: el Consejo Nacional de la Economía y Trabajo en Italia, y el Consejo Económico y Social de Francia, dos instituciones que han tenido una subrayable tarea en el renacimiento de sus respectivas economías.
En mi mensaje a la Legislatura, cuando hablé del Consejo para el Desarrollo provincial, quise poner de relieve que el hecho de que tratemos a nivel macroeconómico de hacer funcionar este tipo de entidades, no debía significar como una suerte de atajo a la creación colectiva a individual. Creo que los verdaderos programas de concertación son de doble mano; por un lado, bajan al nivel microeconómico las grandes ideas, las grandes directrices de una política, y por otro lado estimulan la creatividad colectiva a individual para que también de abajo para arriba surjan las iniciativas tendientes a enriquecer estos programas de conjunto. Si no despertamos en nuestro medio empresario y en el laboral la idea de que la creatividad o la imaginación, la iniciativa privada, es una de las grandes fuentes inexplotadas para nuestro futuro desarrollo, con planes sólo programáticos y planes consensuales, por más perfectos que estén, no alcanzaremos al ansiado despegue de la economía. Es en ustedes señores empresarios, en ustedes compañeros trabajadores, representantes de las organizaciones sociales y de los agrupamientos de todo orden de la provincia, donde está la verdadera semilla del crecimiento futuro. Si no hay ese espíritu innovador, que está ligado al lucro ?lo sabemos bien?, nadie puede cambiarle la fisonomía a una sociedad que ha elegido la iniciativa y la propiedad privada con su función social como elemento central de su organización social. Los argentinos debemos desarrollar una de las cualidades que el mundo nos reconoce. Nuestra capacidad de crear, nuestra capacidad de iniciativa. Doy un ejemplo: algunos milagros económicos que hoy parecieran alumbrar los caminos del mundo, han nacido de esta peculiaridad imaginativa, creadora, de los pequeños y medianos empresarios. Italia es un ejemplo de esto. España es también un ejemplo de ello. Francia también. Pareciera que en los países latinos la creatividad personal, la creatividad individual, ha sido la respuesta que se les ha dado a los procesos de concentración de capital que en algún momento parecía que eran los óptimos en términos de eficiencia, pero que fueron mostrando su debilidad porque parece que el ojo del amo engorda el ganado. En una palabra, la cercanía del problema, el manejo de lo pequeño, empieza a ser mucho más importante a los fines generales que lo que la tradición nacida en la posguerra nos hizo creer a muchos.
Vuelvo a insistir: la comunidad organizada no es el aparato del Estado ni el aparato formal que genera la nueva burocracia, no es la comunidad de los justicialistas sino que es abarcadora de toda la actividad de la provincia. Estamos asistiendo en el mundo, e insisto y repito, tal vez a una desideologización de los antagonismos. El proceso abierto en la Unión Soviética con la desarticulación de la planificación centralizada y la apelación a la economía de costos y el análisis de mercado en lugar de las metas físicas de producción por una parte, y la tendencia hacia una convivencia pacífica que parece imponerse en Europa y en los Estados Unidos, llevan a vislumbrar un progresivo apaciguamiento de las tensiones entre los dos mundos. Inclusive, cierta cooperación en diversos aspectos no vinculados al poder militar. Frente a esto, a nosotros se nos ocurre que necesitamos insistir en integrar a nuestra naturaleza y a nuestro concepto de Unión Latinoamericana con la civilización europea, por nuestra comunidad de origen, por los movimientos migratorios, el común sentido filosófico de la vida que deberá promover nuevos entendimientos con su secuela de transferencia de capitales y tecnología que habremos de alentar.
Este fenómeno argentino de decaimiento, de dependencia, de estancamiento, nos hace pensar como Toynbee, que en su estudio sobre las sociedades estancadas y las civilizaciones abortadas, dice que hay tres causas que provocan esta situación: un determinismo histórico que implica la permanencia de cierto módulo, similar a las edades de las criaturas vivientes que representan ciclos de crecimiento, apogeo y caída; el fenómeno de imposición forzosa de la decadencia y la degeneración de la raza o la especie, por fenómenos de migración o dominación.
Ninguna de estas causas son aplicables a nuestro país; no hay ningún determinismo histórico que nos condene al estancamiento y la caída no está impuesta forzosamente por nuestra decadencia, ni vivimos una degeneración de nuestra raza o padecemos fenómenos migratorios o de dominación; es decir, a tenor de uno de los grandes pensadores, esta suerte de decaimiento, de estancamiento nacional, no tiene una explicación manifiesta. Tal vez puede atribuirse a que no hemos encontrado todavía el camino y que estamos tanteando a ciegas de dónde sacar los elementos y los recursos para reiniciar nuestro despegue, para dar marcha al progreso económico y la justicia social. Diría que la responsabilidad por esta penosa regresión de los últimos lustros que determina que el producto bruto por habitante resulte inferior al del año '74, casi quince años después, emana de un encadenamiento perverso de medidas gubernamentales, de corrupción en el sector público y de especulación en el sector privado. Por eso cuando decimos que en cien días podemos cambiar el rumbo de esta situación no estamos generando falsas afirmaciones. Somos conscientes de que reordenando estos conceptos, asegurando firmeza con el ejemplo de las actitudes públicas y movilizando la fuerza creativa de la sociedad, podemos remontar el estancamiento.
Esta nueva dinámica social debe partir de la comunidad; ustedes, como dirigentes de la actividad económica y social, deben incentivar el espíritu productivo con vigor vital; el mismo que aportaron con su esfuerzo mancomunado los responsables de aquellas épocas creativas de la Nación. Sé que desde la provincia de Buenos Aires no vamos a poder corregir ni la legislación impositiva, ni la monetaria, ni el régimen de precios y salarios, ni las tarifas de servicios, ni las empresas del Estado, ni los criterios de negociación de la deuda externa, pero creemos que trabajando juntos en la provincia de Buenos Aires vamos a enviar una señal al resto del país de que es posible, que se pueden armonizar los esfuerzos de la comunidad productiva en la búsqueda del desarrollo equilibrado bajo la finalidad de la justicia social. Por todo eso hemos dado nacimiento a este Consejo, creado como un instrumento más de la tarea de gobierno y una obra importante: la de hacer efectivo un principio que hemos comenzado a desplegar en la Comisión del Plan Trienal. El desarrollo es una obra de todos. Convoca la voluntad de hacer para nosotros; el plan es un ejercicio permanente del fortalecimiento de las relaciones entre el Estado y la comunidad. Como así lo pensamos durante los primeros seis meses de gobierno, hemos emprendido la acción de tomar contacto, de estrechar vínculos, intercambiar ideas y desarrollar proyectos en común con los distintos sectores de nuestra provincia.
Este Consejo viene a ayudarnos a esclarecer el proceso de formulación y elaboración de políticas, a acelerar el seguimiento de programas y proyectos. En definitiva, viene a gobernar con nosotros, no a quitarnos una responsabilidad sino a sumarnos un compromiso más sólido con nuestras metas y objetivos. Este Consejo llega para potenciar el trabajo ya iniciado, para corregir inconsistencias y fallas, para sentarse en conjunto con la comisión del Plan Trienal y darle a nuestra provincia el impulso que necesita para crecer y hacer efectiva la justicia social. La participación amplia y profunda de las comunidades, los municipios y los sectores productivos, tiene que ser el pilar de la acción de gobierno. No hay ni habrá burocracia que pueda sustituirla. La escentralización ya está entre nosotros. Desde la provincia no podremos estabilizar la economía nacional, pero daremos el ejemplo siguiendo las orientaciones de nuestra doctrina: reemplazar la lucha por el acuerdo, desenmascarar las conductas antisociales y evitar el derroche y el despilfarro de los escasos recursos provinciales. Estos conceptos ya los transmití a los empresarios provinciales en las primeras semanas de mi gestión.
El general Juan Perón decía que los dirigentes deben tomar los sentimientos que existen dispersos a inorgánicos en las masas populares, sistematizándolos en forma de doctrina que armonice estos pensamientos dándoles consistencia, evitando contradicciones y luego de ese proceso racional lo deben devolver a la gente en forma de doctrina, porque sólo así será aceptada por todos; análoga responsabilidad corresponde a todos los dirigentes de la comunidad que deberán auscultar las vías de acción y los objetivos propugnados por cada sector, para poder ofrecer desde su participación en el Consejo Provincial una línea de pensamiento abarcadora de los intereses que ellos representan. La función del Estado será en el campo meramente instrumental para poner al servicio de las organizaciones del trabajo la producción, así como la ciencia, la tecnología y la cultura aquí representadas, los mecanismos para traducir en acciones las etapas que se vayan concretando en su actividad, que será de elaboración y concreción dentro de una perspectiva global que formularemos entre todos. Es por ello que he decidido ponerme a la cabeza de este cuerpo en mi carácter de gobernador de Buenos Aires para darle el nivel más alto posible a fin de que la comunidad pueda hacerse responsable de su destino histórico, desarrollando sus reglas de juego con la ayuda de la administración que será un instrumento y no el fin de la sociedad que habitamos.